El orador novato se pone en pie y agarra el micrófono con la mano izquierda. Corre el mes de febrero de 2014. El lugar, una pequeña sala de una biblioteca pública del barrio de Trinitat Vella, en Barcelona. Hay, como mucho, 30 asistentes. El orador novato se llama Gabriel Rufián, trabaja en una ETT en la selección de personal. Tiene 32 años. Se mete la mano derecha en el bolsillo porque está nervioso: es la primera vez que va a hablar en público en un acto político. Lo va a hacer en representación de la asociación a la que se ha adherido no hace mucho, Súmate, una formación también reciente, independentista y castellanohablante, creada bajo el impulso del procés. A Rufián le ha precedido en el uso de la palabra el padre Manel, un conocido y querido cura de barrio, que lo ha hecho muy bien. Tanto, que alguien de entre el público exclama: “Lo vas a tener difícil después del cura, ¿eh, amigo?”. Una gracia soltada en el momento más inoportuno, justo cuando uno se va a estrenar. Pero el orador novato encaja el comentario y, con claridad y sin mucho titubeo, habla, entre otras cosas, de que Cataluña aporta a España más de lo que recibe, de que está bien ser solidario, pero solo si uno así lo decide, y de que está harto de perder batallas y de que quiere ganar una por esta vez. Instintivamente, a la mitad de la charla saca la mano derecha del bolsillo y empieza a utilizarla para refrendar con gestos sus frases. Termina y le aplauden tanto como al cura. Acaba de nacer un político. “Aún me ponen ese vídeo”, reconoce Rufián. “Porque está grabado”. Es cierto: si quieren verlo, consulten en YouTube. Un año y medio más tarde, en la masiva manifestación de la Diada de 2015 en Barcelona, se estrena como orador multitudinario. Su discurso, en español, algo inusual en ese tipo de actos, merece, en la crónica de aquel día de EL PAÍS, un párrafo de 40 palabras. Poco, pero suficiente para contribuir a una carrera política que acaba de despegar. Hoy, con el procés anestesiado y la aspiración de independencia en Cataluña adormecida, aquel novato de la mano en el bolsillo es el portavoz de ERC en el Congreso y el político favorito entre los votantes de izquierda en España para liderar una hipotética candidatura unitaria en las próximas elecciones. Así lo demuestra una encuesta de 40dB. hecha para EL PAÍS y la Cadena Ser, publicada en marzo. No solo eso. Rufián gana en todos los segmentos de edad, pero arrasa entre los jóvenes. Lo aprecian incluso muchos chicos votantes de Vox. Y su fama no se queda en España. Hace poco, a un periodista que acompañaba a Salvador Illa en una visita a México le preguntaron por Gabriel Rufián. Belén Barreiro, directora de 40dB., adelanta una explicación: “Hay un auge de políticos que son vistos como auténticos por parte de la población. Esto va más allá de las ideologías. Y Rufián, a sus 44 años, es uno de ellos. Díaz Ayuso es otro. Y si me apuras, Trump es otro. Son políticos que dicen lo que quieren, sin filtros, a los que sus seguidores entienden y en los que confían, a los que no ven como los líderes acartonados de siempre. Esto tiene que ver, naturalmente, con el descrédito de la democracia, con la convicción de que los políticos convencionales no son capaces de mejorar la vida de las personas, con la de que los representantes políticos ya no tienen que ser mejores que tú, sino iguales que tú”. Un político que conoce bien a Rufián resume esto mismo en una frase que es a la vez un elogio y un reproche: “Lo que se ve es lo que es: ni más ni menos”. Marc Andreu, un periodista que lo siguió en los tiempos de Súmate, coincide: “Era lo que él ya es ahora: ese posado de chulo de barrio, para entendernos, ya lo gastaba entonces. No ha cambiado tanto”. El propio Rufián aporta otro matiz a su éxito: “Sería idiota no pensar en la suerte; o en la ayuda que de muchas personas que vieron en mí cosas que ni yo veía, como Joan Tardà. Y también