La conmemoración de los 250 años de la Declaración de Independencia, que se cumplen el sábado, ha llenado las mesas de novedades de Estados Unidos de ensayos sobre aquel periodo, pero pocos traen tantas como Freedom Round the Globe (Libertad en todo el mundo, Doubleday, sin traducción al español). En él, Sarah M. S. Pearsall (Washington, 1972) propone una historia global de la Revolución Estadounidense “más grande que las 13 colonias” que se sublevaron contra el rey Jorge y plasmaron los ideales del nuevo país y la lista de los agravios frente al tirano en un documento, redactado por Thomas Jefferson, que sigue resultando un cuarto de milenio después tan inspirador como lleno de contradicciones. A Pearsall no le interesaba tanto algo de lo que se ha escrito mucho —el impacto global de aquel “disparo que se escuchó en todo el mundo”, en la afortunada frase de Emerson para referirse a la batalla de Concord de 1775—, como la manera en la que “el mundo influyó en la revolución estadounidense”. Así, su historia arranca con la ejecución en 1763 en la actual Detroit de una mujer indígena acusada de asesinato, cuya muerte desencadenó la rebelión de Pontiac, en la que los ojibwe, los potawatomi y los hurón se plantaron ante el brutal imperio. Y se extiende más allá de la batalla de Yorktown de 1781, cuya victoria trajo para los colonos el final de las hostilidades. El resultado es un original libro sobre aquellos años, en el que Jefferson aparece citado solo ocho veces y el 4 de julio de 1776 se resuelve con una elipsis. A cambio, propone un viaje guiado por la resistencia a los británicos por la India, China, Gibraltar, el Caribe y los bosques de la futura Alemania, todas ellas, paradas exóticas para el estadounidense medio, tan poco dado a pensar en la historia de su país como un relato con ramificaciones más allá de sus fronteras La historiadora recibió a Babelia en un despacho de la universidad Johns Hopkins con grandes ventanales y paredes forradas de libros sobre el amanecer de la república un par de días después de la pelea de artes marciales mixtas que Donald Trump organizó en la Casa Blanca y que a ella le hizo “sentir vergüenza”. Pearsall situó la génesis de su ensayo, recibido con muy buenas críticas en Estados Unidos, en un curso que empezó a impartir en 2018, cuando daba clase en Cambridge. “Creía que me ayudaría a hacer un poco más interesante una historia que ya conocía”, dijo. Pero entonces empezó a descubrir “conexiones y eventos asombrosos”, y ese nuevo punto de vista le resultó “demasiado apasionante como para no compartirlo con el mundo”. Pregunta. ¿Ha escrito una refutación del excepcionalismo estadounidense?Respuesta. Ciertos aspectos de mi libro se pueden leer en esa clave. Muchos otros resistieron el imperialismo británico. Me interesaba mirar más allá. Ver cómo ciertos sucesos acaecidos por todo el mundo influyeron en los orígenes y el desarrollo de la Revolución Estadounidense. Eso ayuda a ver con más claridad lo que sucedió en las 13 colonias.P. ¿En qué estado de salud llega la idea de Estados Unidos a su 250° cumpleaños?R. Los principios de la Declaración de Independencia siguen siendo ideales importantes, más allá de quién sea el inquilino de la Casa Blanca. Estados Unidos ha pasado tiempos muy oscuros, incluyendo la Guerra Civil, y salimos adelante. Esperemos que podamos superar este también, porque de lo contrario ¿qué más hay sino desesperación? La fundación es un acto imperfecto: había la esclavitud, se estaba exterminando a los pueblos indígenas. Todo eso está arraigado en el ADN de este país, pero ¿cuál es la alternativa? La libertad puede usarse para muchas cosas, algunas de las cuales no son buenas, como apoderarse de las tierras de los nativos americanos. Es, con todo, y en muchos casos, un principio valioso y que vale la pena. P. Trump ha bautizado la organización tras la conmemoración del aniversario, que ha acabado pareciéndose bastante a un festival MAGA, como Freedom 250. ¿Se ha apropiado la extrema derecha de Estados Unidos de la idea de libertad?R. Al final de la primera presidencia de Trump, este creó la Comisión (y el informe) 1776. Lo hizo como una reacción al Proyecto 1619 [una iniciativa periodística de The New York Times que proponía retrasar el reloj de la fundación al momento de la llegada de los primeros barcos negreros]. Buscaba poner la esclavitud en primer plano de la historia de los Estados Unidos. Es importante que recuperemos la idea de 1776, porque la versión MAGA es mucho menos compleja que la verdad histórica. Nuestro trabajo como historiadores es enfrentarnos a las complejidades de alguien como George Washington, que hizo cosas heroicas pero también terribles. No todo puede ser colocar a los prohombres en un pedestal o derribarlos y hacerlos desaparecer. Ninguna de las dos respuestas es del todo útil. P. ¿Existe entre los historiadores de Estados Unidos la sensación de que ya no es posible llegar a un punto en común?R. Creo que algunas personas se sienten así. Cuando un colega leyó un borrador del manuscrito me dijo: “Ah, pero ¿todavía crees?”