Los cerdos no tienen la misma densidad de glándulas sudoríparas que los humanos. Sudan mucho menos. Por este motivo, estos animales tienden a lanzarse a charcos o a cualquier agua estancada para bajar la temperatura de su cuerpo. Este hecho, explicaba el antropólogo Marvin Harris en Vacas, cerdos, guerras y brujas: los enigmas de la cultura (1974), justifica el veto al consumo de cerdo en Oriente Medio, heredado por el islam y el judaísmo. Si el cerdo infectaba el agua al revolcarse en ella, el consumo de agua, un bien escaso en esa zona geográfica, se convertía en un riesgo. Vetar el cerdo significaba proteger el agua. Pero, ¿cómo alejar a los humanos de la tenencia y consumo de un animal con un potencial alimenticio tan grande? A través del tabú y, en última instancia, de la religión.En esta lógica, un estudio publicado esta semana por la revista Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America (PNAS) explica cómo el hombre se alejó del canibalismo. Presente en la naturaleza, está práctica está documentada en la prehistoria o en culturas precolombinas, generalmente vinculada a la guerra o a la carencia de alimentos. Sin embargo, con el inicio de la Historia el veto al canibalismo se reforzó a través de tabúes y conceptos morales.Un hombre neolítico estaba más dispuesto a aceptar como idea una prohibición divina que un principio sanitarioNo obstante, esos tabúes escondían en realidad una protección sanitaria. El estudio, dirigido por Michal Misiak, de la Universidad de Breslavia (Polonia), y Petr Turecek, de la Universidad Carolina de Praga, señala que nuestros ancestros observaron que las infecciones se propagaban con más facilidad consumiendo carne humana que de otra especie. La razón científica es que la zoonosis —la transmisión de un animal a un humano de una enfermedad o infección— requiere de una adaptación al huésped. “Los patógenos, en cambio, lo tienen más fácil cuando terminan en un organismo con la misma fisiología”, explica el estudio de PNAS.No obstante, convencer a un humano antiguo de un principio desconocido que incluso quien lo había observado no sabía explicar resultaba un imposible. De ahí la aparición de tabúes: un hombre del neolítico estaba más dispuesto a aceptar como idea una prohibición divina que un principio sanitario.Lee tambiénDe otra parte, el estudio también se refiere al “sentido práctico” del canibalismo. La facilidad de acceder a la carne humana como fuente de calorías tampoco representaba una ventaja objetiva en comparación con otras especies, como pueden ser los bisontes. Misiak y Turecek lo observan en su estudio: el canibalismo afectó a varias poblaciones primitivas de la época magdaleniense (hace 15.000 años), e incluso ocasionalmente a los neandertales (cuya extinción se remonta a hace entre 30.000 y 40.000 años), pero se mantuvo confinada a períodos de hambruna extrema.El principio fundacional de un límite moral fue poco más que el interés en la propia supervivenciaUn ejemplo vivo en este sentido estaba en el pueblo Fore, un grupo indígena de Papúa Nueva Guinea. Hasta 1950 vivieron aislados practicando el canibalismo funerario: se alimentaban de parientes fallecidos para liberar sus espíritus. Esta práctica derivó en una enfermedad llamada kuru, que se convirtió en epidemia y diezmó a su población: se estima que murieron por esta causa 2.700 individuos de una comunidad que apenas superaba los 11.000.“El tabú del canibalismo ha evolucionado para proteger a la especie”, explica el estudio, que añade: “Las comunidades acostumbradas a comerse a los de su propia especie simplemente no han sobrevivido”. Así, el principio fundacional de un límite moral fue poco más que el interés en la propia supervivencia.Javier Dale Becedóniz (Santander, 1975) es periodista. Tras ser coordinador de contenidos del fin de semana en La Vanguardia (edición digital), fue Jefe de Redacción en Newtral.es y portadista en ABC