Análisis Exclusivo suscriptores El 21 de junio de 2026 el mar superó los niveles más altos registrados para la misma fecha en 2023 y 2024. El dato va mucho más allá de un número.Dos sistemas independientes confirmaron que la temperatura superficial del mar alcanzó un máximo histórico para junio. El inicio de El Niño podría intensificar aún más los efectos. Foto: iStockPERIODISTA DE MEDIOAMBIENTE Y SALUD04.07.2026 22:01 Actualizado: 04.07.2026 22:01

El océano global nunca había estado tan caliente en junio. El 21 de ese mes, los dos principales sistemas de monitoreo del programa europeo Copernicus confirmaron de forma independiente que la temperatura superficial del mar había superado los récords registrados para esa misma fecha en 2023 y 2024, los dos años más cálidos de los que se tiene registro. LEA TAMBIÉN El Servicio Copernicus de Cambio Climático (C3S) midió 20,86 °C para las latitudes extrapolarares —la franja entre los 60° norte y los 60° sur—, marginalmente por encima de los 20,83 °C de años anteriores. El Servicio Copernicus de Medio Marino (CMEMS) llegó a la misma conclusión por una vía diferente: 21,0 °C, una décima por encima de los registros previos.El anuncio fue emitido de forma conjunta por el Centro Europeo de Predicción Meteorológica a Plazo Medio (ECMWF) y Mercator Ocean International. “Las condiciones actuales podrían indicar el comienzo de una nueva fase, conduciéndonos, una vez más, hacia territorio desconocido”, advirtió Carlo Buontempo, director del C3S. “Con las temperaturas del océano en estos niveles y El Niño en el horizonte, es probable que veamos cómo caen nuevos récords en los próximos meses”.El nuevo máximo no llegó de la nada. En los últimos tres años, el océano global fuera de las regiones polares ha registrado temperaturas entre 0,35 °C y 0,73 °C por encima del promedio histórico de largo plazo. Ese calentamiento sostenido coincide con el inicio oficial de un episodio de El Niño, anunciado por la Organización Meteorológica Mundial el 2 de junio de 2026 y declarado también por la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica (NOAA) de Estados Unidos el 11 de junio. Según los modelos de predicción estacional del C3S, su intensidad podría alcanzar niveles no vistos en décadas. Con ese escenario sobre la mesa, los científicos advierten que los próximos meses podrían traer nuevas marcas tanto en el océano como en la atmósfera.Para Benjamín Quesada, climatólogo y director del programa de Ciencias de la Tierra de la Universidad del Rosario, el número en sí —20,86 °C o 21 °C— no es lo más revelador del dato. Lo que le parece verdaderamente significativo es otra cosa: que dos sistemas que operan de manera independiente lleguen exactamente a la misma conclusión. “Para mí lo importante es que dos sistemas que no se hablan entre ellos nos dicen que es un récord absoluto”, señala. “Entonces es muy poco probable que sea un error de medición”.Pero hay algo que le preocupa aún más que la cifra puntual: el ritmo al que se están superando esos registros. “Antes estos saltos, estos incrementos, tardaban años en darse. Ahora lo que vemos es casi que temporada tras temporada”, explica Quesada. Esa aceleración, dice, estaba prevista en los modelos climáticos, pero su velocidad obliga a monitorear con atención si el sistema no está ya en la parte alta de lo que esos modelos anticipaban.El climatólogo recuerda además un dato que ayuda a entender por qué el océano es tan importante en esta ecuación: el mar absorbe el 90% o más del calor adicional que las actividades humanas han introducido en el sistema Tierra. “El océano es muy particular porque es muy inercial”, dice Quesada. “Es el que nos imprime la tendencia. Eso es lo que debería preocuparnos”. LEA TAMBIÉN Los récords de temperatura marina ya no tardan años en romperse, sino temporadas. Foto:iStockNehimes Castro Castro, profesor del programa de Ingeniería Ambiental de la Universidad de Santander (Udes), coincide en ese diagnóstico. Para él, el récord no es un evento aislado sino la expresión de una tendencia estructural. “Cuando estos récords se mantienen o se superan durante varios años consecutivos, disminuye la probabilidad de que sean consecuencia exclusiva de la variabilidad natural del clima y se fortalece la evidencia de un cambio estructural en el sistema climático global”, afirma.Castro subraya que los océanos son, precisamente por esa capacidad de absorción, uno de los indicadores más sólidos para evaluar el avance del cambio climático. Y advierte que las consecuencias de ese calentamiento acumulado