El Perú tiene nueva presidenta y el mapa que deja esa victoria merece leerlo con calma.

Keiko Fujimori ganó con 9,223,396 votos, el 50.135% de los sufragios válidos, frente a los 9,173,755 de Roberto Sánchez. La diferencia es de 49,641 votos en una elección de casi 20 millones de emitidos.

En nuestro modelo democrático, manipulado desde hace diez años por el fujimorismo, gana quien más votos válidos obtiene y Fujimori los tiene. Eso es un hecho y este diario lo reconoce. Pero hay otros hechos que merecen estar en la perspectiva ciudadana y política.

Dentro del territorio peruano, con todas las regiones contabilizadas incluyendo Lima provincias, Roberto Sánchez obtuvo 50.088% y Keiko Fujimori 49.912%, una diferencia de 32,014 votos. Ese resultado no puede leerse como un respaldo entusiasta a Sánchez. Es en buena medida un voto antifujimorista acumulado durante dos décadas, el mismo rechazo que en el sur llegó al 75.1% y en las zonas rurales al 67.8%.

Lo que el Perú votó dentro de sus fronteras no fue tanto a favor de un candidato como en contra de una historia política que amplias mayorías del interior siguen exigiendo que se repare, la de los muertos, los desaparecidos y las mujeres esterilizadas a la fuerza durante los años noventa, cuya memoria el fujimorismo ha pisoteado durante la última década desde el Congreso.