En México no falta valor; lo que sobra es miedo bien repartido. Millones sabemos que el sistema no funciona, que la justicia llega tarde o no llega, que el crimen se mueve como dueño de la calle y que muchas autoridades parecen más preocupadas por la foto que por la vida. Pero el miedo nos tiene separados, como islas: cada quien piensa que si levanta la voz será el único, el imprudente, el que termine pagando la cuenta.De eso me platicó Julián LeBarón en el podcast En Blanco y Negro, una conversación dura, incómoda y necesaria sobre violencia, impunidad y ciudadanía que pueden ver completa en youtube.com/watch?v=vngYTs9Me9E. No fue una charla fácil. Fue de esas que obligan a preguntarse: ¿cuánto tiempo más vamos a vivir como si la tragedia fuera clima nacional, normalizando la situación que vivimos?Julián lo dice desde una historia que duele. En 2009 secuestraron a su hermano de 16 años y pidieron un millón de dólares por él. Ahí una familia no sólo enfrenta delincuentes; enfrenta una decisión moral que parte el alma: pagar para intentar salvar a un hijo, o no pagar porque eso alimenta la industria que convierte la vida humana en mercancía. La comunidad decidió no pagar y en vez de quedarse encerrada esperando el milagro, se hizo visible. Rodearon el Palacio de Gobierno de Chihuahua y le dijeron al gobernador, en palabras más, palabras menos: este problema es tuyo: Y el muchacho fue liberado.Ese episodio deja una lección que México debería tatuarse en la memoria: la ciudadanía no siempre está condenada a suplicar. Cuando se organiza, cuando se vuelve visible, cuando deja de pedir permiso para existir, puede obligar al poder a moverse. Millones han salido a las calles a festejar a la selección mexicana en este Mundial de Fútbol, si una cantidad similar exigiera resultados, tendríamos un mejor país ¿Y si, sí?El problema es que casi siempre se limita la participación ciudadana a votar cada tres o seis años, en algunos casos a participar en causas sociales, pero no hay una exigencia mayor. Esto sirve a percibir a autoridades como si el voto fuera un cheque en blanco para dar resultados demasiado pobres.Votar importa, claro que importa. Pero votar no puede significar entregar seis años de silencio. Porque ahí está el fondo del asunto: la impunidad convirtió la justicia en una burla. Las víctimas tienen que pedir cuentas a las mismas instituciones que fallaron, que fueron incapaces o que, en el peor de los casos, estuvieron coludidas.Julián mencionó un dato brutal: en Chihuahua, la impunidad en homicidios supera el 98%. Esa cifra no es estadística fría; es una señal de alarma. Terminar con la vida de alguien se vuelve demasiado barato, y cuando eso sucede, la vida de todos baja de precio.También dijo una frase que debería perseguirnos: la violencia ya es parte de la fibra de nuestro país. No habla de hechos aislados, sino de una costumbre enferma. Nos hemos acostumbrado a convivir con fosas, expedientes, madres buscadoras, retenes, pueblos vacíos, negocios extorsionados y políticos que prometen justicia como quien promete dieta el lunes: con mucha solemnidad y poca consecuencia.Pero el crimen organizado no sólo vive de armas. Vive de oscuridad. Vive de silencio. Vive de que el vecino no diga nada, de que el funcionario finja demencia, de que el ciudadano honrado piense: “mejor no me meto”. Por eso balconear la mentira no es chisme; puede ser defensa social. Documentar, señalar, organizarse y no participar en el engaño también es una forma de resistencia. Como recordaba Julián citando a Solzhenitsyn, el deber del hombre honrado es negarse a participar en la mentira.Y aquí está la oportunidad histórica: dejar de tratarnos como súbditos. Las instituciones no existen para administrarnos el miedo, existen para servir a la gente honrada. Si no hace eso, no puede pedir obediencia como si fuera religión.México no está condenado. Tiene una sociedad trabajadora, noble, alegre, capaz de levantar casas, empresas, familias y comunidades aun cuando el piso tiembla. Pero esa nobleza necesita organizarse. La gente buena no puede seguir dispersa, escondida, esperando que el cochinero se limpie solo. Si el miedo nos atomiza, la respuesta es encontrarnos. Si el crimen necesita oscuridad, la respuesta es prender la luz. Y si el poder abandona a las víctimas, la respuesta no puede ser resignarnos: tiene que ser volvernos visibles hasta que a nadie le convenga seguir ignorándonos.Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.