Pensar en Robin Hood es pensar en justicia. En aquel ladrón de buen corazón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Es pensar en el bigotito y el traje verde de Errol Flynn, en el zorro animado de Disney. Las versiones cinematográficas del cuento medieval del bandolero que atacaba a los poderosos en el bosque de Sherwood y que desafiaba el abuso de poder del sheriff de Nottingham crearon un héroe para el recuerdo. En el imaginario de los espectadores no hay ninguna duda, Robin Hood es un héroe. Y ya llegarían después otras estrellas como Kevin Costner o Russell Crowe para demostrarlo.
La versión dirigida por Ridley Scott con Crowe como protagonista ha sido, hasta ahora, la más oscura de las miradas a los relatos originarios. Y aun así, la oscuridad era más en la forma de abordar la violencia o en la estética que en el fondo, donde Robin Hood seguía fiel a su leyenda. Ahora el director Michael Sarnoski, que saltó a la fama gracias a Pig, aquel peculiar filme donde Nicolas Cage se vengaba de todos los que habían robado a su cerda, regresa a Sherwood para ofrecer una mirada realmente violenta, oscura y que revisita el mito desde otro ángulo.
¿Qué pasaría si Robin Hood no hubiera sido tan bueno como lo pintaron las leyendas?, ¿y si detrás de todo había, realmente, un ladrón cruel y violento que perpetró salvajadas para lograr sus objetivos? Sarnoski, que probó suerte con acierto en Hollywood con la precuela de Un lugar tranquilo, ha encontrado en A24 su hueco para abordar una película que se encuentra a medio camino entre el indie de Pig y el blockbuster de la franquicia de terror creada por John Krasinski.











