Mi matrimonio tuvo muchas cosas buenas que me costaba olvidar. Me alegro de no haberlo hecho.Hace dos años, mientras atravesaba un divorcio que no había querido ni esperado, luché contra los recuerdos que quería olvidar: lo feliz que había estado en nuestra boda; lo orgullosa que me sentí cuando despegó su carrera profesional y qué tan firmemente creía que, si aguantaba lo suficiente, podríamos lograr que durara.Esos recuerdos me atormentaban. Creía que eran señales de qué tan ingenua había sido, una tonta. No podía escapar de ellos. Aunque la menor de mis hijos se iba a la universidad y el mayor ya se había ido, todavía había muchos recuerdos de más de veinte años de matrimonio acechando nuestra casa familiar, nuestros amigos y en nuestros lugares favoritos. Así que, tras décadas como esposa, madre y médica en Oregón, vendí la casa; me despedí de amigos queridos; llevé a mi hija a su primer año de universidad y escapé a otro estado a 950 kilómetros de distancia para convertirme en la directora médica de una clínica rural de metadona, en un pequeño pueblo donde no conocía a nadie.El puesto y el lugar eran nuevos para mí, pero no el trabajo. Me especializo en el tratamiento de las adicciones. A lo largo de mi carrera, he trabajado en clínicas de metadona que son prácticamente iguales. Abren temprano, a las 4 o 5 de la mañana, para que los pacientes puedan recibir la dosis y llegar a tiempo al trabajo. Tienen una fila que conduce a una ventanilla de dispensación. Al otro lado de la ventanilla, enfermeras o médicos, vestidos con uniformes como si fueran cajeros de banco, pasan vasos de plástico con metadona con sabor a cereza a través de una ranura. A veces, las filas se extienden hasta el estacionamiento.
Pensaba que el divorcio significaba dejar atrás el pasado
Una médica estadunidense reflexiona sobre su experiencia con el divorcio y la realidad de que una ruptura no significa olvidar el pasado.







