En el automovilismo del siglo pasado, el talento puro y la audacia eran los pasaportes definitivos para subirse a un monoplaza. Juan Manuel Fangio y José Froilán González llegaron a la máxima categoría impulsados por el apoyo estatal del gobierno de Juan Domingo Perón; Carlos Reutemann desembarcó también gracias al empuje del Automóvil Club Argentino. Todos contaban con una amplia experiencia previa y compartían un objetivo en mente: crear una “escudería” que nos dibujara en el mapa mundial y compitiera bajo nuestra bandera. Eran otros tiempos.
José Froilán González junto a Juan Manuel Fangio
Hoy en día, en la Fórmula 1 moderna, las reglas del juego son totalmente distintas. El talento es apenas el examen de ingreso, una simple etapa introductoria. Las verdaderas reglas las dicta una estructura implacable y privada, un filtro socioeconómico principalmente europeo que exige millones en todo sentido. Es ahí donde se entiende el por qué, a pesar de sus grandes actuaciones, la “casta” de la Máxima mira de reojo a Franco Colapinto.
En el libro F1, una pasión argentina, editado por Editorial Planeta y escrito por el periodista Adrián Puente, se desmenuza este fenómeno para entender el presente del pilarense y se deja entrever que, en gran parte de la parrilla, el origen, el apellido y la billetera pesan igual o más que la velocidad y el rendimiento puro en la pista.







