“Hay gente 3y4cnl4nd sobre fotos de mujeres: 4buçço digital con “zz3m3n images“.Si no entiende a la primera el encabezado de este reportaje, no es problema suyo. Tampoco lo hicieron muchas de las 1,2 millones de seguidoras de la cuenta de Instagram de Bloom, una plataforma sobre salud femenina, donde en marzo se publicó esa frase casi indescifrable. Fue tanta la incertidumbre entre los comentarios que acabaron incluyendo una leyenda: con 3y4cnl4nd querían decir “eyaculando”; con zz3m3n, “semen”; y con 4buçço, “abuso”.Advertían sobre una forma de violencia digital, pero lo hacían de esa forma porque hace años que ni en las redes sociales de Meta (empresa propietaria de Instagram y Facebook) ni en TikTok la mayoría de divulgadoras en sexualidad o feminismo llaman a las cosas por su nombre. Usan lo conocido como algospeak, una especie de neolenguaje que consiste en sustituir letras o poner abreviaturas en las palabras consideradas delicadas: s3x0, nepe, clit o seggs en lugar de ‘sexo’, pene’, ‘clítoris’ o ‘sex’ (en inglés). Lo hacen para prevenir la posible censura del algoritmo, como se conoce popularmente a los sistemas que regulan qué aparece y qué no en nuestras redes sociales. Una censura que organizaciones y creadoras han documentado en forma de menor visibilidad y de retirada o rechazo de contenidos. Una censura, o autocensura, que complica el trabajo de las profesionales y que está condicionada por una inteligencia artificial cada vez más sofisticada y un contexto político cada vez más conservador. Y que está totalmente normalizada en internet.La política interna de Meta menciona que limitan la visibilidad de “el contenido que debata prácticas o experiencias sexuales”, o el “lenguaje sexual explícito en contextos humorísticos”, “para que solo puedan verlo mayores de 18 años”. Pero el problema que señalan muchas expertas es que muchas veces esa moderación no diferencia entre educación y pornografía, ni entre una denuncia o una amenaza. Para Andrea Aznar, directora de Bloom, tener por prudencia que recurrir a eufemismos es muy paradójico porque ellas se dedican “precisamente a que la gente llame a las cosas por su nombre”. Han convertido hablar así, diciendo cond*n3ç en lugar de ‘condones’, en casi una seña de identidad, pero también es “un recordatorio de que las redes siguen sin ser un espacio libre y seguro”.Lo que temen ellas y otras divulgadoras en sexualidad o violencia machista son dos cosas: o que las plataformas escondan la publicación a los seguidores –lo que los usuarios y activistas llaman shadowbanning, y lo que identifican como más frecuente–, o que les eliminen la publicación y en última instancia la cuenta. En Bloom tienen varios ejemplos que demuestran que el riesgo existe. Meta les rechazó hace poco la amplificación pagada de un post sobre el placer de las personas con discapacidad y otro sobre el caso Gisèle Pelicot por considerarlos“temas políticos de la UE”, criterio bajo el cual no permiten hacer publicidad desde octubre de 2025. Y aseguran que tienen comprobado que TikTok les esconde los contenidos sobre infecciones de transmisión sexual. Ahí llegaron a autoimponerse lo que llamaron “semana blanca”, una semana sin contenidos sobre sexualidad, para recuperar alcance general. “Instagram al menos te deja reclamar y puedes renegociar si un contenido ha sido baneado, TikTok no”, puntualiza Aznar.Instagram y TikTok tienen unos 3.000 y 2.000 millones de usuarios respectivamente y son una fuente de educación sexual para jóvenes y no tan jóvenes. Sonia Cometti, ginecóloga con 24.000 seguidores en Instagram, cree el mensaje acaba llegando, pero que “el problema es en sí el hecho de hablar de esa forma: que tengamos que ponerle un ‘3’ a la palabra deseo –des3o–, o no poder decir ‘vulva’, es un mensaje encriptado del sistema que te dice ‘no te puedes expresar así porque te vamos a censurar”. Y Mara Mariño, sexóloga –s3x0loga– y autora del libro Sexpidemia, lamenta que da imagen de “poca seriedad”, pero “nos arriesgamos a que nuestras cuentas desaparezcan de un día para otro”. Mariño apunta una consecuencia importante: si alguien necesita información sobre anticoncepción, no va a bastarle con usar el buscador de las plataformas con las palabras que necesite. El algospeak también dificulta buscarlas en Google. Y se le complica aun más a las personas con neurodiversidad. Mariño está “castigada” durante un año por Meta sin poder hacer vídeos en directo por una recopilación de comentarios de odio en la que no censuró palabras como “violar”, y TikTok le ocultó un