en que me lo creía, en que me lo sigo creyendo”. Sin embargo, nadie es tan de una pieza. Rufián tampoco. El tiempo le ha convertido, de hecho, en una figura paradójica: el público lo adora por incisivo y cercano, pero casi no se habla con los miembros de su grupo en el Congreso y fuentes parlamentarias lo consideran, ante todo, una persona desconfiada y egocéntrica que trabaja de forma muy individualista. El congresista soberanista recién llegado a la capital que aseguraba en 2016 con un punto de desprecio y de chulería que estaría 18 meses y volvería a Cataluña lleva ya 10 años y cinco legislaturas y da la impresión de que ha encontrado su lugar en el mundo en la tribuna del Congreso, en el centro del centro de Madrid; el independentista exaltado de los primeros tiempos —aquel que insinuó con un famoso tuit (“155 monedas de plata”) que Puigdemont era un traidor— parece haberse olvidado de la independencia. Hay quien afirma que si se declarara la independencia mañana esto resultaría un problema político y vital para Rufián. Y hay quien asegura que en el fondo ya no es independentista. Él se defiende a su manera. Atacando: “Yo no soy independentista: estoy independentista. Es algo transitorio. Soy republicano y de izquierdas y ser de izquierdas es un montón de cosas, entre ellas, el reconocer el derecho de autodeterminación de los pueblos. Seríamos bastante anormales si no hubiéramos evolucionado, si no nos adaptáramos al mundo que vivimos, manteniendo los valores del principio. Aquellos que dicen esto son los mismos que me pedían hace 15 años que no entrara en temas sociales, los que me pedían que no hablara de izquierdas y de derechas, los que aseguraban que había que ser solo independentista”. Todos —amigos y enemigos— le reconocen olfato para detectar por instinto el asunto candente de la semana y saberlo condensar en una frase brillante, algo esencial para un político en estos tiempos frenéticos superpoblados de mensajes instantáneos. Y ese talento se tiene o no se tiene, no hay máster que lo enseñe. El penúltimo ejemplo ocurrió en mayo, cuando Rufián enarboló en el Congreso las 88 páginas del auto de imputación por presuntos delitos de blanqueo y tráfico de influencias contra José Luis Rodríguez Zapatero. Admirador confeso de Zapatero, soltó la frase que resumía lo que muchos decepcionados militantes de izquierda pensaban en ese momento: “Si esto es verdad, es una mierda; si es mentira, es una mierda aún mayor”. A veces, esa facilidad ha jugado en su contra, convirtiendo sus alocuciones en perfomances disparatadas o de mal gusto que, con todo, llenaron las redes sociales: un día llevó una impresora al Congreso para ridiculizar a Mariano Rajoy; otro colocó sonoramente tres balas de fogueo en la tribuna para criticar a Pedro Sánchez; otro sacó del bolsillo de la americana un billete de 50 euros para mofarse de los diputados de Junts. “Cuanto más llamativo, mejor; y cuanto más rompedor, también mejor. Rufián es funcional en la política de hoy en día”, resume el sociólogo y politólogo Jordi Pacheco. El diputado de Mas Madrid Emilio Delgado, con el que compartió en febrero un acto encaminado a movilizar a la izquierda, añade otra virtud: “Sabe hablar a las clases populares, un espacio que últimamente se le resiste a la izquierda. Lo popular es correoso, tiene muchas capas y algunas contradicciones. Y Rufián llega a ellos de manera muy natural”. Tal vez porque viene de ahí. Rufián nació en el popular barrio del Fondo de Santa Coloma de Gramenet y pasó la adolescencia en el de Llodera, otra zona humilde de la cercana Badalona. Las dos zonas pertenecen a ese cinturón obrero próximo a Barcelona que creció a base de pisos pequeños habitados por emigrantes. Hace décadas, esos emigrantes llegaban de Extremadura o de Andalucía, como los padres y los abuelos de Rufián. Hoy de Paquistán, Ecuador o Marruecos. Pero es un poco lo mismo: los años pasan, el