Enorgullece conocer que somos primeros en varios ámbitos, así engrandece y sacamos pecho cuando conservamos la nominación de mayor exportador de banano y camarón en cautiverio del mundo, aunque deprime leer que ocupamos el primer lugar en la exportación de cocaína hacia Europa, gran paradoja porque no sembramos la planta que la origina, también emocionan los triunfos de nuestros deportistas. Pues bien, a nivel regional, se conoce que Guayaquil, identificada poéticamente como la Perla del Pacífico, vibrante ciudad-puerto de Sudamérica, es una joya esplendorosa, calificada como la más importante movilizadora de carga propia o sea producida o elaborada en el país, como ningún otro enclave marítimo de esta región del Pacífico sur, lo que significa que los productos que exportamos son de producción propia. El honroso calificativo obedece en gran medida a las vigentes instalaciones portuarias, públicas y privadas adecuadas y seguras, que consolidan la denominación de ciudad-puerto, de profundos significados, se trata de una maravillosa y positiva convivencia o una simbiosis entre facilidades para el acoderamiento de buques y la vibrante actividad de una ciudad en constante desarrollo y progreso, ambas se necesitan o complementan, de allí que su existencia depende de una mutua aportación en que se conjuga la perseverancia de un progresista empresariado privado y la apertura que otorgan las autoridades locales y nacionales a su crecimiento, son los lugares de salida y entrada de productos que representan casi el 90 % de las exportaciones no petroleras y no mineras del Ecuador en constante avance, nutrida por la cercana riqueza agrícola proveniente de la gran cuenca hidrográfica del Guayas. Contrasta como ejemplo, ciudades que han perdido protagonismo porque, estando a orillas del mar o de caudalosos y navegables ríos, no progresaron al fenecer la parte portuaria, como es el caso de la bella “ciudad sin copia” Bahía de Caráquez, que redujo hasta su desaparición su tinte portuario por ausencia de dragado de su rada interior y la desembocadura del río Chone, que impidió la operación de buques comerciales, además el desazolve realizado parcialmente no tuvo jamás mantenimiento. Bahía era a principios y mediados del siglo pasado un gran emporio económico, por ella se exportaba banano en racimos, café, cacao y tagua, que daba trabajo a una satisfecha población, incluyendo a familias que laboraban en sus casas en la clasificación de granos de café, todo desapareció con la defunción de su puerto, convirtiendo, sin embargo, a la atractiva ciudad, en un admirable centro turístico.La urbe guayaquileña tiene asegurado su futuro, sus líderes públicos y privados se preocuparon por la profundización del canal de acceso a las terminales portuarias, obra ejemplo de compromiso público-privado exitoso, cuyo costo, con mantenimiento incluido, lo asumen las empresas navieras, favorecidas por el mayor volumen de carga que movilizan al operar buques de mayor calado e ingreso con carguío completo a la ciudad. El Estado debe aportar dinamismo en la pendiente contratación que llevará el calado a 15 metros, como meta inmediata. (O)