El pasado 19 de mayo Hugo Souza, portero del Corinthians, reunió a su familia y encendió la televisión para ver una escena única en el fútbol actual. En la era en la que las presentaciones de las convocatorias mundialistas son productos audiovisuales destinados a maravillar en las redes, Brasil va por libre: la lista la da, en directo, leyéndola a cámara, el seleccionador, a la vieja usanza. Souza estaba nervioso. Como tenía bastantes papeletas para ser convocado al Mundial, hizo lo que todos los seleccionables (y también los otros 215 millones de brasileños): esperó a saber su suerte como quien ve un sorteo de lotería. En esta ocasión la imagen fue doblemente curiosa, porque el nuevo técnico, Carlo Ancelotti, exentrenador del Real Madrid, del Bayern, del PSG, de su Milan y de media liga italiana, está aprendiendo a manejarse con el portugués. La audiencia escuchaba su cadencia con atención, pero sobre todo aguzaban vista y oído para despejar la duda que mantenía en vilo a un país de tamaño continental: ¿iría o no Neymar convocado? Carletto empezó con los porteros. Cuando Souza no escuchó su nombre se derrumbó. Pero siguió viendo la retransmisión de la lista. Y cuando unos segundos más tarde Ancelotti dijo la palabra mágica, “Neymar”, al portero no convocado le cambió la cara, se levantó y festejó. Y como él, millones de personas. De ese día salió una certeza sabida, que Neymar mueve montañas, y otra recién aprendida: el italiano metió su primer gol antes de empezar el Mundial.
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La pentacampeona se encomienda a Ancelotti, que trata de recuperar el estilo perdido que enamoró a generaciones enteras mientras gestiona la presencia de su estrella, alineada con el Bolsonarismo