espíritu del barrio permanece. Pasear en la actualidad por las calles llenas de gente que recorría en los años noventa el adolescente Rufián —a quien no dejaban entrar en la discoteca elitista de la ciudad, Titus, por la pinta— es encontrar en la misma acera un restaurante andaluz de menú del día, una tienda de “embutits de Jaén”, una frutería asiática, una tasca china y un comercio de “regalos y menaje Rosi”. Rufián nació en el seno de una familia obrera muy de izquierdas muy politizada, que mantenía una relación de amor-odio con el PSUC. De hecho, sus padres acabaron tan quemados, según explica el propio Rufián, que le pidieron que no se involucrara. Por eso, durante más de una década, se olvidó de la política y se dedicó, según sus propias palabras, a hacer lo que se esperaba de él. Estudió Relaciones Laborales, cursó un máster, empezó a trabajar en la ETT, formó una familia. “Puede sonar presuntuoso ahora, pero yo sabía que al final iba a dar el paso”, añade. Al evocar su origen es tajante: “No es algo extraordinario, soy como tantos otros. Conozco gente de barrio en primera línea, pero por lo que sea no lo reivindican tanto o no consideran que lo tengan que decir. Yo sí”. Lo hizo en su primer discurso como diputado de ERC en el Congreso, en marzo de 2016, cuando afirmó, con ese tono tan suyo que parece esconder a la vez la chulería, el orgullo y el resentimiento: “Soy lo que ustedes llaman charnego e independentista. He aquí su derrota y he aquí nuestra victoria”. “Rufián representa para mí el éxito de la identificación con Cataluña de esas nuevas generaciones que no renunciaban a sus orígenes, personas bilingües gracias al sistema de inmersión lingüística, gentes de clase obrera orgullosos de serlo, como yo mismo”, afirma Joan Tardà, el exdiputado, su predecesor en el cargo y el mayor defensor del actual portavoz de ERC. Durante tres años compartieron escaño en Madrid. “Yo aprendí de él y él aprendió de mí. Estoy muy orgulloso de Rufián y se me nota”, añade. Da sus discursos sin papeles, y, aunque a veces es prisionero de su propio personaje, se ha convertido en un parlamentario habilidoso y eficaz, muy seguido además por los jóvenes en redes sociales. Fuentes parlamentarias lo describen también como un diputado irascible, que no sabe trabajar en equipo, que no elabora ponencias ni redacta leyes, que solo se preocupa por su propio proyecto personal, que jamás participa en las comisiones que no son mediáticas, que nunca ha gestionado un euro público y que no ha formado parte de las negociaciones entre Esquerra y el Gobierno para asuntos clave, como el de la financiación. Es decir, alguien a quien, a la hora de la verdad, se le aparta. “Es un político de frase en la tribuna y canutazo en el pasillo, ajeno a lo que signifique un esfuerzo sostenido”, aseguran estas mismas fuentes. También lo acusan de no ir a Cataluña. Se separó y se casó con una mujer vasca, y está, según estas mismas fuentes, más tiempo en Euskadi y en Madrid que en Cataluña. Él responde: “Tengo a mi madre en Cataluña. Tengo un hijo en Cataluña. Tengo a parte de mi familia en Cataluña. Eso que dicen es absurdo, y no voy a entrar a discutirlo”. Es el impulsor de la famosa —y poco definida— candidatura unitaria de las izquierdas. Y la defiende ante el periodista: “O creamos algo votable o nos vamos al carajo. Hay que hacerlo provincia a provincia. No hay fórmula mágica. Donde no se pongan de acuerdo, primarias. Con un programa común: vivienda, mejora de condiciones de vida y derecho a la autodeterminación. El problema es que cuanto más hable yo, más me van a decir que no. No te veo muy convencido…”. El periodista responde que es porque sigue sin entender bien la propuesta y Rufián vuelve a la carga: “En el fondo es quitarle espacio a la derecha. Es difícil, pero yo voy a continuar proponiéndolo. No quiero tener la razón la noche electoral. A mí ya me da igual tener razón”.