Andrés es el único que ha conseguido despertarme una sonrisa. Murciano que, en un paseo por Sevilla, se encontró un Sorolla por la calle, se lo llevó “porque me gustó el marco”, averiguó mediante IA “que era bueno y valía un pastizal” y no dudó ni un segundo en llamar a la policía para devolverlo. La foto que acompaña la noticia, desde la camiseta fosforita con palmeras que viste hasta la expresión facial que transmite, te reconcilia brevemente con un panorama que es, por lo demás, desolador.Tras semanas de disolvente democrático por las noticias de corrupción que afectan al partido de gobierno, la guinda ha sido oír a Feijóo acusar al Gobierno de “fabricar votantes” a través de la llamada ley de nietos , cayendo en el modus operandi de todo populista: cuestionar el sistema electoral y olvidando que la oposición tiene una función democrática esencial. SPENCER PLATT / AFPNo hay conversación que tenga últimamente en la que no se haga evidente el desasosiego por la situación. Dirigentes políticos diciendo en privado que hay que romper el monopolio de representación de los partidos, porque “con estos mimbres no saldremos adelante”; personas bienintencionadas que reclaman una tecnocracia para “que nos gobierne alguien que sepa, preparado”; nostalgia por los políticos de antes o, en general, un reclamo de sustitución de mediocridad por talento, de estómago por cabeza, de trincheras por acuerdos, de resistencia por futuro, de mezquindad por grandeza.Y, créanme, no es que no empatice con estas demandas que se repiten una y otra vez, hable con quien hable, ni es tampoco que no crea en la función imprescindible que tiene el liderazgo en nuestro devenir colectivo; lo que me pasa es que tengo muchas dudas de que este sea el problema primigenio, el que está en el origen de nuestros males. Dudo sobre el talento curricular traspasado a la política. ¿Alguien cree que todo un señor astronauta fue un gran ministro? ¿Alguien cree que Pizarro ganó el debate a Solbes? Dudo sobre el talento “de los que sí han tenido una trayectoria en el sector privado”, porque no puedo evitar que Berlusconi o Trump me vengan a la cabeza. Tengo, insisto, muchas dudas de que el problema sea meramente un tema de talento; como decía Ortega y Gasset en un dardo dedicado a Madariaga, “se puede ser tonto en cinco idiomas”.La gran pregunta por responder para tratar de contener las pulsiones antipolíticas que, comprensiblemente, abundan por doquier es si nuestros políticos son causa o son consecuencia. Y aunque me sé en minoría, creo que hay mucho de lo segundo.Hay que definir cuál es el nuevo pacto entre capital y trabajo en el capitalismo digitalEn su magnífica Historia del siglo XX, Hobsbawm hablaba de un siglo XX corto, que empezó en 1914 con el estallido de la Primera Guerra Mundial y terminó en 1991 con la disolución de la Unión Soviética. Con la misma lógica, podríamos afirmar que el 2008 fue el año cero del siglo XXI, el año en que el mundo que conocíamos se rompió por varios sitios a la vez, y 18 años después, seguimos recogiendo los pedazos sin saber muy bien cómo encajarlos. Lehman Brothers, el surgimiento de Occupy Wall Street y, al otro lado, el Tea Party, el primer iPhone, la operación Plomo Fundido en Gaza, la invasión rusa de Georgia y las Olimpiadas de Pekín. El origen de las fracturas que hoy amenazan la estabilidad del (des)orden mundial: la crisis del binomio capitalismo-prosperidad, democracia-centralidad, el poder sin límite de los tecnobros, el ahogo de las clases medias, los conflictos bélicos en Oriente Medio y con Rusia y la pugna China-EE.UU.Y es aquí donde la historia nos ofrece un espejo incómodo. Dieciséis fueron los años que tardamos en saldar la crisis del 29. Después de una guerra devastadora y traumática, se construyó en 1945 un nuevo orden de instituciones imperfectas, sí, pero funcionales, para asegurar que el sistema protegiera a las personas y no al revés.Y esa debería ser la obsesión hoy: evitar el trauma y, a la vez, construir. Obsesionarse por definir cuál es el nuevo pacto entre capital y trabajo en el capitalismo digital, diseñar nuevas instituciones, reformar muchos de nuestros procesos democráticos. Menos hibris. Más política. Más reformas. Mejores instituciones.¿Tenemos que cambiar a nuestros políticos? No les digo que no. Yo también estoy harta. Pero la solución tiene que ver más con la política que con los políticos. Llevamos desde el 2008 agitados y sin rumbo.
2008, año cero, por Rocío Martínez-Sampere
Andrés es el único que ha conseguido despertarme una sonrisa. Murciano que, en un paseo por Sevilla, se encontró un Sorolla por la calle, se lo llevó “porque me gustó el marco”, averiguó mediante IA “que era bueno y valía un pastizal” y no dudó ni un segundo en llamar a la...











