Dasha, de 18 años, se contonea de pies a cabeza con varios amigos al ritmo de la música del DJ belga Matthias Geerts. Es sábado y, junto a ellos, varios centenares de jóvenes celebran la vida en medio de la guerra en un festival veraniego en una especie de terapia.Lo hacen en uno de los lugares que el 15 de junio fue bombardeado por Rusia en su último gran ataque sobre Kiev: el recinto de los históricos estudios cinematográficos Alexander Dovzhenko, de 1927. Dasha es un manojo de felicidad y diversión. Pero, sentada durante unos minutos junto al reportero, reconoce que su baile esconde el drama de la contienda: “Mi padre murió hace tres años al pisar una mina en el pueblo de Vodyane, en la región de Donetsk”.Pese a todo, la vida en la capital de Ucrania bulle con aparente normalidad. Una vez sorteado el durísimo invierno, plagado de cortes eléctricos por la ofensiva rusa, la resiliencia de sus habitantes es el arma para sobrevivir que suelen emplear quienes no visten uniforme, como Dasha. Pero la ciudad no ha dejado de ser el escenario de una terrible contradicción.“Tras los drones y los misiles, nos levantamos, vamos a trabajar y después quedamos con los amigos”, resume Karina Romanchenko, de 24 años. La joven es empleada en uno de los departamentos del gran complejo histórico, cultural y religioso que alberga al Monasterio de las Cuevas, lugar santo del cristianismo ortodoxo levantado desde el siglo XI y Patrimonio de la Humanidad de la Unesco que fue también atacado con drones rusos tipo Shahed la madrugada del día 15.Por un lado, la ciudad deja ver a los niños embarcados ya en sus vacaciones estivales, grupos de jóvenes que disfrutan de conciertos, restaurantes y cafeterías, exposiciones, obras de teatro y esparcimiento familiar a orillas del Dniéper. Por otro, como describe Romanchenko, se mantienen las noches y madrugadas de bombardeos, la incertidumbre por los familiares y amigos en el frente y la imposibilidad, en definitiva, de retomar una existencia normal.Apenas a un centenar de metros de donde Dasha y sus colegas reivindican su juventud y su libertad, los restos de un edificio totalmente destruido humean todavía casi dos semanas después. Albergaba la mayor colección de trajes para rodajes de cine de toda Ucrania, unos 100.000. En un guiño indirecto a esa pérdida irrecuperable de atrezo, el festival Veselka –arcoíris en ucranio– tiene una premisa, como la propia Dasha subraya admirando las estrambóticas pintas de muchos de los participantes: “Aquí cada uno puede ser lo que realmente es”.La víspera del 15 de junio, las instalaciones de los estudios habían acogido el festival Dirty Dog (Perro sucio, en inglés). El cierre, impuesto por el toque de queda imperante todavía entre la medianoche y las cinco de la mañana, tuvo lugar a las 22 horas. Solo cuatro o cinco horas después, empezaron a caer los misiles. Los grandes destrozos, no solo en el departamento de vestuario, no han impedido que se mantenga la celebración del Veselka –que no solo es un restaurante de Nueva York–.A sus 36 años, Serguei se pasea a torso desnudo mostrando sus tatuajes cubiertos con una cadena a modo de cruz. “Estamos en guerra, pero necesitamos esto como refugio”, explica este agente de policía encargado, entre otras misiones, de registrar la muerte de sus colegas en combate en el libro de defunciones. Reconoce que iba para actor y cantante –canturrea de hecho una letra de Alex Ubago del que solo sabe que es un intérprete español–, pero la revolución de la dignidad, o Maidán, en 2013 le empujó a tratar de hacer algo más por su país; por eso acabó de uniformado. “Vivimos bajo dos mundos”, concluye refiriéndose a la dicotomía que envuelve a Kiev.Rápida reparaciónEl Monasterio de las Cuevas, el más antiguo de Ucrania, logró prácticamente restablecer la normalidad horas después del bombardeo, ya que la ciudad ha sufrido ataques similares a los del 15 de junio desde que Moscú lanzó la gran invasión en 2022. Al poco de extinguirse el incendio, ya se había cubierto con una techumbre provisional de listones de madera y plástico la catedral de la Dormición, el edificio más dañado. En un par de días, las instalaciones estaban reabiertas a las visitas, aunque aún no el interior de ese templo.