El teatro hace tiempo que descubrió que la historia también puede ser un campo de batalla escénico. Dramaturgos locales como Mario Diament, Pacho O’Donnell y Cristina Escofet, entre otros, volvieron sobre próceres, caudillos y figuras políticas de nuestra historia para discutir, más que el pasado, las heridas persistentes del presente. En esa tradición de revisar el bronce se inscribe este espectáculo. No es, además, la primera incursión teatral sobre el sanjuanino. Antes, Mario Moscoso ya lo había puesto en escena en “Sarmiento y su sombra”, también con la intención de devolverle algo de espesor humano. La diferencia es que aquí el personaje vuelve dispuesto a dar una última lección sobre educación, progreso y nación.

Hacer regresar a Domingo Faustino Sarmiento para enfrentarlo al mundo contemporáneo supone, de entrada, una buena idea. Es tomar a uno de los políticos más decisivos y más incómodos del devenir nacional y ponerlo otra vez bajo examen. El problema es que la obra no siempre consigue transformar esa promesa en verdadero hecho teatral. El dispositivo elegido, una clase magistral en la que el expresidente repasa sus ideas, sus batallas y su legado, funciona al comienzo como puerta de entrada, pero con el correr de la función revela sus límites. La escena se vuelve más expositiva que dramática, más interesada en ordenar un pensamiento que en tensarlo.