van más allá de la temperatura del agua: favorecen una mayor frecuencia e intensidad de fenómenos climáticos extremos, alteran la circulación oceánica y contribuyen al aumento del nivel del mar por la expansión térmica del agua.Isaac Brito, investigador de Conservación Internacional para el programa Save The Blue Five, aporta una dimensión adicional que suele pasar desapercibida en el debate público. El calentamiento, dice, ya no se limita a la superficie del océano. “Los efectos del calentamiento global ya no se limitan a la superficie, sino que también está penetrando capas más profundas del océano. Y esos cambios son mucho más persistentes y difíciles de revertir, incluso si en el futuro logramos enfriar el planeta”.Esa advertencia cambia el alcance del problema. Un océano más caliente en superficie es preocupante. Un océano que acumula calor en sus capas profundas representa una señal de alarma de una magnitud diferente: los efectos pueden persistir durante décadas independientemente de lo que ocurra con las emisiones en los próximos años.El Niño como leña en un fuego que ya ardíaEl episodio de El Niño que acaba de declararse no ocurre en un vacío. Llega después de tres años de anomalías térmicas persistentes en el océano global, sobre una línea base que ya era históricamente alta. Para los tres expertos consultados, entender cómo interactúan el calentamiento provocado por el cambio climático y un fenómeno natural como El Niño es clave para dimensionar lo que viene.Quesada lo explica con una analogía directa: “El cambio climático antrópico es la tendencia de fondo. Es como el fuego que alimenta las altas temperaturas. Y El Niño es como darle leña a ese fuego”. En los años en que se presenta este fenómeno, las temperaturas globales suelen registrar décimas de grado adicionales sobre la tendencia ya creciente. Lo que ocurre ahora es que esa suma se produce sobre un punto de partida más alto que nunca. “Se superpone a una tendencia antrópica estructural de fondo una serie de episodios coyunturales”, explica el climatólogo. “Obviamente se van sumando, y el resultado puede ser mucho más grande”.Castro describe el mismo mecanismo en términos más técnicos pero igualmente precisos: “El cambio climático establece una línea base cada vez más cálida sobre la cual actúan las variaciones naturales del sistema climático. Durante un episodio de El Niño, el Pacífico tropical libera una gran cantidad de calor almacenado hacia la atmósfera, elevando la temperatura media global y modificando los patrones de precipitación y circulación atmosférica. Si ese evento ocurre cuando los océanos ya presentan temperaturas excepcionalmente altas, los impactos pueden ser considerablemente mayores”. En otras palabras, El Niño actúa como un amplificador temporal sobre una tendencia que ya estaba impulsada por las actividades humanas. LEA TAMBIÉN Este año se espera un fenómeno de El Niño por encima de lo normal. Foto:UNGRDBrito, por su parte, pone el acento en el contexto en que ocurre el fenómeno. El Niño siempre ha existido, aclara: es un fenómeno natural que ocurre cuando se debilitan los vientos que normalmente empujan las aguas cálidas del Pacífico hacia el oeste, lo que permite que el calor se acumule en el Pacífico central y oriental. “Lo que ha cambiado es el contexto en que ocurre”, señala.“Hoy estos eventos se desarrollan sobre un océano que ya ha absorbido la mayor parte de los efectos del cambio climático y que, por ende, ya es más cálido”. Esa combinación, advierte, puede amplificar los impactos. Los modelos climáticos y ecológicos coinciden en señalar un desplazamiento de especies, pérdida o transformación de hábitats y cambios estructurales en la productividad de los ecosistemas marinos. “La magnitud exacta de su impacto aún no la sabemos, pero la dirección del cambio está cada vez más clara”, concluye.Los corales, el indicador más urgente y más frágilY en ese escenario crítico, los tres expertos insisten en que el indicador más claro de lo que sucede son los arrecifes de coral. Para Quesada, no hay duda al respecto. “Para mí, realmente lo más urgente, lo más complicado de revertir son los corales”. Y ofrece una cifra que ilustra con precisión la magnitud del problema: en un mundo que se caliente 1,5 °C sobre los niveles preindustriales, quedaría aproximadamente el 20% de los corales del planeta. En un mundo a 2 °C o más, menos del 1%. “Es decir, desaparecen los corales. Es un efecto de umbral bastante característico”, explica. Y añade que los corales funcionan como un termómetro del océano: cuando