El prolongado drama de la migración forzada que desde hace al menos diez años azota a los venezolanos ha adquirido una nueva dimensión tras los terremotos que golpearon el país hace casi una semana. Ahora se suma la crisis de los desplazados internos. Y crece a cada momento.

En lo que antes era un estadio de la ciudad costera de La Guaira viven actualmente 1.730 personas, o al menos 300 familias, que realizan sus actividades diarias y duermen bajo estructuras improvisadas. Muchas perdieron sus viviendas; otras vieron gravemente dañadas sus casas.

El calor es sofocante y no hay alivio, salvo las botellas de agua (muchas de ellas calientes) distribuidas por agentes de policía que organizan el lugar. En mesas improvisadas, se ordenan cientos de medicamentos donados para atender especialmente a personas mayores, personas con discapacidad y niños.

Wilmarys González, de 45 años, permanece allí desde el día de los terremotos, el miércoles 24. La planta baja de su casa sufrió grietas. En el segundo piso, las paredes se derrumbaron. Perdió a cuatro familiares en la tragedia. Al día siguiente logró encontrar con vida a un primo entre los escombros.

"Escuchábamos la voz de mi prima hasta el jueves a las 5:30; lo único que pedía era que salváramos a su hijo, que seguía con vida, porque al tocar al otro se daba cuenta de que ya no respiraba", relata a Folha. "Después dejó de hablar y ya sabíamos que había muerto."