Gabriel Rufián ha estado muerto varias veces. Como él dice: "Políticamente, se entiende". Algunas defunciones las cuenta él, otras las certificaron en su propio partido. La última hace no demasiados meses, cuando empezó a salirse del carril oficial que su ERC diseña desde Barcelona. Sin embargo, hoy por hoy es indiscutible que se está convirtiendo en un activo en el castigado discurso de la izquierda, y con el valor añadido de que ha construido un acceso directo a los más jóvenes. ¿Su primer secreto? Se le entiende. ¿El segundo? Aunque les cuesta reconocerlo, la izquierda vive en un ataque de ansiedad permanente y necesita nuevos discursos ilusionantes a los que agarrarse. ¿El tercero? La caída en desgracia de José Luis Rodríguez Zapatero entierra al último tótem de la izquierda, ese líder moral que en la última década se ha esforzado por apadrinar a los jóvenes talentos, llámese Rufián o Pablo Iglesias. Despreciado Felipe González —a quien el portavoz de ERC en Madrid llamó "traidor de la clase trabajadora"— e investigado Zapatero, ¿quién ocupa ese espacio? El pasado miércoles, a primera hora de la mañana, el portavoz de ERC en el Congreso acudió a su despacho. Había dormido tres horas y estaba preparando la pregunta que pocos minutos después de las nueve de la mañana debía formularle al presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la sesión de control. Dice que se había leído "quince veces" las páginas más dolorosas del auto de imputación de José Luis Rodríguez Zapatero. Tras varios intentos de escribir la pregunta a mano se dio cuenta de que no hacía falta demasiada elaboración, sino decir lo que sentía. “Estoy jodido”, pensó, “y si esto es cierto, es una mierda. Y si es mentira, es una mierda aún mayor”. Unas horas después, dijo exactamente eso, tirando de palabrotas y sin preguntarse demasiado qué pensarían al escuchar su léxico los grandes del parlamentarismo español, de Emilio Castelar o Miguel de Unamuno a Manuel Azaña. Porque si Rufián tuviera que elegir entre TikTok o una biblioteca, como él mismo ha explicado, elige la red social. Esa mañana Rufián se había dicho a sí mismo: “Di esto, porque conectas con mucha gente que piensa lo mismo y eso no te hace menos progresista; si yo salgo a decir ‘convoque elecciones’ porque son unos desgraciados y unos corruptos, soy un marciano; y si salgo a decir ‘sois maravillosos, lo hacéis todo bien’, soy un marciano”. Ese es Rufián, un político que llegó hace once años a la Carrera de San Jerónimo bajo las alas de Joan Tardá prometiendo que se iría en dieciocho meses, pero que le ha cogido el gusto a la capital de España. Aquel joven provocador y agitador capaz de aparecer con una impresora en le escaño cree que ser radical es una forma de mover el tablero para cambiar las cosas. Ahora ha madurado en lo personal y en lo profesional. Y quiere más, incluso liderar un único espacio a la izquierda del PSOE para concurrir a las elecciones generales. La pregunta es si eso es un medio o es un fin. "Sin que suene mesiánico ni que se me haya ido la olla, el capital político, mediático o digital que yo haya podido atesorar lo quiero poner al servicio de remover la realidad" Su primera muerte —políticamente, se entiende— fue certificada en 2023, cuando en las municipales no pudo gobernar en Santa Coloma de Gramanet, su pueblo, y ERC perdió la mitad de los diputados en el Congreso. Pero sobrevivió. La segunda era lo más comentado desde su partido hace poco más de un año, cuando empezó a desmarcarse de la estrategia oficial y a actuar como un verso libre. "Está muerto", decían en privado en ERC, que no supieron ver el crecimiento exponencial de Rufián. Y sobrevivió. De manera que ahora el joven de la impresora ha decidido liarse la manta a la cabeza y apostar por su marca personal. Como si estuviera dispuesto a ocupar ese espacio que ha quedado vacante, salvando todas las distancias con quienes con mayor o menor fortuna lideraron ese espacio, de González a Iglesias, pasando por Zapatero. ¿Cómo? Señalando las debilidades de la izquierda en asuntos que son cruciales: inmigración, seguridad, feminismo, burka, etc. El pasado miércoles lo dijo claro en el Club Siglo XXI de Madrid: está dispuesto a liderar ese espacio, a pesar de que su partido no está de acuerdo, ni tampoco Bildu ni casi nadie entre las formaciones consolidadas de la izquierda radical. Fue un acto en el que respondió a una treintena de preguntas, sin cortapisas, sin censuras, sin ambages: "Sin que suene mesiánico ni que se me haya ido la olla, el capital político o mediático o digital que yo haya podido atesorar lo quiero poner al servicio de remover la realidad. De eso va la ser radical". La novedad es que ahora la utiliza para poner a las izquierdas ante el espejo. "Si nuestra izquierda no llega al 10% no hay nada que hacer, y eso solo lo pueden conseguir con liderazgos como el de Rufián o el de Irene Montero", dicen a este periódico desde el Gobierno Tras el éxito del acto celebrado en Madrid junto al diputado de Más Madrid Emilio Delgado y el de Barcelona al lado de Irene Montero, la siguiente etapa es Valencia junto a Mónica Oltra. Más promoción para la marca Rufián. La realidad es que casi nadie en toda esa amalgama de formaciones cree en sus opciones para liderar una única candidatura y él dice que si lo hace, será sin dejar su partido —"solo me iré cuando me echen"—. En ERC lo ven con condescendencia: "Entre y acto y acto, se hace el vacío; políticamente esa idea no va a ningún sitio". Lo que no tienen en cuenta en Esquerra es que al Gobierno le gusta Rufián, porque lo ven como una oportunidad de aglutinar voto sin mucha continuidad como proyecto político. Lo quieren utilizar, porque saben que el erial que ha dejado Yolanda Díaz complica mucho las expectativas de Pedro Sánchez: "Si nuestra izquierda no llega al 10% no hay nada que hacer, y eso sólo lo pueden conseguir con liderazgos como el de Rufián o el de Irene Montero", dicen a este periódico desde el Gobierno. El futuro está por escribir, pero la marca Gabriel Rufián se ha abierto un hueco en la izquierda radical, un espacio político carente de liderazgos ilusionantes, especialmente entre los más jóvenes. Lo suficiente como para que su buen amigo Oriol Junqueras le perdone los pecados, porque por encima de todo el líder de ERC tiene en cuenta una cosa, como confiesan desde su entorno: "En los momentoso difíciles, Gabriel estuvo a su lado". No en vano, Rufián fue muchas veces a verle, a cuatro cárceles distintas. Y el factor humano es relevante, a pesar de que el portavoz de ERC haya estado varias veces muerto. Políticamente, se entiende.