EntrevistaLa escritora argentina Mariana Enríquez habla de su experiencia como lectora y de los retos actualesEnríquez ganó en 2024 el Premio Iberoamericano de Letras José Donoso, y su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas. Foto: Natalia Lezano04.07.2026 10:01 Actualizado: 04.07.2026 10:01

La periodista y escritora argentina Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) habla en esta entrevista sobre las primeras lecturas de su infancia, comparte cómo son sus hábitos de lectura en la actualidad y reflexiona sobre el reto de entusiasmar a los jóvenes de hoy en día para que lean más.Enríquez, quien fue ganadora del Premio Iberoamericano de Letras José Donoso en 2024, sostiene que para entusiasmar a las personas más jóvenes con la lectura se necesitan programas de acceso a la lectura que sean promovidos desde las instituciones estatales, pero cuestiona la falta de financiación para este tipo de proyectos. Ella sentencia: “la cultura en nuestros países cada día parece importar menos”.¿Qué recuerdos tiene de su infancia y de los libros en ella?Mi mamá es médica y mi papá era ingeniero. Eran personas formadas, pero no en literatura. Les gustaba leer y compraban por recomendación. En ese momento, había una colección que se llamaba Club Bruguera, que se vendía en quioscos. Lo que quiero decir es que no eran libros comprados en librerías; era otra forma más popular, una colección inmensa y muy ecléctica. A mí, de chica, me gustaba sobre todo porque los libros eran de diferentes colores. El primero era A sangre fría de Truman Capote, que era rojo. El segundo era una antología de cuentos de Borges, que era amarillo. Estaba El americano impasible de Graham Greene, de un color lavanda... Esa fue mi primera colección de libros. Te hacías de una literatura universal importante con leer esta colección. Al mismo tiempo, mi tío estaba inscrito en un club del libro, y me regalaba los que no le gustaban. Ahí me regaló La historia interminable de Michael Ende. Ese libro se trata de un niño que lee y de la novela que él está leyendo; en un momento logra meterse físicamente dentro de la historia para poder colaborar, y me impactó muchísimo; es una metáfora de lectura impresionante. Las primeras lecturas de mi infancia me llegaron así, no de bibliotecas públicas, no de librerías, no de recomendaciones de gente relacionada con la literatura, sino de esta forma más popular, de libros baratos, a partir de una curaduría en quioscos de revistas o a través del club de lectura de mi tío. ¿Cuáles son hoy sus hábitos de lectura? ¿Subraya los libros? ¿Lee en papel?Los subrayo con lápiz, nunca con esfero, y los guardo cuidadosamente. Siempre tengo el libro y un cuadernito porque siempre tengo que anotar. Todos mis libros tienen huellas, anotaciones. En general, leo en la cama antes de dormir, por las noches. No me da sueño y, si me da, no importa; me parece una buena despedida del día. Para viajar, uso el e-book, pues me gusta viajar ligera, pero prefiero el papel porque uno lo puede doblar, no se apaga, lo puedes subrayar, y una edición linda con tapa es imbatible. De hecho, si me leo uno en digital que me gusta, lo compro en impreso. Y no me gusta escuchar leer, no me gustan los pódcast. Hay algo de escuchar que me desconcentra, admiro a quien puede sostener la atención siete horas. ¿Para su escritura tiene un tipo de lector ideal? No tengo un lector ideal, todos me parecen relevantes. No tengo estándares súper altos en cuanto a que me lean y a escuchar lo que me dicen, cosa que me parece bien; pero en los momentos de los primeros borradores, si se lo muestro a muchos y me dicen todos cosas diferentes, todas me parecen razonables. Entonces, se lo muestro a poca gente cuando ya está más formado, para que la cantidad de opiniones me resulte manejable. Mi mejor amigo lee todo, es un lector muy obsesivo, entonces él ve cosas que yo no. Lo busco cuando ya está el libro terminado y necesito que él me diga si están bien las fechas, cosas así. Un lector que pueda leer como si el libro fuese un motor y lo estuviera arreglando. ¿Hay algún escritor de la historia del que le gustaría ser amiga? De Rimbaud, porque estoy enamorada de él desde que soy adolescente. Además, para preguntarle por qué no quiso escribir más, qué pasó, por qué decidió hacer de traficante de armas en África. Me parece el misterio literario más impactante, más allá de que sea escritor, de él posiblemente. Si pudiera escribir un libro con otro escritor, ¿con quién lo haría? Con Carson McCullers. Ella tiene un entendimiento tan profundo de los personajes que me maravilla. Probablemente haya sido bastante insoportable ella en ese sentido, porque hay algo muy riguroso en la escritura, y aunque parece absolutamente libre cuando una la lee, no lo es. Para mí, tiene de los personajes más tridimensionales que he leído; hasta uno que aparece en dos renglones, son todos complejos. Eso es algo difícil de hacer, y es lo que hace que me interese escribir algo juntas. Y, con una escritora contemporánea con la que me gustaría escribir, posiblemente sería con Samanta Schweblin. Me parece que siempre que tenemos conversaciones literarias, que no siempre es el caso porque somos amigas y hablamos de cualquier