El director del Programa Mundial de Alimentos, Carl Skau (48 años, Motala, Suecia), se llena de frustración cuando recuerda lo difícil que es conseguir el dinero necesario para mantener a raya el hambre en el mundo. Para este 2026, el PMA calcula que requerirá 13.000 millones de dólares (más de 11.000 millones de euros) para sostener unas operaciones que ya están bajo mínimos debido a la ola de recortes a la ayuda internacional por parte de Estados Unidos y los principales donantes de Europa. “Puede parecer una cifra elevada, pero la guerra en Irán costó 2.000 millones al día. Es decir, pedimos para todo un año lo que cuesta menos de una semana de guerra”, explica Skau en entrevista con EL PAÍS, el pasado 30 de junio en la Conferencia de Sostenibilidad de Hamburgo.Arañar ese presupuesto no será fácil. En 2025, el PMA pidió 16.900 millones de dólares a los donantes y solo consiguió 6.500 millones. Eso significó reducir las raciones de alimentos de millones de personas en Sudán, donde se vive la peor crisis humanitaria del mundo, o no poder llevar a tiempo las reservas de contingencia a Haití antes de la temporada de huracanes. Ahora, en 2026, hay menos recursos y más problemas: la guerra de Irán ha alterado los flujos de ayuda humanitaria que salían por el golfo Pérsico y ha encarecido el combustible y los fertilizantes que requieren los agricultores. “Tratamos de reducir la brecha entre las necesidades y los recursos tanto como podamos. Estamos utilizando IA, tecnología, nuevos mecanismos. Pero mientras eso sucede, la gente sigue sufriendo”, lamenta Skau que acaba de ser nombrado director interino del PMA, aunque lleva más de tres años como director de operaciones viajando por algunos de los puntos más críticos de la inseguridad alimentaria mundial.Pregunta. Un año y medio después de la gran ola de recortes de ayuda internacional, ¿qué ha cambiado dentro del PMA y en sus operaciones?Respuesta. Tuvimos que despedir a 5.500 empleados y reconfigurar por completo nuestra estructura: eliminamos el nivel correspondiente a las oficinas regionales y redujimos la plantilla de la sede central en un 30%. Lo más alarmante es que hemos tenido que seleccionar y priorizar en qué países operamos y qué hacemos en ellos. Ha sido doloroso porque, en lugares como Sudán, Somalia o Afganistán, hemos tenido que dejar de ayudar a personas que sabemos que luchan por sobrevivir. Acabo de estar en Afganistán: allí hemos pasado de prestar apoyo a unos 10 millones de personas a asistir a entre 1,5 y 2 millones. Estuve en centros de salud donde las mujeres acuden con sus hijos gravemente desnutridos, tras caminar cuatro o cinco horas desde sus casas y, al llegar, no encuentran ayuda. Se respira el pánico en el ambiente. P. ¿Cuál es la meta de las personas a atender este 2026 y cuánto presupuesto necesitan?R. Nuestra petición de recursos ha sido de 13.000 millones de dólares. Puede parecer una cifra elevada, pero la guerra en Irán costaba 2.000 millones al día. Es decir, pedimos para todo un año de operaciones lo que cuesta menos de una semana de guerra. Y con eso, estamos intentando llegar a 130 millones de personas. Esperamos conseguir aproximadamente la mitad de ese dinero, estirar al máximo los recursos y llegar al menos a 100 millones de personas. Pero la realidad es que en el mundo hay 300 millones de personas que sufren inseguridad alimentaria aguda, el triple de las que había cuando recibimos el Premio Nobel de la Paz en 2020. Y hay un patrón preocupante. Cuando comenzó el conflicto en Líbano, ampliamos nuestra respuesta rápidamente, prestando asistencia a cientos de miles de personas, porque esperábamos que el dinero llegara como ocurrió hace dos años, cuando tuvimos una situación similar. Pero no sucedió: hemos movilizado quizá la mitad de lo que hicimos hace dos años. Lo mismo ocurre ahora con la respuesta al ébola [en República Democrática del Congo]. Los donantes europeos están recortando, francamente, al mismo nivel que EE UUP. Recientemente anunciaron que recibirán una contribución directa de 800 millones de dólares de EE UU. ¿Esto forma parte de sus contribuciones normales?R. EE UU ha cambiado por completo su estructura [de donaciones]. Aportan mediante ayudas en especie, fondos mancomunados que gestiona la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU y de contribuciones directas. Esperamos poder alcanzar los mismos aportes