El 3 de julio de 1896, cuando la Ley 3.356 dio origen al Cuerpo Médico Forense, la Justicia argentina no imaginaba un futuro dominado por perfiles genéticos, tomografías post mortem y análisis toxicológicos capaces de detectar cientos de sustancias en poco tiempo. En aquel entonces, la ciencia aplicada a la Justicia era mucho más reducida: un puñado de médicos asesoraba a los magistrados en reconocimientos y exámenes básicos. Ciento treinta años después, aquel esquema embrionario derivó en una estructura compleja y altamente especializada, convertida hoy en una pieza central del sistema judicial actual. Este viernes 3 de julio, la Sala de Subastas de la Corte Suprema fue escenario del acto conmemorativo por el aniversario, del que participaron jueces, funcionarios, autoridades académicas, representantes gremiales y miembros del Cuerpo Médico Forense y de la Morgue Judicial. “El cuerpo médico forense es el engranaje invisible de las sentencias”, sintetizó Pablo Lamounan, director del Centro de Asistencia Judicial Federal, al describir el rol del organismo. La frase resume una idea repetida durante toda la jornada: detrás de buena parte de las sentencias judiciales hay una pericia técnica que sostiene –o derrumba– hipótesis, testimonios y reconstrucciones.