"Hola señor Idelmo, le contacto por un tema familiar, si puede, dígame si lo puedo llamar". Estas fueron las primeras palabras que Carlos Ramírez intercambió con su padre. Habían pasado 41 años desde su nacimiento y hablaban por WhatsApp a 7.000 kilómetros de distancia. Uno, en un pequeño pueblo de Guipúzcoa, el otro, en el estado de Zulia, en el Caribe venezolano.Su padre, que entonces no podía sospechar que estaba hablando con un hijo que nunca había conocido, tardó tres largas horas en leer el mensaje y decidió directamente realizar una llamada. Tras una confusa conversación, Carlos optó por ir directo al grano antes de que la persona al otro lado del teléfono acabara por colgar pensando que se trataba de una estafa o de una broma.Le dijo: "Mire, yo no le voy a hacer perder el tiempo, yo le voy a hacer unas preguntas y si usted pues le parece bien me responde y ya está. ¿Usted en el año 1983 tenía 20 años y tuvo una relación sentimental con una señora colombiana de unos 35 o 36, la cual se quedó embarazada y dio a luz en El Vigía?". Pasaron tres segundos de silencio y la voz al otro lado del teléfono respondió con una sola palabra: "Sí". Carlos Ramírez había encontrado a su padre. El largo viaje de Carlos que había culminado con esa llamada empezó 29 años antes. Vivía entonces junto con su madre en el municipio venezolano de San Cristóbal, a 57 km de la frontera colombiana, y tenía 12 años. En una discusión que se tornó acalorada, su madre reveló un secreto que había guardado desde siempre y que liberó impulsada como por un arrebato: Carlos había sido entregado en adopción inmediatamente después del parto de su madre biológica."En ese momento para mí fue una cosa terrible, un niño de 12 años no entiende eso y piensa cosas inmaduras como que me regalaron, no me quisieron, esta no es mi familia… mi realidad cambió, se distorsionó", declara Carlos a través de una videollamada. De niño se había criado en solitario con su madre adoptiva que había perdido a su marido -el que pensaba que era su padre- en un accidente de coche poco antes de su nacimiento. "Cuatro años después, mi mamá enferma de un cáncer y muere. Ese golpe me hizo olvidar que era adoptado, porque eso era algo que me carcomía, un dolor que yo tenía dentro y que me hizo sufrir bastante".De sus padres biológicos apenas logró obtener información a través de su tía, la hermana de su madre adoptiva. En el momento de su nacimiento, su tía trabajaba como médico en el hospital de la localidad de El Vigía. Allí había pactado la adopción sin mediar ningún pago económico con una mujer colombiana de 36 años, Rosa, que no podía hacerse cargo del bebé y que trabajó como criada en la casa familiar de su padre, con el que había tenido una breve relación en secreto de la que él había sido fruto. De su progenitor apenas logró una vaga referencia: era entonces un joven estudiante de medicina del estado venezolano de Zulia. Un pequeño hilo del que tirar que no conducía a ningún sitio.La vida de Carlos fue entonces la de tantos otros jóvenes latinoamericanos de su generación que abandonaron su país en busca de una vida mejor. Tras pasar por México, llegó a España en 2006 y acabó instalándose en Urnieta, Guipúzcoa, donde se casó y tuvo un hijo. La búsqueda de sus padres biológicos siguió siempre en su mente. Puso algún anuncio en internet, recuerda, pero sin ningún éxito. Una prueba de ADNEl verano pasado, a instancias de una amiga, decidió probar una nueva fórmula impensable apenas unos años atrás. Compró un test de ADN de la empresa MyHeritage. Estos kits, que ofrecen varias empresas de las que MyHeritage es probablemente la más conocida, por unos precios que oscilan entre los 30 y 120 euros, se han vuelto cada vez más populares en los últimos tres años -las ventas de esta empresa en España han crecido un 55% desde 2022-.Los tests ofrecen principalmente la posibilidad de rastrear los orígenes étnicos de los clientes que deciden aportar una muestra de saliva. Pero gracias a los millones de personas que ya han aportado sus datos genéticos a estas alturas en todo el planeta -9,6 millones en el caso de MyHeritage-, los tests también permiten, si el cliente así lo desea, desvelar la ubicación de otras personas con los que comparten ADN, es decir, familiares en algún grado de consanguinidad.La prueba de ADN, en su caso, arrojó el resultado de dos familiares, uno en las islas Canarias, Pedro, y otra mujer, Elvia, residente en Estados Unidos. Ambos tenían orígenes en la provincia de Zulia, Venezuela. Tenían que ser, por tanto, familiares de su padre biológico.Carlos decidió comenzar