“Fue un ataque directo”, defiende el historiador Kostiantyn Krainii, subdirector del complejo, mientras muestra las consecuencias. Junto a los muros de la catedral se ha montado, sobre unos paneles de madera conglomerada, una improvisada muestra que recuerda el bombardeo. Hay restos metálicos del techo hechos un amasijo junto a lo que, según se indica, son partes de los aparatos no tripulados kamikaze empleados por Rusia.La rápida actuación de los bomberos, detalla Krainii, evitó que las naves de la catedral se vieran afectadas. Los revestimientos con madera estofada y dorada junto a grandes iconos permanecen intactos mientras varios operarios trabajan en el interior. El ruido de varios ventiladores ayuda a bajar el alto nivel de humedad acumulada después de que cayera una gran cantidad de agua de la empleada por los servicios de emergencias para sofocar las llamas.“Los daños han sido mínimos”, agradece el historiador, que trabaja desde hace 37 años en estas instalaciones. “Si el fuego llega a acceder aquí dentro, esto habría ardido en pocos segundos y habría sido un verdadero desastre”, agrega, mientras recuerda a decenas de vecinos y empleados de los servicios de emergencia poniendo a salvo las reliquias y todo cuanto podían sacar en los primeros minutos tras el impacto.Por los jardines, un grupo de niños ataviados con petos identificativos de colores recorren las instalaciones en una jornada de excursión. Una de las escasas turistas es Marion, una francesa de 39 años que ha viajado hasta la capital ucrania por vez primera para pasar varios días con una amiga. Asegura no tener ningún miedo porque es empleada de una agencia humanitaria en un país en conflicto, aunque prefiere no ofrecer más datos. Constata, eso sí, que “pese al precio de la guerra, la vida sigue adelante” en Kiev. Junto a los muros del Monasterio de las Cuevas se levanta uno mucho más modesto y pequeño, el de San Teodosio. Allí, el padre Makarios, de 64 años, vuelve a recibir 51 meses después al enviado especial de EL PAÍS, al que explicó entonces cómo había incluso asistido a cursos para prepararse para la invasión rusa. A solo una decena de metros del arco de acceso a San Teodosio, un gran edificio muestra el impacto de un segundo dron que los rusos lanzaron contra el Monasterio de las Cuevas.Pese a todo, el religioso, de sotana negra y frondosa barba, no da importancia al ataque y muestra la misma convicción y fe que en marzo de 2022. “Bombardean de manera estruendosa con frecuencia y, a veces, no conseguimos dormir durante días. Pero Dios nos ama, nos protege y no va a permitir que nos pase nada. ¡Ucrania vencerá!”, señala firme apoyado, como siempre, sobre un bastón.Zonas ocupadasKarina Romanchenko contempla la reparada cubierta de la catedral de la Dormición asomada desde la vecina torre del campanario, la estructura más alta y desde donde se disfruta de unas buenas vistas de la ciudad. La joven es originaria de los alrededores de Melitopol, una localidad de la región meridional de Zaporiyia que se encuentra bajo ocupación rusa desde 2022. Lanzando constantes ataques sobre esa zona, las tropas ucranias tratan de estrangular estos días la logística de los invasores en la vecina península de Crimea.Instalada en la capital desde 2019, Romanchenko trata de hablar con su madre a diario, aunque no siempre lo consigue. Afirma que en Melitopol sufren constantes cortes de luz. Pero está convencida de que “llorando por las esquinas todo el día no se va a solucionar nada”. Aunque “no es sencillo, nos hemos acostumbrado”, resuelve la joven.
Los dos mundos de Kiev: entre la fiesta y la guerra
El ocio como terapia de resistencia ante los bombardeos convierte a la capital de Ucrania en un contradictorio escenario donde la vida y la muerte se alternan









