Cada año, la Tierra pierde 273.000 millones de toneladas de hielo, el equivalente a tres piscinas olímpicas derritiéndose cada segundo. Para visibilizar este drama, el ser humano ha comenzado a oficiar melancólicos funerales, como el celebrado en 2019 para despedir al glaciar islandés Okjökull, o la creación de un cementerio simbólico con lápidas talladas en hielo para recordar a los colosos caídos. La tragedia avanza de forma implacable en todo el planeta: la reciente práctica desaparición del glaciar de La Corona, en el pico Humboldt, ha convertido a Venezuela en el primer país de los Andes en quedarse sin una sola de sus cumbres heladas.

Esta pérdida irreparable trasciende los meros datos científicos y nos golpea profundamente a nivel emocional, ya que tendemos a percibir a los glaciares casi como entidades vivas. La investigadora Alejandra Melfo señala la “coincidencia cósmica” que supone que, tras decenas de miles de años de existencia, sea precisamente la actual generación la que deba presenciar el fin de estas nieves eternas. Su reflexión, llena de poesía y desolación frente a un territorio climático inexplorado, sirvió de inspiración para que el músico Jorge Drexler compusiera una canción dedicada a honrar estas heridas y encontrar la manera de despedir a los glaciares.