Paul McCartney cantaba en Sgt. Pepper’s : “Tengo que admitir que las cosas van mejor” y John Lennon replicaba con sorna: “Peor no pueden ir”. A veces, aunque no estamos tan mal, nos quieren hacer creer que nos encontramos en un mundo aciago. No es un fenómeno casual o centrado en unos países. En América del Sur, si descontamos Brasil, la derecha ultraconservadora se ha hecho con el control del continente. En Europa, los partidos de extrema derecha suben y amenazan con llegar al poder en países de tanta tradición democrática como Francia, Alemania o el Reino Unido. Y en Estados Unidos, el tecnocapitalismo se ha impuesto, con la complicidad de Donald Trump y, como escribía Josep Ramoneda, “la transición reaccionaria es la vía de aceleración hacia un futuro transhumanista”. Ana JiménezA la democracia, peor no le puede ir, como respondía Lennon en aquel disco icónico grabado hace sesenta años. Los jóvenes de la generación Z (18-25 años) expresan un débil compromiso con la democracia y nulo con el progresismo. Los baby boomers (60-80 años), que serían sus abuelos, resisten en su fe democrática y defensa de las libertades. La brecha generacional es evidente y los primeros critican a las generaciones anteriores que no han sabido representarlos, ni protegerlos.La ultraderecha lee el momento e intenta convencernos de que la democracia no funcionaLa ultraderecha ha acabado siendo blanqueada por las redes sociales (Steve Bannon les ha escrito el guion) y por la debilidad de los conservadores. En amplios sectores, el autoritarismo es visto como un desafío al feminismo y una apuesta por la masculinidad, lo que seduce a muchos jóvenes.La democracia está en riesgo. La idea de que los políticos son todos iguales, de que la emigración está cambiando el paisaje y de que el sistema no ofrece alternativas de futuro debe ser contrarrestada con todos los medios al alcance. Pero también es cierto que la democracia debe ser capaz de renovarse, de aportar soluciones a los problemas y de representarnos a todos. Nadie dijo que iba a ser fácil y menos en unos momentos en que –pegados a un móvil– hemos perdido la memoria del pasado y hemos olvidado que el bien más preciado del hombre es su libertad.