Emanuele Pascuzzi, Leila PurcellBarcelona 02/07/2026 06:00 A las 18.04 horas del 24 de junio, la vida de Luis (nombre ficticio) cambió para siempre. Rescatado de entre los escombros de un edificio de La Guaira, este niño de diez años quedó sin madre y sin red de apoyo. Poco después lo trasladaron junto con otros menores a un hospital en Caracas, donde permaneció varios días solo.A más de 600 kilómetros de distancia, en Punto Fijo, en la península de Paraguaná, el padre de Luis recibió la llamada que le anunciaba que su hijo se había quedado huérfano de madre. Hacía años que no se veían. Cuando fue a buscarlo a Caracas, su hijo ya no podía hablar: se había quedado mudo.Lee tambiénTodavía es pronto para saber cuántos menores han perdido a sus familias o se han separado de ellas tras el doble terremoto que sacudió la costa de Venezuela hace una semana. Unicef advierte de que al menos 3,9 millones de niños viven en zonas afectadas y que unos 680.000 necesitan ayuda humanitaria urgente. “Ahorita viene el sismo que no se ve, porque de aquí en adelante los niños tendrán daños psicológicos, no estarán bien”, dice Danniella Ventura, coordinadora educativa de los Colegios de Nazareth de Venezuela.Ya en Punto Fijo, el padre de Luis se puso en contacto con Ventura, que le ayudó a encontrar atención psicológica para el menor. “De momento, las prioridades están en rescatar a personas bajo los escombros, pero nuestros niños también necesitan apoyo porque están traumatizados y desprotegidos”, explica esta educadora. Su equipo empezó entonces a tejer una red de apoyo. Luis “habló muy poco, pero nos dijo que le gustaba el béisbol”, cuenta Ventura. Rápidamente lanzaron una campaña de donaciones: “Un guante, un bate, una pelota, porque lo perdió todo. Perdió absolutamente todo”.“Nuestros niños necesitan apoyo porque están traumatizados y desprotegidos”, afirma Danniella Ventura, coordinadora educativa de los colegios de NazarethEn San Bernardino, un barrio residencial al noreste de Caracas, los colegios se han convertido en “espacios seguros de unión”, afirma la religiosa barcelonesa María del Mar Sánchez Izuel, que lleva una semana asegurándose de que los niños del colegio local se encuentren bien. Tras el doble seísmo, los profesores escribieron a todas las familias para confirmar que los alumnos estaban a salvo.Desde el terremoto, el centro funciona como un espacio de acopio de ropa, comida y medicinas, gestionado por alumnos y docentes. Pero no solo hacen falta alimentos. También apoyo emocional. El martes organizaron una sesión de educación en emergencias para que los niños “pudieran vehicular emocionalmente todo lo que están viviendo, porque casi todos tienen algún familiar desaparecido”, dice la educadora religiosa.La religiosa barcelonesa María del Mar Sánchez Izuel ha convertido el colegio de San Bernardin en un espacio de acopio de ropa, comida y medicinasEn declaraciones a La Vanguardia, el director de Programas Internacionales de Save the Children, Vicente Raimundo, ha comunicado que las evaluaciones iniciales muestran centenares de familias desplazadas: “Muchos niños y niñas continúan durmiendo en espacios abiertos, expuestos a riesgos de protección, problemas de salud y un fuerte impacto emocional”. La organización también ha subrayado la preocupación por “los menores que viven en refugios masificados, los niños con discapacidad y aquellos que han perdido acceso a servicios esenciales y educativos”.Por su parte, Cecodap, una organización venezolana dedicada a la defensa de los derechos de la infancia, alerta de que, en contextos de desastres naturales, aumentan drásticamente los riesgos de tráfico de menores, explotación sexual y secuestros. Para Ventura, “los niños de dos o tres años todavía no tienen cómo comunicarse”, explica la educadora. “Eso aumenta todavía más el riesgo”.El caos que sigue a la tragedia facilita la aparición de redes mafiosas para intentar explotar a los niños desamparadosDesde el terremoto en Venezuela han circulado vídeos en redes sociales que acusan a personas de secuestrar a niños de las zonas donde se derrumbaron edificios. Tras el terremoto de Haití del 2010, más de 5.000 niños perdieron el contacto con sus familias. El caos facilitó la actuación de redes de tráfico de menores en un país donde ya existían cerca de 250.000 niños restavek: menores enviados por sus propias familias a otros hogares con la esperanza de un futuro mejor.Todavía es pronto para conocer el alcance y las consecuencias de este terremoto sobre la infancia. Pero si otras catástrofes sirven de referencia, el “sismo que no se ve” seguirá zarandeando a la infancia venezolana.
“Ahora viene el terremoto que no se ve, el de los daños psicológicos en los niños”
Luis se quedó mudo, una de las numerosas secuelas que deja el doble seísmo en Venezuela entre los ccietno de menores que se han quedado huérfanos o separados de su familia