vídeo sobre un vibrador. “Yo antes era más inocentona y pensaba que podía ser por error o que hubieran malinterpretado el vídeo, pero ahora pienso que es una manera de silenciar la violencia machista muy sutil”, concluye la autora de Sexpidemia.Pensar más en la autocensura que en el contenidoEl algospeak está muy extendido y aplica a otros ámbitos, como el cambio climático, el antirracismo, el suicidio –su1c1di0, desvivir, unalive en inglés– o Palestina –quizá el caso que más ha trascendido fuera de internet sea el uso de la sandía en su lugar–. Nadie asegura que usarlo sea eficaz, porque el funcionamiento exacto de los algoritmos es cambiante y forma parte de la propiedad intelectual de Meta o TikTok: solo a veces se acaba sabiendo de él por filtraciones o juicios. El algospeak se usa por defecto y ante la duda. En un informe interno reciente del colectivo La Intersección en el que participaban 17 activistas de distintas áreas y que ha podido leer S MODA, muchos hablaban de que acababan pensando antes en cómo sortear el posible veto que en el contenido en sí. Y de que muchas veces, el shadow banning les llega igualmente, porque usan eufemismos que el algoritmo ya reconoce.Nerea Luis Mingueza, doctora en ciencias de la computación, explica que ese efecto es perfectamente razonable: “La Inteligencia Artificial que se utiliza cada vez percibe mejor los cambios sociales, que al final es lo que es el algospeak. Además, cada vez está más alimentada. Igual que ya todo el mundo sabe que n0p0r significa porno, la Inteligencia Artificial también. Es como un idioma nuevo que ya entiende. Y por eso hay que inventarse nuevas palabras”. En esa línea, otros expertos, como el lingüista Adam Aleksic, sostienen que algunos términos del algospeak son ya tan reconocibles que incluso están comenzando a transformar el inglés en la vida real.De California a TexasHay más hitos además de la inteligencia artificial que llevan a sospechar a las organizaciones que ese silenciamiento va yendo a peor. A mediados de 2024, Amnistía Internacional (AI) emitió un informe en el que denunciaban que, desde la sentencia de 2022 de la Corte Suprema de Estados Unidos que anuló el fallo de Roe v. Wade que legalizaba la interrupción del embarazo, las grandes redes sociales estaban eliminando contenido relacionado con el aborto, entre ellos guías de Planned Parenthood y la Organización Mundial de la Salud. Muchas pasaron a escribir –en inglés– ab0rtion, @bortion o aborshun. Meta y TikTok contestaron que no prohibían específicamente hablar del tema, algo que contradecía la investigación de AI. Más tarde, en enero de 2025, el mismo mes que Donald Trump asumió por segunda vez como presidente de Estados Unidos, el propietario de Meta, Mark Zuckerberg, anunció que relajaba sus políticas de protección contra ofensas al colectivo LGTBI y las mujeres; y también cambió la sede de varios de sus equipos de moderación de California a Texas, un estado mucho más conservador. Esa mudanza la señala como relevante Marta G. Franco, autora del libro Las redes son nuestras: “Aquí tienen que cumplir las leyes de la Unión Europea, pero su contexto cultural es el de Texas”. ¿Tendría algún sentido que mucha gente a la vez se rebelase, comenzara a llamar a las cosas por su nombre, e intentara revertir la visibilidad? Tanto Nerea Luis Minguez, doctora en computación, como Marta G. Franco, experta en derechos digitales, piensan que se podría probar, pero que es una estrategia que se asemeja a la de David contra Goliat. La capacidad de estas macroempresas privadas de moverse y reorganizar el algoritmo es mucho más fuerte que la de los usuarios. Aunque puntualmente se hayan conseguido pequeñas victorias –algunos contenidos viralizados sobre Palestina, por ejemplo–, los ciudadanos juegan en su campo. Marta G. Franco es de la opinión de que hay que irse de las redes sociales propiedad de tecnócratas, entre otros motivos, por este tipo de autocensura impuesta. Pero es consciente del dilema: la mayoría de las personas siguen ahí, ¿cómo abandonarlas? “Creo que desgraciadamente cada vez más gente es consciente de que te pueden cerrar la cuenta por cualquier cosa. Pero cada uno tiene que ver hasta qué punto tensar la cuerda, hasta dónde puede llegar”. El plan por el que aboga es “mantener un pie donde esté la gente, pero también tener otros recursos para guardar su contenido: una web, un podcast, encuentros…”. No ser, en fin, tan dependientes de ellos, porque “mientras sigamos 90% del tiempo en esas plataformas, las cartas están marcadas por ellos”.