el agua se calienta demasiado, en cuestión de semanas puede producirse el blanqueamiento y la mortalidad. Un arrecife puede tardar décadas en recuperarse, si es que lo logra.Las consecuencias de esa pérdida van mucho más allá de lo ambiental. “Estos arrecifes pues van dependiendo un montón de peces, de comida. De ellos depende también el trabajo de millones de personas en las costas”, recuerda Quesada. Un arrecife no es decoración: es infraestructura viva de la que dependen ecosistemas enteros y economías costeras.Castro describe el mecanismo con precisión: cuando las temperaturas permanecen elevadas durante semanas, los corales expulsan las algas simbióticas que les proporcionan energía. Si el estrés térmico continúa, los corales mueren. “Los arrecifes pueden tardar décadas en recuperarse, o incluso desaparecer permanentemente si los eventos extremos se repiten con demasiada frecuencia”. Las olas de calor marino también generan efectos inmediatos sobre la biodiversidad en general: alteran la distribución de especies, reducen el oxígeno disuelto en el agua y pueden provocar mortalidades masivas de organismos marinos. LEA TAMBIÉN En cuanto a las pesquerías, Castro advierte que los efectos pueden manifestarse en escalas de meses a pocos años, a medida que las especies se desplazan hacia aguas más frías o profundas. “Esto afecta la seguridad alimentaria, la economía de las comunidades costeras y la sostenibilidad de la pesca. Si el calentamiento continúa, algunas poblaciones podrían no recuperar sus niveles históricos de abundancia”.El récord de temperatura amenaza con acelerar el blanqueamiento y la desaparición de los arrecifes. Foto:GettyCon El Niño apenas iniciando y los modelos apuntando a un episodio de intensidad excepcional, los tres expertos señalan indicadores concretos que permitirán evaluar si lo que está ocurriendo es un fenómeno transitorio o el inicio de un punto de inflexión en el sistema climático global.Para Quesada, el foco debe estar en el Pacífico ecuatorial oriental. “Si vemos que no baja la señal en esta parte del Pacífico ecuatorial oriental, es realmente mala señal, porque vamos incrementando más y más”. El climatólogo también apunta a los corales como termómetro biológico del estado del océano: su evolución en los próximos meses dirá mucho sobre la magnitud real del estrés térmico. Y agrega otro indicador que suele pasar más desapercibido: la mortalidad repentina de peces. “Eso también nos puede indicar lo que está pasando a nivel global”.Castro propone una lista más amplia de variables a monitorear de forma integrada: la temperatura superficial del océano y el contenido de calor en sus capas más profundas, la evolución del fenómeno ENSO, la frecuencia e intensidad de las olas de calor marinas, la extensión del hielo marino en el Ártico y la Antártida, el balance de masa de los glaciares, el nivel medio global del mar y las concentraciones atmosféricas de CO₂ y metano. A ello suma el seguimiento de la circulación meridional de retorno del Atlántico, conocida como AMOC, por su influencia sobre la distribución del calor a escala global.“Se podría considerar que el sistema climático se acerca a un punto de inflexión cuando varios de estos indicadores presentan cambios persistentes, simultáneos y sostenidos durante años, en lugar de responder únicamente a fenómenos naturales de variabilidad climática”, sostiene.Brito, por su parte, pone el acento en los indicadores ecológicos, que a su juicio están subrepresentados en las políticas de conservación marina. Además de la temperatura del océano y las olas de calor, propone monitorear el desplazamiento de especies hacia nuevas regiones, la aparición de especies invasoras donde antes no existían, los cambios en los patrones de migración y las alteraciones en la reproducción y productividad de las poblaciones marinas. LEA TAMBIÉN El océano almacena el 90 % del exceso de calor del planeta. Foto:iStock“Estas son señales directas de cómo está respondiendo la biodiversidad al cambio climático”, señala. “Es el componente que todavía está poco incorporado en las políticas de conservación marina y debería ser fundamental integrarlo para tomar mejores decisiones en las próximas décadas”.El océano que batió su récord el 21 de junio no es el mismo océano de hace tres años. Ni el de hace una década. Y los expertos coinciden en que la velocidad del cambio —más que cualquier cifra puntual— es la señal que no se puede ignorar.EDWIN CAICEDOPeriodista de Medioambiente y Salud@CaicedoUcros Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.