Florentino Pérez digirió regular las recientes elecciones a la presidencia del Real Madrid. Porque, pese a que ganó con el 65% de los votos, los socios descubrieron, gracias a sus atribuladas apariciones mediáticas, quién es de verdad y cómo está de verdad, a sus casi 80 años, el hombre que dirige el club más laureado del mundo. Pero algunos acólitos del presidente reconocen con la boca pequeña, para no molestar al césar, que la aparición de Enrique Riquelme le ha sentado bien a la entidad y al propio Florentino. Que el hecho de haber tenido elecciones por primera vez en veinte años, de haber aparecido una alternativa real al reinado del ingeniero, ha generado una reacción en el presidente, ensimismado desde hace años por Anas Laghrari, su hombre en la sombra, el banquero que se ha forrado con el propio Madrid y con el Barça, al que rescató. Su reacción ha sido delegar. Primero, en José Mourinho, al que fichó por capricho, con el pago de 15 millones para rescatarlo del Benfica, pero al que ha dado el mando total para componer un equipo al gusto del entrenador portugués. Nada de estrellas ni de experimentos con futuras promesas, tipo Mastantuono. Solo gregarios, como Dumfries, Konaté o Cucurella. Gente bregada, con experiencia en Champions, de rendimiento inmediato para competir con el eterno rival desde la primera jornada. Para que, cuando llegue el momento de que Florentino Pérez vuelva a ponerse delante de los socios, en la asamblea de finales de noviembre, el Madrid vaya por delante del Barça. Lo mismo ha hecho en el baloncesto, donde ha recuperado a Juan Carlos Sánchez, el director general de la sección al que apartó hace un año. Sánchez, constructor de uno de los equipos más exitosos de Europa, ha vuelto a tomar las riendas del basket en detrimento de Carlos Ocaña, directivo de segundo rango del Madrid, premiado por socialista, el chico colocado por Pedro Sánchez en Telefónica en representación del Gobierno, con un conocimiento mejorable del deporte de la canasta. Y lo primero que ha hecho Juan Carlos ha sido, tras un año en blanco, destituir al entrenador, Sergio Scariolo, traído por Florentino, incluso teniendo que pagar una indemnización estimada en cinco años. Y, en todo esto, Anas ha pintado poco. Como tampoco en el último cónclave que Florentino mantuvo días atrás en Zalacaín, su restaurante de lujo preferido, con José Ángel Sánchez, el director general del club, y Manuel Redondo, su jefe de gabinete, un capataz fiel, dispuesto a casi todo por defender al presidente. No es que el casi octogenario ingeniero haya perdido toda su confianza en su banquero, sin cargo oficial en el club. Para nada. Pero su reacción a la irrupción de Riquelme incluye que su ahijado tenga un contrapoder, que no campe por el club a su antojo, metiéndolo en proyectos que han acabado en fracaso —la Superliga, la obra del Bernabéu, la NBA Europea— y que han enfrentado a la institución con LaLiga, la UEFA, la Federación y hasta con los vecinos, muchos de ellos socios del Madrid. TE PUEDE INTERESAR Los dos Sánchez, José Ángel y Juan Carlos, vuelven a tener capacidad de decisión, como Donato González, el banquero al que Anas considera su enemigo, nuevo miembro de su junta directiva, influencia en Florentino. Y, entre unos y otros, ya le han convencido de que lanzar el referéndum para la venta de hasta un 10% del club es hoy en día un riesgo muy alto. Podría perderlo si necesita mayoría reforzada. Sobre todo porque los casi 12.000 socios que apoyaron a Riquelme en las recientes elecciones se han interpretado como un voto de castigo a la gestión del hombre que, siendo el presidente del club más rico del mundo, como él pregona con su ranking de Forbes, se ha visto sobrepasado por un Barça con acné y tieso en lo económico. Florentino necesita tirar de una palanca financiera para equilibrar las cuentas del club. Unos 500 millones para cubrir el sobrecoste del estadio. Y sigue empeñado en vender un trozo, previa consulta a los aficionados, para que haya luz y taquígrafos. Pero le han explicado que ahora no toca. Primero, por el ambiente. Segundo, porque, después de casi tres años, no han conseguido la fórmula para que, como dijo en la última campaña, los socios sean los dueños del club. Sus asesores jurídicos le han dicho que es literalmente imposible porque el Madrid es una entidad sin ánimo de lucro, por lo que nadie puede recibir acciones o participaciones de una sociedad mercantil de la institución, como había planteado Anas, que aseguraba que cada socio recibiría al menos 100.000 euros por ese privilegio. TE PUEDE INTERESAR Según le han propuesto los nuevos, a los que cada vez escucha más, la vía más fácil, como se hizo con Real Madrid Estadio, la filial que explota el Bernabéu, en manos de Sixth Street, es crear una sociedad, de la que se vendería un trozo a un multimillonario o una empresa tecnológica. Se les está pidiendo 500 kilos por asociarse con el club, por vincular su imagen, por hacerse un selfie, sin esperar dividendo alguno. Y lo bueno para el Madrid es que, según dicen, hay cola pese a que el dinero tonto o 'dumb money' hace tiempo que desapreció. Florentino Pérez digirió regular las recientes elecciones a la presidencia del Real Madrid. Porque, pese a que ganó con el 65% de los votos, los socios descubrieron, gracias a sus atribuladas apariciones mediáticas, quién es de verdad y cómo está de verdad, a sus casi 80 años, el hombre que dirige el club más laureado del mundo. Pero algunos acólitos del presidente reconocen con la boca pequeña, para no molestar al césar, que la aparición de Enrique Riquelme le ha sentado bien a la entidad y al propio Florentino. Que el hecho de haber tenido elecciones por primera vez en veinte años, de haber aparecido una alternativa real al reinado del ingeniero, ha generado una reacción en el presidente, ensimismado desde hace años por Anas Laghrari, su hombre en la sombra, el banquero que se ha forrado con el propio Madrid y con el Barça, al que rescató.
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