a investigar por Pedro, al que consiguió localizar en Facebook solo para descubrir que el hombre acababa de fallecer apenas un mes antes. Sin caer en el desánimo, se puso en contacto con una nieta, que a su vez le permitió hablar con la viuda del fallecido.Esta, a su vez, con un hermano de Pedro que vivía en Venezuela y este con un primo que era efectivamente médico, que nunca contestó. Nadie, en cualquier caso, tenía ni idea de quién podía ser aquel estudiante de medicina que en 1983 había dejado embarazada a su madre biológica. Cerrada esta vía, Carlos contacto con Elvia, la otra familiar que había destapado el test de ADN. Esta mujer se mostró muy receptiva, pero, una vez más, no pudo determinar quién podría ser ese primo suyo que era su padre."Llegó un momento que me bloqueé, me bloqueé, o sea, en medio de sentimientos, en medio de que no podía avanzar, de que me encontraba muros todo el día, todo el día era bloqueo, bloqueo, bloqueo, no iba a ningún lado. Era como si estuviese dando vueltas en un círculo y decía: 'Estoy pero no estoy'", recuerda Carlos. "Mi esposa me notaba que yo me iba y me sentaba en el ordenador y luego me levantaba malhumorado. Mi actitud era cambiante y me dijo: 'Mira, para, no puedes estar así porque veo que estás en un círculo que no nos conviene, te noto ansioso'. Y yo dije: 'Vale, listo, vamos a parar'".A mediados del pasado mes de noviembre Carlos cumplió 42 años y la celebración le devolvió a la mente esa búsqueda de toda una vida que había dejado temporalmente aparcada. Volvió a contactar con la viuda de Pedro, su familiar que había vivido en Canarias, y, de pronto, el nudo se deshizo. La mujer había accedido al teléfono de su difunto marido para consultar la agenda en busca de "primos". Había encontrado un número que le pasó a Carlos. Primo Idelmo. Tras mirar la imagen de Whatsapp del contacto, de pronto Carlos vio cierto parecido y se animó a escribirle: "Hola señor Idelmo, le contacto por un tema familiar, si puede, dígame si lo puedo llamar". La espera de IdelmoMientras vivía en casa de su prima en la ciudad de Maracaibo, en las tórridas tardes del Caribe venezolano, el joven Idelmo Medina, un estudiante de metalurgia y siderurgia de 20 años, puso sus ojos en la criada de la casa. Digna tenía entonces 36 años, era colombiana y había empezado a trabajar para la familia hacía poco tiempo tras cruzar la frontera entre ambos países. La atracción resultó ser mutua y comenzó entre ellos un romance secreto. Una noche, tras un encuentro sexual, Digna le dijo a Idelmo que acaba de quedarse embarazada."Yo le dije que eso no era posible saberlo a estas alturas y no la creí", recuerda Idelmo por videollamada 42 años después, con 63 años de edad. Poco después de aquello el curso académico terminó e Idelmo se fue de vacaciones. A su vuelta, Digna había dejado la casa admitiendo que estaba embarazada, pero inventando una historia de una violación de un guardia de la frontera. Idelmo no volvió a verla en su vida. Era 1983 y en noviembre de ese año, Digna daría luz a Carlos en el hospital de El Vigía."Yo estuve buscando información, pero no podía hablar porque estaba en una negativa ahí ante la familia y era una cuestión de que era un acto indecente que yo hubiese embarazado a esta mujer, la señora, en la casa que no era mi casa", declara Idelmo, un ingeniero petroquímico ya jubilado desde su vivienda en Los Puertos de Altagracia, frente a la ciudad de Maracaibo. "Sin embargo, estuve investigando y me dijeron que ella había dado a luz por el mes de diciembre y que había dado a luz una niña. Como ya todos vemos, no fue una niña". La vida de Idelmo transcurrió en Venezuela, donde desarrolló una carrera profesional en la pujante industria petrolera del país sudamericano. Se casó y tuvo cinco hijos. Sí trató, según asegura, de investigar el paradero de esa supuesta hija que tenía. Preguntó a los hijos de su prima, la dueña de aquella vivienda en la que había residido como estudiante y que ya había fallecido, pero todo fue en vano. La respuesta era siempre la misma: "La mujer desapareció de acá del pueblo, no la hemos visto más". Idelmo, que es pastor de una iglesia evangélica, rezó durante décadas para poder saber algo de su hija. "Yo le oraba a Dios porque no tenía otro recurso. En aquel tiempo no tenía las redes sociales que tenemos ahora. En el mes de octubre del año pasado, yo sentí un algo tan bonito, que eran horas de la madrugada cuando yo le oré a mi Dios, a mi Cristo Jesús y le pedí que si había nacido en verdad y que si era mía, yo la quería conocer. Y mi sorpresa fue que me contactó un hombre", recuerda Idelmo. "Cuando vi que era código de España, yo pensé que de repente era un engaño, era una trampa. El mensaje decía: 'Hola señor Idelmo, le contacto por un tema familiar, si puede, dígame si lo puedo llamar'".