. Tal vez pensó que era un poco ingenuo. Me niego a dejarnos llevar por la desesperación. Hay quien piensa que los académicos hemos sido demasiado críticos y cínicos y que es culpa nuestra si la gente nos ve como radicales extremistas. Pero no creo que sea cierto. En clase veo que siempre he visto: los alumnos discuten ideas y aprenden a expresarlas por sí mismos. Creo que eso es lo que se nos da bien a quienes escribimos libros, impartimos cursos o trabajamos con estudiantes. También, que eso es importante.P. ¿Cómo afrontan sus alumnos la Revolución Estadounidense?R. Hay cierto escepticismo por parte de algunos y una resignación cansada respecto a la historia que les contaron en primaria. La perspectiva global que yo les enseño les ayuda ir más allá de la pregunta de si deberíamos ver a los padres fundadores como héroes o como hipócritas. No creo que ninguna de esas posturas sea la correcta.P. ¿Cambió esa actitud tras el asesinato de George Floyd?R. Aquello llevó a muchos a ver las cosas de una manera nueva. Pero otros sucesos también han contribuido a sacudir conciencias. Antes, influyó la elección por primera vez de Trump y, en el Reino Unido, donde yo enseñaba, el Brexit, que sumió en la desesperación a muchos de mis alumnos. P. ¿Alguno de ellos vivía la independencia de Estados Unidos aún como una pérdida para su país?R. No exactamente. Los ingleses son muy buenos en odiarse a sí mismos. P. Los españoles también, tal vez tenga que ver con haber perdido un imperio. ¿Están empezando los estadounidenses a odiarse a sí mismos?R. Creo que se sienten menos optimistas, aunque aún no han empezado del todo con el autodesprecio. ¡Tal vez lleguemos a ese punto algún día!P. La tendencia de mirar la historia con anteojos globales lleva ya unos años instalada, pero solo ahora empieza a verse la Revolución estadounidense desde esa óptica. ¿Es ese retraso un síntoma del ensimismamiento de este país?R. En torno al bicentenario, hubo [en 1976] un florecimiento de los estudios revolucionarios, y parte de esa investigación académica contempló la guerra como un evento con importantes consecuencias internacionales. Pero sobre todo cundieron las visiones sociales, que lo contaban más allá de las élites, desde el punto de vista de las mujeres, las personas esclavizadas o las clase bajas blancas. Nunca se abandonó la miopía que cuenta la revolución como un asunto que solo concierne a las 13 colonias. Después, florecieron las perspectivas atlánticas y, posteriormente, globales, pero por lo que sea, eso no afectó la historiografía de la revolución. Más que ensimismamiento es nacionalismo, pero creo que eso está cambiando. P. ¿Eran los colonos conscientes de estar luchando en una guerra global?R. Estaban al tanto de lo que pasaba en otras partes; por ejemplo, las noticias sobre la hambruna en Bengala y lo que la Compañía Británica de las Indias Orientales estaba haciendo en el sur de Asia salían en los periódicos coloniales, e influyeron en la forma en la que se entendía el comerció del té, que desembocó en el famoso motín de Boston [el Tea Party]. La implicación de Francia y de España también eran muy claras para los colonos en ese momento. El Caribe estaba asimismo muy presente; a John Adams y otros les enfadó el hecho de que las colonias británicas de las Indias Occidentales no fueran más solidarias. Y en 1775, el Congreso Continental todavía está escribiendo a Jamaica para pedir apoyo. También a Irlanda. P. Muchos estadounidenses que celebran el 4 de julio con perritos calientes y fuegos artificiales tienden a ver lo que se conmemora como un brillante hecho aislado, cuando fue un capítulo en una guerra fundamentalmente civil. En el libro también la define como “imperial, colonial y global”. ¿Fue la primera que juntó todas esas características?R. Es difícil encontrar un equivalente. Hay aspectos de algunas de esas guerras en conflictos anteriores. Por ejemplo, la revolución del siglo XVII en Inglaterra, en la que varios reinos en Escocia e Irlanda batallaron, pero no fue una guerra mundial. Algunos de mis compatriotas pueden admitir que la revolución estadounidense fue una guerra civil, pero muy pocos son conscientes realmente de su aspecto global. Lo que convirtió una rebelión colonial, esa sí, con precedentes, en otra cosa es la Declaración de Independencia, en la que Jefferson y otros recurren a principios universales para dejar claro que no se trataba solo de plantar cara a los impuestos o de rebelarse contra la metrópoli, sino de cambiar el mundo y de embarcar a los franceses y, en menor medida, a los españoles.P. Las potencias europeas no estaban tan interesadas en los ideales como en luchar contra Inglaterra...R. Sí. ¿Por qué el antiguo régimen de Francia apoyaría a estos pequeños rebeldes de las colonias sino en virtud de un odio mutuo hacia Gran Bretaña?P. En su ensayo, uno de los capítulos más sorprendentes lo dedica al Gran Asedio de Gibraltar (1779-1783)…R. Ya entonces [el peñón] era una espina clavada