Hay evidencias de que nuestras relaciones con México son anteriores al descubrimiento de América. El uso de jade en la joyería de las culturas sudamericanas y la utilización de concha spondylus en las alhajas de naciones del Pacífico mexicano, apuntan en ese sentido. Pero la cosa va más allá, se comerciaban en América artículos más ordinarios y necesarios. Ellos nos enviaron el maíz y el poroto (fréjol); de aquí llevaron cacao y ají, nada menos. El intercambio se hizo intenso en la temprana colonia, nos legaron el aguacate, el camote, el tomate. Fíjense en el sufijo “te” que llevan estas palabras, es una españolización del “tl” de la lengua náhuatl.En los tamales mexicanos y nuestras choclotandas o humitas, el parecido habla más de identidad que de coincidencia. Se pueden citar decenas de semejanzas gastronómicas, lingüísticas y culturales en general, que demuestran nuestra fraternidad. Esta proximidad habrá sido determinante en una simpatía mutua entre los pueblos, que tendría su más fructífera contribución en la que hizo Vicente Rocafuerte a la independencia de México. Luego tenemos a Juan León Mera dedicado a escribir la primera biografía de la poeta mexicana y precursora feminista sor Juana Inés de la Cruz.El enorme país es una potencia cultural, que generó corrientes que influyeron decisivamente en las humanidades y artes ecuatorianas, especialmente en el siglo XX inicial. El pensamiento de intelectuales mexicanos como José Vasconcelos impactó poderosamente en toda América Latina, en Ecuador su gran amigo Benjamín Carrión se puso manos a la obra de construir el “hombre cósmico”, el mestizo que engloba dos mundos. Así el especialísimo Premio Benito Juárez se concedió al escritor y pensador lojano. Los muralistas aztecas pensaron en las nuevas propuestas plásticas ecuatorianas. Y debo hacer una reseña sobre el pedagogo neoleonés Moisés Sáenz.Pero no solo en la alta intelectualidad se manifestó esta influencia, sino también en la cultura popular que estaría varias décadas referenciada por producciones mexicanas. El cine, la música, los toreros, las revistas de cómics, preferidos por las masas se producían en México. Cuando los anglosajones sacaron su Superman, los mexicanos crearon el Santo, el enmascarado de plata, héroe de una pléyade de luchadores. Los ecuatorianos se identificaron más con los personajes mestizos producidos entre Tehuantepec y Río Grande, que con los de más al norte. Esta amistad no estuvo exenta de disgustos, el presidente Juárez ordenó la expulsión del embajador de García Moreno y AMLO obstaculizaría nuestro ingreso en la Alianza del Pacífico. Recordemos, mejor, actos de solidaridad, en el negro 1942, el país que más apoyó la posición ecuatoriana fue México. Por esto y más es lamentable que un partido de fútbol empañe años de relación. Este espectáculo, convertido en un negocio millonario, es una guerra ritualizada y no es raro que desadaptados quieran llevar la confrontación del rito al hecho. Hay que vivir con ello. Tampoco esta amistad se trastocará por el incidente de la embajada en Quito. Cosas de los Gobiernos, piensan los pueblos, a los políticos no hay que tomarlos en serio. (O)