Si el consumo agregado alcanzó un nuevo récord, el mercado de trabajo cuenta una historia bastante menos entusiasta y en esa distancia se explica buena parte de por qué la mejora estadística no se traduce en una sensación de bienestar. Hay un dato que sintetiza la paradoja mejor que ningún otro. En 2025, el producto creció, pero ese crecimiento no vino acompañado de la creación de empleo asalariado privado formal. Fue, en los hechos, el único año reciente en el que la economía se expandió sin que el empleo registrado del sector privado la siguiera, una anomalía que rompe con la relación histórica entre actividad y trabajo.

Los datos del primer trimestre confirman esa desconexión. El empleo formal del sector privado continuó cayendo, con una pérdida de alrededor de 167.000 puestos en la comparación con el mismo período del año anterior. La contracara de esa caída es el avance de la informalidad. El empleo informal ya alcanza al 44,2% de los trabajadores, lo que representa un aumento de 2,2 puntos porcentuales en un año, mientras que la subocupación, es decir la porción de ocupados que trabaja menos horas de las que desearía, trepó al 11,1%. En otras palabras, la ocupación que se genera tiende a ser de peor calidad que la que se pierde, un fenómeno que erosiona la percepción de mejora aun cuando la tasa de empleo se sostenga.