para España, que ofreció a los ingleses neutralidad en la etapa inicial de la Revolución Estadounidense a cambio de esa devolución; debieron aceptar ese ofrecimiento. La obsesión por recuperarlo inspira gran parte de las acciones de los españoles durante la guerra. El sitio de Gibraltar es la batalla más larga de la Guerra de Independencia de Estados Unidos. ¿Quién lo iba a pensar? La entente franco-española puso mucho en ese asedio.P. En el libro cruza cada uno de los capítulos históricos con palabras empleadas en la Declaración y un concepto… En Gibraltar, la palabra es “vida”...R. Buena parte de la ansiedad de la batalla se centró en el número de tropas de las que los ingleses disponían para defenderla, lo que me llevó a indagar en consideraciones demográficas, en un momento en el que los franceses superan con creces a los británicos y las colonias americanas están ganando habitantes rápidamente. Me dio pie a pensar en la vida como un asunto político y en el papel de las mujeres a la hora de mantener estas cifras de población y, por tanto, ese poder militar. El lector puede o no estar de acuerdo con esas conexiones, pero para mí tenían sentido.P. Usted argumenta que la Guerra de la Independencia no terminó en 1781 en Yorktown, entonces ¿dónde y cuándo llegó a su fin?R. Hubo coletazos todavía, como la Batalla de los Santos de 1782 en el Caribe. La prioridad de la corona no eran las 13 colonias, sino Jamaica y los centros azucareros. Entre los ingleses había la sensación de que podían deshacerse de las posesiones continentales [en Estados Unidos] y que el Imperio Británico no resultaría tan dañado. La Revolución Estadounidense no destruyó el imperio, porque resurgió con más fuerza: se mantuvo en el Caribe y, por supuesto, en la India.P. En el capítulo de la conclusión, se niega a responder la pregunta de por qué las otras 13 colonias no se sublevaron, así que no puedo dejar de hacérsela. R. Eso da para otro libro, que no pienso escribir. Hay historiadores, como Andrew O’Shaughnessy, que se están ocupando de manera convincente sobre el Caribe y por qué esas colonias no se unieron a los estadounidenses. Tiene mucho que ver, por supuesto, con el intenso régimen esclavista de esos lugares, la situación demográfica y el hecho de que veían al ejército británico como un protector y no como un enemigo. La historia de Canadá es distinta. Al principio, parecía posible una alianza, que acaba desvaneciéndose cuando los estadounidenses quieren convertir esa alianza en una conquista. Y luego está Florida, que los ingleses perdieron pese a que ese territorio no se había rebelado. Ni siquiera hicieron un esfuerzo para aliarse con los nativos. [Bernardo de] Gálvez, en cambio, sí está convencido y acaba siendo un éxito. P. ¿Está la figura de Gálvez ganando terreno en los estudios revolucionarios en Estados Unidos? Hay mucho interés por parte de la Embajada española y una cierta presión de lobby…R. Diría que sí. Pero sigue sin ser tan conocido como [el marqués de] Lafayette. Hay calles, plazas y ciudades por todo el país con su nombre… ¿De Gálvez qué tenemos? Galveston… P. ¿Tal vez se venden mejor los franceses? R. Los españoles llegaron como aliados de los franceses. Estaban un poco menos convencidos de la causa americana, para ser justos, aunque sí, es un tanto desconcertante ese olvido. También debería ser más conocido su amigo, Francisco de Saavedra. Gálvez fue un gran estratega militar, pero Saavedra fue un genio de la organización. Apoyó a Gálvez en su deseo de reconquistar Pensacola (Florida) y logró convencer a la vieja guardia de Cuba de que respaldara esa ambición. Contribuyó a asegurar el abastecimiento y fue responsable de recaudar fondos en 1781 que ayudaron a la campaña de Virginia, que condujo a la rendición británica en Yorktown. Pese a todo lo cual, ni siquiera la mayoría de los estudiosos de la Revolución conocen su nombre.P. Volviendo al aniversario que se celebra estos días. ¿Cree que se recordará y que ese recuerdo será por los motivos correctos?R. No creo que queramos volver mucho la vista atrás en el futuro hacia 2026. Hay menos ganas de celebrar por quién está en la Casa Blanca. Aunque con la posteridad nunca se sabe: ahora lo recordamos como algo mítico, pero 1776 fue un año bastante malo. Salvo por la Declaración de Independencia, iban de desastre en desastre. Cuando estaba terminando, la sensación de muchos era de que ojalá no hubiera otro año como ese. Es la sensación que tengo con 2026. Hay cosas, como el combate de la UFC, que me hacen sentir una profunda vergüenza, aunque haya asuntos mucho más graves que ese. Acabo de regresar de Europa y he visto mucha preocupación por lo que está pasando aquí. Y mucha solidaridad, también. Gente que te dice: estamos con vosotros, sabemos que no sois como vuestro Gobierno. Me dio esperanza. Luego, al llegar al aeropuerto, vi las enormes colas que hay para los visitantes, y cómo se prioriza a los ciudadanos estadounidenses. De nuevo, sentí vergüenza de mi país. Creo que podemos ser mejores que eso.