Intentar hacerse con una parte del electorado convergente clásico va mucho más allá de recuperar siglas del pasado o de incorporar la corbata en el vestuario de rostros que nunca la habían lucido. La política, como el teatro, castiga los disfraces poco convincentes. Así, ERC lleva tiempo intentando ocupar este espacio con escasa fortuna. Entre otros motivos porque, mientras algunos de sus dirigentes quieren proyectar centralidad institucional, su todavía portavoz en el Congreso, entre otros, sigue siendo un magnífico antídoto para la mayoría de los votantes convergentes clásicos. Pedro Sánchez dice ahora que no sabe en nombre de quien habla el antiguo “hombre de Junqueras” en Madrid. Seguramente hay electores que tampoco saben a quién pretende seducir si no es a sí mismo o a Podemos.Salvador Illa, en cambio, ha escogido otra vía. Hace unos días volvió a elogiar a Jordi Pujol y eso irritó a gente de Junts. Pero el gesto no es ninguna novedad. De hecho, una parte nada menor de la rehabilitación política del expresidente ha llegado, paradójicamente, de la mano de un presidente socialista. Poca broma.El exitoso acto de homenaje a Pujol también lo fue a una tradición políticaPero la cuestión no es sólo lo que dice Illa, sino lo que representa. Su Govern incorpora perfiles como Ramon Espadaler, Miquel Sàmper o Jaume Duch, que evocan una marca, CiU, aunque con mayor acento en la u, y una determinada manera de entender las instituciones. Experiencia, moderación y una estética que también comunica. Una americana o una corbata no hacen una ideología, pero también explican una cultura política. Anécdota (o no): Este domingo de canícula, en el Telenotícies, Duch hacía declaraciones, impecable desde su consejería. Un Duch que de muy jovencito empezó su carrera europea como asistente de la eurodiputada de CiU por Unió, Concepció Ferrer. Anécdota (o no).En paralelo, el bien pensado y exitoso homenaje que le dedicó la JNC a Jordi Pujol este fin de semana dejó también otra imagen no menor: la de un espacio convergente intentando reconciliarse con su propio pasado. Disculpas por no haber estado a la altura con el padre fundador, reconocimientos y antiguos dirigentes ahora en diáspora compartiendo escenario con titulares de la marca Junts. Quizás era un acto dedicado a una persona, pero también lo era a una tradición política que aún busca una mejor formulación.El expresident Jordi Pujol, en el homenaje que le rindió la JNC este fin de semana David Borrat / EFEY ahí está la paradoja. Mientras los herederos naturales de Convergència siguen condicionados por la resolución definitiva de la amnistía y por un relato aún en reconstrucción, a ojos de más de uno puede ser Illa quien parezca haber entendido más eficazmente que había un espacio simbólico desocupado. No pretende reconstruir Convergència. Pretende ocupar un vacío que existe.Porque la política también es una batalla por los imaginarios. Y hay espacios políticos que no empiezan a perderse cuando cambian las mayorías, sino cuando un adversario aprovecha regalos, algunos inesperados, otros trabajados.Mientras unos aún discuten quién debe encender la llama convergente, hay otro que, discretamente, ya se calienta junto al fuego.