Celebramos a Jorge Enrique Adoum. Cien años encierran un enorme valor simbólico, aunque quienes los cumplan no los hayan vivido todos. El centenario constituye el primer siglo de una memoria lo suficientemente viva, como para ponernos a mirar lo que hizo y lo que dejó. Este escritor ecuatoriano –de Ambato– me impele al acto de amor y gratitud que es evocarlo.Fui la primera persona que lo invitó a conversar con un público, allá en 1987, cuando recién había regresado al Ecuador y, luego de tan solo una llamada, se desplazó a Guayaquil para participar en Diálogos con un escritor, un programa que yo llevaba, bajo el auspicio de la Alianza Francesa. Desde entonces, cada presentación que tuve con él fue multitudinaria. Mi ciudad sabía quién era él y lo recibía con enorme interés. ¿Lo leían? Solo por mis alumnos puedo dar testimonio. Cuando Entre Marx y una mujer desnuda (1976) vino a sumarse a la narrativa que respondía a la transformación contemporánea –como hito se pone La Linares de Iván Egüez, que había ganado un año antes el primer Aurelio Espinoza Polit y con escándalo–, la introduje en mi programa de la U. Católica y aprecié el esfuerzo analítico que exigía: había que comprender su juego de estructuras y su múltiple visión crítica que no dejó nada afuera: desde lo individual –intelectuales atados por sus amores fugaces– hasta el gran caos político de quienes asumieron el cambio, insertados en el Partido Comunista y no consiguieron resultados. La tragedia era latinoamericana, pese a que aún Cuba permitía esperanza.El caudal lírico de su obra ya estaba muy en alto: Los cuadernos de la tierra habían dado vuelta al mundo y así insistíamos en publicarlo. Carlos Calderón Chico decidió una publicación del primer tomo de parte de la U. de Guayaquil y me encargó el lanzamiento. De esa noche tengo una foto valiosísima: Paco Tobar, Rodrigo Pesántez, Jorge Enrique y yo en la mesa del Paraninfo guayaquileño. Algunos años después vino El amor desenterrado (1993), una comprensión del amor que traspasa siglos cuando deja huellas arqueológicas, que incluye el poderoso poema “Tras la pólvora, Manuela”, guardado por décadas hasta explotar en el libro que le es más afín: la quiteña amó a un hombre tanto como a la idea de libertad. Cuando se han tenido existencias tan coyunturales, tan engarzadas en las olas de la historia se impone publicar memorias. Valoro su libro De cerca y de memoria (2003), en el cual testimonia interesantes detalles de la vida cultural que le tocó conocer, por ejemplo, no haber alcanzado a José de la Cuadra y publicar sus Obras completas, con brillantes comentarios de cada colección de cuentos y demás piezas. No hay investigación sobre el autor montuvio que prescinda de esos criterios. Adoum tiene un librito poco tomado en cuenta que es un foco de luz sobre textos ligados a la idiosincrasia, prejuicios y deformaciones populares que van a parar a clichés. Se llama Aproccimasión a la paraliteratura (2006) y es gracioso y agudo, muestra de con cuán atentos ojos leyó todo lo que cayó en sus manos. Hay tanto que festejar en este aniversario, que bien vale abrir camino a los próximos cien años. (O)
Cecilia Ansaldo Briones: Que cien años no es nada | Columnistas | Opinión
Hay tanto que festejar en este aniversario, que bien vale abrir camino a los próximos cien años.







