El Mundial amplifica leyendas como ningún otro evento, gloriosas y también desgraciadas. Algunas eliminaciones han sucedido con un estruendo formidable. Han dejado un asombroso reguero de asesinatos, torturas, condenas sociales y terremotos políticos. También en esta Copa del Mundo, de la que se han despedido ya 20 selecciones.Corea del Sur, que alcanzó los octavos en Qatar, cayó en la fase de grupos de un torneo en el que avanzaban 32 equipos, más que nunca. El batacazo desató una crisis política inmediata. El presidente, Lee Jae-myung, quiso que su descontento fuera público: “Este fracaso en la Copa del Mundo, que ha dejado un profundo sentimiento de vacío en la ciudadanía, parece ser, en esencia, un fracaso de la organización y de la gestión del personal”, escribió en su cuenta de X. Y encargó una investigación a su ministro de Deportes “dado que la participación en el Mundial implica una considerable inversión de fondos públicos”.최휘영 장관님과 관련 공무원 여러분 애쓰셨습니다.저도 전임 명예 프로축구단장이자 심정적 붉은악마로서 예상밖 결과에 당황을 넘어 황당함을 느낍니다.결국 인사가 만사임이 다시 한번 증명됐습니다. 능력보다 네편내편을 더 중시해 무능한 사람을 지휘관으로 선발하면 결과는 불보듯… https://t.co/wNwtKlo1qY— 이재명 (@Jaemyung_Lee) June 28, 2026

Mientras se pone en marcha, adelantó sus sospechas, que señalan al seleccionador, Hong Myung-bo. “Cuando el favoritismo y el amiguismo prevalecen sobre la competencia al elegir a quien debe liderar un equipo, el resultado es tan predecible como que el papel arde al contacto con el fuego”. El técnico dimitió enseguida.La caída de Uruguay, el primer campeón del mundo eliminado, aún no ha terminado de golpear el suelo. Se mantiene el ruido que venía creciendo desde días antes del partido contra España, cuando volvieron las filtraciones de las diferencias entre los futbolistas y el seleccionador, Marcelo Bielsa. Empeoró durante el encuentro, cuando en el minuto 56 el técnico retiró del campo al capitán, Fede Valverde, que se marchó murmurando y sin mirarlo. Del estadio de Guadalajara regresaron a la base de playa del Carmen. El voltaje no bajó y la federación decidió cancelar el vuelo chárter en el que iban a volver todos juntos a Montevideo. Cada uno se fue por su lado. Mientras, Bielsa prepara el último episodio de la crisis, una rueda de prensa esta tarde en el estadio Centenario. Hay incendios que ni siquiera requieren de la eliminación para declararse. Túnez destituyó a su seleccionador, Sabri Lamouchi, después del primer partido de este Mundial, una sonora derrota contra Suecia (5-1). Contrató a Hervé Renard, que tampoco arregló nada. También perdieron contra Japón (0-4) y Países Bajos (1-3).Empezar perdiendo desata el pánico. Argentina cayó contra Camerún en el estreno del campeonato de 1990 en Italia (0-1) y Bilardo se echó a llorar al revisar el partido con sus futbolistas. Ruggeri ha contado en varias ocasiones la angustia del técnico: “Si vamos a perder de esta manera, ojalá cuando volvamos que se caiga el avión”. Solo replicó Maradona: “Avíseme, que yo me voy en otro avión”. Fueron capaces de alcanzar la final y perdieron contra Alemania.Aunque los entrenadores son las víctimas más habituales de los fracasos, los futbolistas no son inmunes a sus consecuencias. Ninguno como Andrés Escobar. Colombia llegó lanzada al Mundial de 1994 en EE UU después de haber arrasado a Argentina en Buenos Aires (0-5) en la clasificación. Pero perdieron contra Rumania en el estreno (1-3) y se disparó la tensión en el país y alrededor del equipo de Pacho Maturana.Al hotel de concentración empezaron a llegar amenazas de muerte procedentes de los carteles y de las mafias de las apuestas. Salieron a jugar el siguiente partido, contra EE UU, bajo una presión aplastante. En el minuto 35 Harkes cruzó un pase al área, Escobar se lanzó a despejarlo y marcó en propia puerta. Perdieron 1-2 y la victoria en el último partido no les sirvió de nada. Cinco días después de volver a Colombia, Escobar salió una noche a un restaurante-discoteca de Medellín, donde lo encontraron los hermanos Gallón Henao, narcotraficantes vinculados a las apuestas. Discutieron en el aparcamiento y el guardaespaldas le acabó pegando seis tiros en la cabeza. Con cada uno gritaba: “¡Gol!”.Por entonces aún arrastraba su condena Moacir Barbosa, el portero de Brasil en el Maracanazo, la derrota en la final del Mundial de 1950 contra Uruguay. Hasta que falleció en 2000, solo y en la miseria, cargó con medio siglo de culpa, una sucesión de episodios entre el racismo y el desprecio absoluto. Como el de un mercado de Río de Janeiro más de veinte años después del partido. Se dio cuenta de que una mujer lo señalaba mientras le decía a su hijo: “Míralo bien. Ese es el hombre que hizo llorar a todo Brasil”.Unos años antes había intentado exorcizar aquello. Cuando instalaron porterías de metal en Maracaná, le regalaron los viejos postes de madera. Barbosa organizó un asado en su casa y quemó los postes. No funcionó. Nunca escapó de lo que el escritor Nelson Rodrigues llamó “nuestro Hiroshima”.La Corea del Norte ha digerido los fracasos de manera menos burocrática que la del Sur. Después de perder 7-0 contra Portugal en 2010 en Sudáfrica, el régimen los sometió a una sesión de seis horas de crítica. Los futbolistas permanecieron de pie ante unas 400 personas mientras un representante del Ministerio de Deportes detallaba sus errores. Luego los jugadores tuvieron que señalar los fallos del técnico. Aquella humillación fue más leve que el castigo después de quedar eliminados en cuartos de final en 1966. Varios futbolistas pasaron años en campos de trabajos forzados.No ha sido el único régimen que ha usado amenazas de ese calibre. Zaire perdió sus dos primeros partidos en el mundial de 1974, el segundo, 9-0 contra Yugoslavia. Mobutu envió entonces unos emisarios al hotel para decirles que si perdían por más de tres goles contra la Brasil campeona de 1970 no volverían a ver a sus familias. De aquello resultó una escena tan exótica como angustiosa. Cuando ya perdían 3-0, y Brasil estaba a punto de tirar una falta, Mwepu Ilunga abandonó la barrera y pateó la pelota. Los comentaristas atribuyeron el rapto a la ignorancia. Ilunga solo trataba de ganar tiempo.