que tuvimos el año pasado, pero seguimos teniendo dificultades con otros donantes. Por eso estoy aquí en Alemania: los donantes europeos están recortando, francamente, al mismo nivel que EE UU. En 2025 sufrimos una contracción del 40% con respecto a 2024; ahora esperamos movilizar al menos lo mismo que el año pasado para no tener que recortar todavía más. Ahora, con la guerra en Oriente Próximo, nos preocupa que dentro de seis o nueve meses veamos otra oleada de inseguridad alimentaria debido a la falta de acceso a fertilizantes. Nos encontramos ante una especie de “tormenta perfecta” que estamos intentando gestionar lo mejor que podemos, pero no estamos viendo el mismo nivel de solidaridad que vimos cuando comenzó la guerra en Ucrania.P. En marzo hablamos sobre cómo el bloqueo del estrecho de Ormuz afectaba los flujos de ayuda humanitaria. ¿Cuál es el balance cuatro meses después del inicio de la guerra?R. Esperamos que se alcance un acuerdo de paz sostenible de cara al futuro. Pero no creemos que, solo porque cesen los combates, las consecuencias de esta crisis desaparezcan de la noche a la mañana: la recuperación va a ser una maratón. En marzo advertimos de que, si el precio del petróleo se mantenía por encima de los 100 dólares, unos 45 millones de personas se verían abocadas al hambre para julio o agosto. Ahora hemos empezado a hacer un seguimiento de cómo se está produciendo ese impacto. Las contribuciones han disminuido y nuestras operaciones son un 25% más caras tanto en el transporte como en los desplazamientos dentro del país, lo que significa que estamos gastando más en la operación que en alimentos. Me preocupan enormemente las consecuencias a largo plazo en Sudán, porque el 100% de los fertilizantes procedía del Golfo. Además, su agricultura depende del riego del Nilo y esas bombas funcionan con gasóleo, cuyo precio se disparó hasta un 300%, por lo que muchos agricultores no podían permitírselo. Nos encontramos ante una especie de tormenta perfecta que estamos intentando gestionar lo mejor que podemos, pero no estamos viendo el mismo nivel de solidaridad que vimos cuando comenzó la guerra en UcraniaP. Entre finales de 2025 y lo que va de este año, el WFP lanzó varias alertas de que la reducción de la financiación podría obligar a recortar operaciones o beneficiarios en Sudán. ¿Eso sí llegó a ocurrir?R. Sí. Hemos pasado de ayudar a cinco millones de personas a solo 3,5 millones: es muy frustrante, porque lo que deberíamos haber hecho es llegar a asistir a 10 millones de personas. Y hemos recortado las raciones al 70% en las zonas con riesgo de hambruna y al 50% en el resto de áreas. Hace poco estuve en los campamentos de Tawila, donde hay 700.000 personas que lograron sobrevivir al infierno de El Fasher y donde no estamos haciendo lo suficiente. La comunidad internacional ha fracasado a la hora de prevenir la guerra en Sudán y de proteger a los supervivientes. Mi principal preocupación hoy es El Obeid, una gran ciudad de 800.000 habitantes que está rodeada y que ha sido nuestro centro de operaciones. Hemos prestado asistencia a casi 100.000 desplazados internos procedentes de allí y estamos reforzando nuestra capacidad porque nos preocupa que haya más. Para eso, estamos utilizando por adelantado las reservas que teníamos para la temporada de lluvias. P. ¿Cómo va el dispositivo de atención a la crisis que causaron los terremotos en Venezuela?R. Contamos con un equipo sólido sobre el terreno. La primera fase siempre gira en torno a la búsqueda y el rescate. Ahora es cuando tenemos que intensificar el apoyo. Ya hemos ayudado a miles de personas en el estadio de La Guaira [donde se han montado campamentos y puntos de asistencia humanitaria] y esperamos ampliarlo a entre 500.000 y un millón de personas, dependiendo de la evaluación de necesidades que haga el Gobierno. Estamos apoyando a otras agencias con la logística de la que disponemos. Pero los equipos han sufrido, tenemos compañeros que duermen en sus coches porque perdieron sus casas durante los terremotos.
Carl Skau, director del Programa Mundial de Alimentos: “Pedimos para todo un año de operaciones lo que cuesta menos de una semana de guerra”
El PMA calcula que requerirá 13.000 millones de dólares en 2026 para sostener la ayuda humanitaria y los programas de salud alimentaria, que ya operan bajo mínimos debido a los recortes de EE UU y Europa