cosa, son conversaciones muy entusiastas. Me gustaría ver cómo funciona esa complicidad en algo más, aunque lo veo muy difícil por nuestras dos personalidades y por cómo escribimos. En el pasado, ha dicho que es fan de muchas cosas, ¿qué ha aprendido sobre ser fan y cómo podría aplicarse esto a la lectura? Es cada vez más difícil por las condiciones culturales. La gente está probablemente más letrada que nunca, pero la lectura que hace la mayoría no tiene que ver con literatura, sino con lo mucho que se lee en pantallas. Es muy difícil sacar a la gente de esto y me incluyo. Creo que lo que más competencia tiene para sacarme tiempo de lectura a mí es escrolear en redes sociales. Me parece bien que un escritor lo diga, nos pasa a todos. Se abrió esta dimensión, es infinita y es una dimensión de lectura también. Soy docente, ahora estoy en sabático, pero lo fui de periodismo en academia y periodismo narrativo, con lo cual teníamos que leer mucho. Tenía a los chicos de primer año, de 18 y 19 años, y muchos con una enorme dificultad para sostener la atención. Creo que esto solo se soluciona con entusiasmo y ahí está el problema. Hace falta intervención institucional para que la gente se entusiasme. Yo lo pensé mucho y llegué a la conclusión de que es así. Por medio del mercado no va a leer la gente, salvo que le guste. Si tienes Netflix, nadie va a ir a la biblioteca pública. Incluso, es más posible que empiecen a escribir antes que a leer… lo puedes ver en los fanfictions, en donde escriben un final alternativo para una serie... Para mí, una experiencia interesante, desde el mercado, es lo que se hace con la literatura de jóvenes adultos, que no me interesa mucho en contenidos ni en estilo, pero que ha logrado, desde Harry Potter para acá, hacer que haya una fracción de jóvenes que lean mucho. Puede que no sea la literatura más interesante, pero es leer, es un entrenamiento. Leer todos los tomos de Harry Potter es un montón. Todavía hoy hay chicos que empiezan a leer con esto. Pero el apoyo que se requiere después es difícil de dar. El reto, entonces, es entusiasmar a los chicos y luego a la gente más grande con programas de acceso a la lectura que tienen que darse desde las instituciones. Pero estas están desfinanciadas, porque la cultura en nuestros países cada día parece importar menos, y sobre todo si se le compara con problemas de violencia, de acceso a la vivienda, a la alimentación… para mí, una cosa no quita la otra. ¿Cómo mejorar esto? No tengo una respuesta romántica, tengo una respuesta política: las formas de lectura con las que yo empecé, por ejemplo, tenían que ver con una idea de que el libro fuera accesible y barato, que estuviera en lugares donde la gente no necesariamente fuera a buscar libros. Después me enteré de que muchas de estas colecciones tenían subsidios estatales: el Estado ponía dinero en eso porque le interesaba que mi papá fuese y comprara el libro en el quiosco, porque mi papá no iba a ir a una librería, o no tenía tiempo por el trabajo, pero cuando se bajaba del bus, tenía un quiosco al lado. Luego el entusiasmo viene solo, ya después, cuando te enamoras de la lectura. El problema es cómo llegas a ella. Se necesita una ayuda muy determinada, y ese poder solo lo tiene el Estado, y no encuentro ni uno en América Latina que tenga un interés claro sobre esto. Hay una idea muy perniciosa de que la cultura no es necesaria, como que no es de primera necesidad, y yo creo que sí lo es. ¿Cómo le fue como profesora con los jóvenes? ¿Son fáciles de entusiasmar? Creo que los jóvenes hoy son más amables, pero por la hiperoferta que tienen; entre esa, la cultural: les resulta bastante difícil estar perceptivos a la oferta del pasado. Lo que a mí me cuesta darles A sangre fría es de locos. Te dicen: “Ah, pero es un crimen de seis personas en Kansas en los años cincuenta, ¿cómo puede esto estar cerca de mí?” Y cuando trato de explicarles que sí está cerca, todo eso lo ven muy lejos. Me parece que es por la hiperoferta de contenidos que hay; la literatura es lenta, maneja temas lentos, amplios, y ante la inmediatez del presente es muy difícil competir. Hay veces que se vuelve difícil y te enojas con ellos. Pero no es su culpa; uno pertenece a otra cultura. Los dos estamos viviendo en un mismo momento histórico, pero con dos diferentes culturas, y no sé si eso pasó antes tanto. Por ejemplo, los jóvenes en los sesenta estaban viviendo en otra cultura a la de sus padres, pero el cambio no era tan profundo. Básicamente era distinto el pelo, distinta música a la de sus padres en los cuarenta, pero ninguno había nacido con un teléfono y el otro sí. Hoy en día, los jóvenes son más cyborg que yo... Y, así y todo, tengo muchos lectores muy jóvenes. Me doy cuenta de que, cuando se penetra ahí, la literatura es imbatible; el tema es la penetración. (*) Este texto es una versión editada de la nota original, por motivos de espacio.El reto es entusiasmar a los chicos con programas de acceso a la lectura, que tienen que darse desde las instituciones. Pero éstas están desfinanciadas, porque la cultura en nuestros países cada día parece importar menos Sigue toda la información de Cultura en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.