Axel Kicillof repite hace días la misma consigna a su tropa: no responder a los dardos que se intensificaron en las últimas semanas provenientes de los dirigentes que suelen responder a Cristina Kirchner. El gobernador bonaerense parece sacado de la escena más repetida de Peaky Blinders entre las conversaciones de sus fanáticos: la de la boda de Tommy Shelby, cuando junta a toda la familia en la cocina, minutos antes de la ceremonia, y les baja la orden uno por uno. Nada de peleas con los invitados, nada de problemas con la familia de la novia: alcanza con sostener una copa y sonreír. Por eso, en el último cruce de la Legislatura, los kicillofistas no respondieron y Verónica Magario, como autoridad del Senado, esquivó al máximo las chicanas que lanzaron Sergio Berni y Mario Ishii. El exintendente de José C. Paz había pedido el tratamiento de dos proyectos propios –emergencia alimentaria y sanitaria– y, ante la negativa, cuestionó al gobernador por no recorrer el Conurbano. Sergio Berni salió en su defensa y le recordó a Magario que tanto ella como Kicillof llegaron a sus cargos gracias al aval de Cristina Kirchner. Magario cortó el micrófono a los dos. Ningún senador del MDF pidió la palabra. En La Plata leen los dardos como una regla de supervivencia ajena. Si del otro lado no tienen la pelea con Kicillof, al kirchnerismo se le hace difícil sobresalir: necesitan dar esa batalla para demostrar poder público, aunque sea poder de daño.