La catástrofe está a la orden del día. En pleno siglo XXI el genocidio perpetrado por el Estado de Israel contra el pueblo palestino es contemplado con espanto y complicidad por el mundo entero. Año a año, como en un loop infernal, millones de hectáreas son arrasadas por incendios incontrolables. Eso en el plano de la realidad. En el de la imaginación, quizás no deba sorprendernos, la cosa no es muy distinta. En libros y plataformas digitales se producen y difunden a escala industrial ficciones distópicas ominosamente verosímiles: manipulación psicológica de enormes masas mediante redes sociales y dispositivos tecnológicos; endeudados sometidos a los más crueles experimentos en busca de un premio millonario; regresión de la humanidad a un estado de guerra de todos contra todos en un planeta destruido material y moralmente. Aunque suene repetido, vale la pena recordar aquello de que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Este es el escenario en el que a las izquierdas del mundo y de Chile nos toca actuar. Ciertamente, no es la primera vez que las izquierdas enfrentan situaciones límite que parecen no tener salida. Las palabras de Rosa Luxemburgo, escritas desde la cárcel a la que fue confinada por su oposición militante a la Gran Guerra, no nos suenan ajenas ni exageradas: socialismo o barbarie. La cita exacta tiene una genealogía más larga que no vale la pena resumir acá, pero la idea sintetiza a la perfección el dilema de entonces y de hoy: o logramos orientar la vida social hacia la realización del bienestar y el cuidado de las grandes mayorías, o la ley del más fuerte, léase jerarcas tecnológico-militares y milmillonarios, seguirá destruyendo el mundo y desechando humanos.Sea por la envergadura de la crisis, por las contundentes derrotas electorales y el avance de derechas radicales con apoyo popular, por una mayor conciencia de la gravedad del momento, o por una mezcla de todo esto, parece haber hoy, en el campo de las izquierdas en Chile y el mundo, una disposición más abierta y decidida a enfrentar problemas para los que no tenemos certezas ni respuestas definitivas. Preguntas difíciles de encarar y que fueron largamente escamoteadas hoy resuenan en nuestros encuentros privados y reuniones públicas: ¿es posible torcer el destino de concentración de la riqueza que parece inalterable? ¿Podemos construir contrapoderes que pongan freno al despotismo de los jerarcas contemporáneos? ¿Seremos capaces de recuperar el medio ambiente y evitar una hecatombe sin solución? ¿Existe una alternativa al capitalismo?Emprender una reflexión de esta naturaleza implica, entre otras cosas, reconocer los límites de los experimentos socialistas que hemos conocido, la imposibilidad de replicar modelos del pasado y calibrar el estado actual de las fuerzas políticas y sociales disponibles para sostener una alternativa de transformación social. El Estado de Bienestar europeo, por citar el mayor logro de la socialdemocracia del siglo XX, fue un capítulo admirable pero acotado histórica y geográficamente, y fue una conquista posibilitada por condiciones muy excepcionales: una clase trabajadora altamente organizada social y políticamente, una guerra que dejó cincuenta millones de muertos y el telón de fondo de la amenaza soviética. Las condiciones actuales son muy distintas y muy distantes de aquellas: la clase trabajadora está más debilitada y fragmentada, y su capacidad de negociación frente al capital está mermada; nuevas formas de riqueza y poder altamente concentradas escapan a todos los controles democráticos e incluso superan las capacidades de los estados nacionales; la crisis ecológica pone un límite material a las posibilidades de vida en el planeta; y el reordenamiento geopolítico con sus guerras comerciales y militares añade altas dosis de inestabilidad e incertidumbre. Estos problemas fueron abordados en el primer congreso ideológico del Frente Amplio que culminamos la semana pasada. Tras meses de debates que convocaron a más de 4.000 militantes, reafirmamos nuestro carácter socialista, feminista y ecológico, y sumamos definiciones menos habituales en nuestro discurso: la centralidad que en nuestro proyecto debe tener la creación de riqueza colectiva para dar sustento material a una sociedad de bienestar, la preocupación por los pequeños y medianos empresarios y la voluntad de fortalecer la alianza entre las izquierdas y el progresismo. Más allá de algunos amagos de polémica que circularon durante la semana, este ejercicio del Frente Amplio, que se suma a esfuerzos que distintos grupos de líderes políticos, militantes de base e intelectuales del campo de las izquierdas en Chile están haciendo para encarar las grandes preguntas del presente, es un síntoma saludable.La pregunta por el socialismo parece retornar a nuestro país. Es bueno que así sea. Si le llamamos socialismo al deseo de felicidad, de libertad y de autorrealización; si entendemos el socialismo como el esfuerzo individual y colectivo por liberarnos de aquello que nos oprime; si pensamos que el socialismo es una forma de organizar la producción de riqueza colectiva para que no se concentre en pocas manos sino que beneficie a la sociedad en su conjunto; si estamos convencidos de que el socialismo es lo opuesto a la barbarie y que es un camino para superar la desesperanza y el derrotismo que amenaza con enseñorearse en nuestro ánimo social, es un buen momento para que el socialismo chileno, como otras veces ha hecho en medio de fuertes crisis, se renueve y fortalezca.
Socialismo o barbarie
Si estamos convencidos de que el socialismo es lo opuesto a la barbarie y que es un camino para superar la desesperanza y el derrotismo que amenaza con enseñorearse en nuestro ánimo social, es un buen momento para que el socialismo chileno se renueve y fortalezca