​Una llamada hasta la madrugadaHabían pasado 41 años desde el nacimiento de Carlos y 29 desde que este supo que era adoptado y las vidas del padre y el hijo se acababan de juntar por fin, aunque fuera de manera virtual. El relato de ambos sobre aquella conversación es sorprendentemente coincidente, casi palabra por palabra, como si el momento se hubiera quedado grabado en el recuerdo de los dos de la misma manera.Cuando Idelmo respondió con un escueto "sí" a la pregunta de Carlos, este tardó unos segundos en aceptar que su búsqueda había por fin llegado a la meta. "¿Pero tú no me estás tomando el pelo, no?", le preguntó el hijo y el padre lo negó. Hubo un silencio. "¿Estás ahí?", preguntó Carlos. "Sí, aquí estoy. Pero ¿Qué me quieres decir con eso?", le contestó Idelmo, aún sin terminar de entender o sin terminar de creer que estaba hablando con su hijo. "Hay muchas posibilidades de que tú seas mi padre", le dijo Carlos e Idelmo le propuso realizar una videollamada en ese mismo instante."Cuando yo le vi la cara, yo quedé sin palabras", recuerda Idelmo. "Yo le vi el rostro. Que empezó a pasarme fotos, cuando niño. Yo le dije: 'Ese soy yo cuando niño'. En ese instante se me metió en el corazón".Aquella primera conversación duró unas dos horas, extendiéndose hasta bien entrada la madrugada en España. En un momento dado Idelmo invitó también a la conversación a una de sus hijas, que vivía en Estados Unidos. Ella fue la primera que pudo certificar con otro test de ADN -MyHeritage no opera en Venezuela- que todos eran familiares de primer grado. Otro nuevo test en enero de este año terminó por confirmar que Idelmo y Carlos eran, en efecto, padre e hijo. Reconstruyendo una vida por videollamadasDurante estos meses, ambos han estado en contacto de manera cotidiana a través de videollamadas. Han tenido la ocasión de ir conociéndose y de unificar la historia que ambos habían construido por separado sobre su vida. Carlos supo que Idelmo no era estudiante de medicina, sino de metalurgia y siderurgia cuando conoció a su madre. Que esta no se llamaba Rosa, sino Digna -¿quizás Digna Rosa?-. E Idelmo supo que el fruto de la relación entre ambos no había sido una niña, sino un niño."Ha sido increíble, increíble, increíble. Yo no me imaginaba nunca en la vida encontrar a mi padre, o sea, yo esperaba igual encontrar a mi mamá, pero de ella no ha habido ni rastro hasta ahora", declara Carlos, que tiene esperanzas de que la publicación de su historia sirva para poder dar con su madre y celebra la buena conexión que ha tenido con Idelmo. "Siempre pensé en que quizás si encontraba a alguien, igual iba a ser alguien que me dijera que no, que estaba equivocado o alguien que no me quisiera recibir y he contado con la suerte de encontrarme con una persona bastante buena y humilde y de buenos sentimientos, que tiene una familia superhermosa, que me ha aceptado, que me ha abierto la puerta, y que quiere que se dé un reencuentro y es lo que va a hacer".El encuentro físico entre ambos estaba previsto para este próximo lunes, pero los terremotos en Venezuela del 27 de junio y la consiguiente cancelación de numerosos vuelos han obligado a posponer el encuentro, en el que 20minutos estará presente cuando tenga lugar.Para Idelmo, es tiempo de recuperar el derecho a ser el padre de un hijo con el que se considera en deuda por no haberse podido hacer cargo durante 41 largos años. "Desde el día que hablamos yo no dormía. Yo me enfermé, yo me entristecí, por no decir que caí en depresión, en angustia. Me sentía culpable, me sentía, no quería comer, hubo momentos que yo no quería sino aislarme, huir, estar solo y el día que Carlos no me llamaba me sentía mal. Necesitaba conversar con él, necesitaba decirle que era mi hijo", declara Idelmo, que cuenta los días para poder venir a España a conocer a Carlos en persona. "Hay muchas cosas que contar. Tengo muchas cosas que hablar con él y, bueno, volverle a decir en persona que me perdone. Yo soy su padre, aunque no me lo he ganado. Si me lo gano será un regalo de él".¿Quieres contarnos algo? Este es tu buzónSi quieres contactar con 20minutos, realizar alguna denuncia o tienes alguna historia que quieres que contemos, escribe a pablo.rodero@20minutos.es. También puedes suscribirte a las newsletters de 20minutos para recibir cada día las noticias más destacadas o la edición impresa.