Es la primera vez que un fiscal general del Estado resulta condenado por el Tribunal Supremo. Es la primera vez que un ministro recibe una condena de veinticuatro años de cárcel. Es la primera vez que la directora de la Guardia Civil comparece como investigada ante un juez. Es la primera vez que un presidente del Gobierno declara como testigo desde el Palacio de la Moncloa en una causa que afecta a su propia esposa. Es la primera vez que el hermano de un presidente se sienta en el banquillo. Es la primera vez que un secretario de Organización del PSOE ingresa en prisión preventiva. Y la primera vez que le sucede al siguiente. Puestos a inventariar las primeras veces, es la primera vez que el PSOE negocia en el exilio de Ginebra con un fugado de la Justicia, es la primera vez que se prostituye con las siglas tóxicas de Bildu, es la primera vez que un Gobierno abjura de los Presupuestos y de las obligaciones parlamentarias, y es la primera vez que un expresidente termina imputado como artífice de una red de corruptelas y como custodio de un tesoro de joyas. El sanchismo ha encontrado una forma insólita de hacer Historia. No por las leyes que aprueba ni por las reformas que impulsa, sino por el catálogo de precedentes institucionales que inaugura. Prometió Sánchez el Gobierno más progresista de la Historia y hay que concederle la mitad del enunciado. Historia está haciendo, aunque sea la historia clínica de una democracia. Ningún Gobierno europeo sobreviviría a una sola de estas efemérides, pero el nuestro las colecciona con la serenidad de quien ordena trofeos en la vitrina. Y sobrevive porque ha perfeccionado un mecanismo de inversión moral que constituye su verdadera aportación a la ciencia política. El sanchismo ya no discute los hechos, discute la legitimidad de quien los certifica. Condenado el fiscal general, el problema no es el fiscal sino el Supremo. Encarcelado Ábalos, el problema no es la organización criminal sino la UCO que la descubrió. Procesada Begoña Gómez, el problema es el juez Peinado, elevado a la categoría de archienemigo nacional con más presencia mediática que varios ministros del ramo. La sentencia nunca prueba el delito, sino acredita la conspiración. TE PUEDE INTERESAR Opinión Esta alquimia se relame en su propia liturgia. La ofició Bolaños al conocerse la condena del fiscal general: el Gobierno tiene "el deber legal" de acatar el fallo y "el deber moral" de proclamar que no lo comparte. Ahí está, en una sola frase, la degeneración entera. Un Estado que se enmienda a sí mismo, un Ejecutivo que acata con la boca pequeña y deslegitima con la grande, una moral gubernamental superpuesta a la legalidad como una segunda Constitución no escrita. Del deber moral al indulto preparado media un trámite. Y así el partido que construyó el Estado autonómico, el partido de la Transición y de los pactos, el partido que presumía de sentido institucional frente a la caverna, se descubre atrincherado contra las instituciones que él mismo levantó, insinuando que jueces, guardias civiles, periodistas y fiscales díscolos integran una internacional golpista con toga. El victimismo, además, desempeña las funciones de un programa político. No hay presupuestos, no hay legislación, no hay mayoría, sino un muro defensivo. El sanchismo ya no gobierna España; resiste en ella. Ha sustituido el BOE por el relato y la acción política por la supervivencia, de modo que cada revés judicial, lejos de debilitarlo, lo confirma en su epopeya. Perseguidos, luego existimos. Es la primera vez -otra- que un Gobierno convierte su propia imputabilidad en argumento electoral. TE PUEDE INTERESAR Opinión Es tan asombroso el ejercicio de equilibrismo que el Gobierno apoya a Zapatero y a la directora de la Guardia Civil al tiempo que las terminales gubernamentales competentes reaccionan en sentido contrario. La Abogacía del Estado se moviliza contra el gurú del sanchismo, a la vez que la Fiscalía Anticorrupción ha reclamado -y obtenido- la imputación de Mercedes González. Se desprende que el Gobierno denuncia y encubre simultáneamente los casos más llamativos de las últimas semanas. Es la primera vez, claro, que un presidente saluda a los tripulantes de una embarcación a la deriva desde las dos orillas. Para despedirlos y para recibirlos a la vez. Queda la degeneración más honda, que no es penal sino cívica, la anestesia. Hemos bostezado tanto ante lo inaudito que lo inaudito ya no encuentra público. El escándalo, como la moneda, se devalúa por exceso de emisión, y España asiste a la caída sucesiva de un fiscal general, un ministro, dos secretarios de Organización y media familia presidencial con el fatalismo de quien mira llover. Esa es la proeza definitiva del sanchismo, haber agotado nuestra capacidad de asombro, que era la última reserva democrática del país. TE PUEDE INTERESAR Opinión Los estadistas aspiran a pasar a la Historia por lo que fundan. Sánchez pasará por lo que estrena. Fue el hombre de las primeras veces y aspira a serlo de la última: la primera vez que un presidente lo resiste absolutamente todo, menos la tentación de seguir resistiendo. Es la primera vez que un fiscal general del Estado resulta condenado por el Tribunal Supremo. Es la primera vez que un ministro recibe una condena de veinticuatro años de cárcel. Es la primera vez que la directora de la Guardia Civil comparece como investigada ante un juez. Es la primera vez que un presidente del Gobierno declara como testigo desde el Palacio de la Moncloa en una causa que afecta a su propia esposa. Es la primera vez que el hermano de un presidente se sienta en el banquillo. Es la primera vez que un secretario de Organización del PSOE ingresa en prisión preventiva. Y la primera vez que le sucede al siguiente.