Meta HumanosConstruir futuro exige algo más profundo que cambiar nombres en los cargos públicos. Exige revisar las reglas del juego.
Los ciudadanos salimos perdiendo en este juego al que llamamos democracia. Y lo más frustrante no es perder; lo más frustrante es sentir que, cada vez que al fin metemos gol, alguien encuentra la forma de anularlo. Nos dicen que juguemos, que participemos, que votemos, que confiemos en las instituciones. Pero cuando la ciudadanía se organiza, cuando empieza a mover el marcador, aparece una revisión interminable, una decisión tomada en otro lugar, lejos de la cancha y lejos de la gente. ¿Por qué pasa esto? El juego parece diseñado para que perdamos. La cancha está inclinada desde el inicio. De poco sirve tener a los mejores jugadores si el árbitro ya tomó una decisión de quién debe ganar. Nos dejan jugar, pero no nos dejan ganar.
Nos acostumbraron a creer que la democracia consiste únicamente en votar cada cuatro años. Nos dijeron que el ciudadano debía ser espectador, no jugador. Que nuestra función era aplaudir, reclamar desde la grada, indignarnos un rato y luego volver a casa. Un país no cambia si sus ciudadanos se quedan viendo el partido desde fuera. Un país cambia cuando la gente entiende que la cancha también le pertenece. Durante años nos han convencido de que no tenemos fuerza, que estamos solos, que nada cambia, que cualquier intento de transformación está condenado al fracaso. Esa es quizá la trampa más peligrosa: la resignación de que nada puede ser diferente, un pueblo resignado no necesita cadenas; aprende a quedarse inmóvil.








