Antonio Alonso, exdirector del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses, rememora ocho casos que marcaron un antes y un después en la historia de la investigación criminal en España

Antonio Alonso enfrentó por primera vez la muerte en aquel pabellón de Ifema. La respiró, la vio y la tocó. Era 11 de marzo de 2004 y fue uno de los científicos movilizados para las tareas de identificación de los cadáveres del atentado yihadista que convulsionó España y mató a 192 personas. En ese momento, todo era adrenalina y cumplir con una misión, no había tiempo de reflexionar sobre lo que acababa de suceder. “Como científico, estás acostumbrado a la vida aséptica del laboratorio, pero esa fue la primera vez que salía y veía la muerte en dire...

cto”, señala. No fue hasta unas semanas después, mientras tomaba una cerveza en una terraza, cuando le vino a la nariz de golpe todo el olor que le impregnó aquellos días. “Me asusté y todo, pensé: ‘¿Qué me está pasando?”.

Rememora ese día, justo 22 años después, y además lo cuenta en su libro La huella invisible (editorial Crítica), un repaso por ocho casos en 40 años de trayectoria de este doctor en Bioquímica y Biología Molecular, que llegó a ser director del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses entre 2019 y 2024. Alonso, nacido en Zamora hace 67 años, ha sido un testigo, hasta ahora mudo, de algunas de las páginas más destacadas de la historia criminal y la medicina forense de España. Ahora, el científico de bata y microscopio se permite salir del laboratorio y recorrer la escena del crimen, la sala de autopsias y los juzgados. Muchos de estos capítulos relatan casos en los que se usaron técnicas nunca antes vistas para resolver un crimen. “La idea es transmitir la ciencia real, que está al lado de estos casos, con todas las limitaciones. La ciencia no es infalible, la ciencia no es inmediata, y si la ciencia no es inmediata, menos es la justicia”, apunta.