Ricardo Fumanal (Huesca, 41 años) reconoce que la decoración no es lo que se dice su fuerte. Pero en esa búsqueda del deseo que lleva años guiando el trazo de sus pinturas este artista ha llegado a entenderse de una manera muy íntima con muebles, objetos e interiores como los de los reportajes que le siguen y preceden en este texto. “Me interesa esa especie de bodegones que van quedando al vivir un espacio: la ropa tirada en una cama, una silla acumulando camisetas, unas zapatillas en un rincón”, explica desde su piso en el Canal Saint-Martin, en el centro de París. “Los veo como extensiones del cuerpo y siempre ando sacándoles fotos por si acaso los pinto”, explica.A la pregunta de si cree que en el interiorismo o la arquitectura hay elementos que contengan una carga erótica parecida a la que le solemos atribuir a prendas de ropa como esas que a él le gusta retratar (¿cuál es el equivalente en diseño a unos pantalones ceñidos de cuero negro, si es que lo hay?), sale con una respuesta consecuente con esa visión. “La moqueta”, dice sin necesidad de darle muchas vueltas. “Fue lo primero que hice cuando me mudé a esta casa: poner moqueta verde en el dormitorio y azul para la zona donde trabajo. Ahora que me he pasado al óleo reconozco que no fue mi idea más brillante, pero es que meterle moqueta a una casa le da un vibe increíble. Y sí, comparte algo de ese punto sexy que tienen algunos tejidos y prendas de ropa”. La moqueta es una superficie que de hecho aparece en varias obras suyas: en una serie que dibujó en 2022, moquetas de colores sostienen una colección de calzoncillos y suspensorios, y en otro de sus dibujos de esa época un chaval desnudo hunde sus dedos en una muy mullida al arrodillarse frente a su amante. “La silla de cuero gastado en la que me siento a trabajar también tiene su aquel”, sigue el artista, “y los espejos que heredé del anterior inquilino pueden llegar a dar bastante juego”. Tampoco es que en su par de habitaciones le rodeen muchísimas cosas más. A París se mudó hace ocho años después de haber vivido en Berlín, Londres, Barcelona y Madrid, idas y venidas en las que fue conformándose con los dos únicos compañeros de viaje que siguen a su lado: el busto de mármol de una mujer con velo y una foto que le hizo Wolfgang Tillmans cuando se conocieron de fiesta (“en esa época vivíamos todos en East London y andábamos siempre por los mismos sitios”, recuerda). Una frugalidad decorativa algo forzosa pero a la que, como artista que vive en su estudio, hoy solo le ve ventajas: ya bastante decoración tiene con sus pinturas. Y en una casa atiborrada, dice, no podría concentrarse para crearlas. “A veces hasta tengo que esconder los cuadros durante una semana para volver a verlos con otros ojos, porque al vivir con ellos llega un momento en el que el contacto diario me satura y ya no veo nada; no sé si lo que pinto está bien o mal”, dice Fumanal de las obras que en el momento de este reportaje todavía tenía colgadas en la pared. “Si no fuese por el deadline de una exposición, podría estar un año entero dándole capas y capas a la misma pintura”. La exposición fue su primera individual en París y cuando lo entrevistamos aún estaba rematándola. Se llamaba Pressure Point y ha sido la segunda que ha celebrado con la galería Giovanni’s Room de Los Ángeles. Supone, además, su apuesta definitiva por la pintura al óleo, una técnica que aprendió de adolescente y luego se pasó toda la vida adulta lamentando haber dejado. “Con 14 años iba a clases con las madres y las abuelas de mis amigos. Estábamos todo el día pintando marinas, así que claro, al final preferí irme a beber por ahí”. Obra expuesta en la muestra 'Pressure Point': 'Sin título (bolso de cuero)', 2026.Obra expuesta en la muestra 'Pressure Point': 'Sin título (pistola y vaselina)', 2026.Obra expuesta en la muestra 'Pressure Point': 'Sin título (guantes de cuero)', 2026.Obra expuesta en la muestra 'Pressure Point': 'Sin título (botas)', 2026.Obra expuesta en la muestra 'Pressure Point': 'Sin título (esposado)', 2026.Después de estudiar diseño gráfico en Lleida, le salió un trabajo de ilustrador para un blog de sexo en el diario El Mundo. Esta experiencia le enseñó dos cosas: que podía ganarse la vida con sus dibujos y que el erotismo era su tema. A partir de ahí, siguieron colaboraciones con revistas como i-D y Apartamento, y firmas de moda como Loewe y Zara, aunque de fondo siempre estuviera ese deseo de volver al óleo. “El empujón definitivo llegó mientras trabajaba en un encargo de ilustración para Netflix. Entre los largos tiempos de espera por el feedback de la plataforma, decidí que era el momento de dejar los clientes y apostar por mi obra personal, aunque a la vez tampoco quería quedarme estancado como un artista de Instagram”, dice Fumanal, que reconoce que su perfil en esta red social fue un apoyo fundamental para vender y promocionarse antes de tener galería. “Además, empecé a notar que el algoritmo escondía mis publicaciones. Es la ventaja que tiene un artista como yo frente a la IA. Hace poco probé una y en cuanto le pedía algo un poco sexy colapsaba”. Preferir primero los lápices y luego los pinceles antes que lo digital ya supone una manera de rebelión contra la máquina. No obstante, la atención a sus plegarias llegó en forma de like: procedía de Jeremy Maldonado, el galerista de Giovanni’s Room, y al cabo de solo tres meses de enseñarle su trabajo en París ya estaban montando una exposición en Los Ángeles. Inaugurada en septiembre del año pasado, Theorem of Desire no solo marcó su debut en solitario, sino una nueva fase en su pintura: planos muy cerrados del cuerpo masculino en los que guantes, monos de motero, pantalones sin bragueta y otras prendas de la subcultura del cuero y el BDSM se convertían en paisajes casi abstractos cargados de una tensión electrizante. “Busco que la imagen sea seductora y desconcertante al mismo tiempo, que esa fragmentación del cuerpo provoque un deseo extraño en el espectador”. La exposición de París insiste en esa huida de lo explícito. De hecho, algunas de sus pinturas nuevas ni siquiera muestran la figura humana, como esa de un cenicero de plata con una cucharita que se ve en este reportaje y que, a pesar de que podría estar en cualquier parte, él ha conseguido que parezca sacada de un thriller erótico de los noventa. “Intento capturar esa sensación de que ha pasado o va a pasar algo, como si las pinturas fuesen los fotogramas de una película. Y en las películas no solo pasan cosas bonitas”. Tampoco todas las que nos ven hacer nuestros muebles lo son.