I. Con su frente ancha y su cara de panquemado tierno, Gagliano Neto viajó durante 18 días en segunda clase a bordo del barco Arlanza. Salió de Brasil y llegó a las costas de Francia en aquel verano sin guerra del 38. Gagliano era locutor de Radio Clube. Tenía 26 años y una voz potente, vibrante, mesurada, a veces ronca, siempre reconocible. Iba a narrar para el público brasileño, por primera vez en la historia, un Mundial de fútbol en directo. Iba a utilizar las líneas de transmisión de comunicaciones del ejército francés para enviar sus palabras y sus gritos hasta Brasil y hacer realidad la primera retransmisión futbolística intercontinental. Gagliano iba a cantar la borrachera de 11 goles del partido inaugural contra los polacos (6-5), el marrullerismo de los checoslovacos en cuartos de final y la triste derrota en la semifinal ante Italia para que lo escuchasen los niños, los hombres y algunas mujeres arremolinados todos en el Largo do Paissandu, en São Paulo, o frente a la Galería Cruzeiro, en Río de Janeiro. Casi nadie tenía un aparato de radio en casa. La vivencia era comunitaria a través de un médium de las emociones. Gagliano Neto iba a hacer soñar aquello que no veía la gente. La religión. Los mitos. La literatura.II. György Szepesi parecía un actor de cine. Alto, flaco, cuello largo, hombros anchos, sonrisa franca, pelo hacia atrás. Había fracasado como futbolista después de patear el balón de chico en los campos del distrito Angyalföld de Budapest y, qué remedio, se había hecho un hueco como reportero deportivo y comentarista de radio. Aquella era la Hungría de los 50. La del dictador comunista Mátyás Rákosi siempre fiel a Stalin. También la de Puskas, Kocsis y Czibor leales a una idea incipiente de fútbol total: todos al ataque. El campeón olímpico de Helsinki se enfrentaba a los inventores del fútbol, la todopoderosa y altiva Inglaterra. Wembley, 25 de noviembre de 1953, 100.000 espectadores. Rápidamente lo bautizaron como el Partido del Siglo. Puskas puso los goles; Szepesi, la pasión. Aquel 3-6 a favor de los magiares mágicos fue tan inolvidable como su narración. La entusiasta voz de Szepesi hizo soñar a los húngaros con aquello que jamás tendrían: un campeonato mundial. Szepesi narró 14 mundiales y 15 Juegos Olímpicos a lo largo de 60 años de profesión. Murió con 96 años. Tiene una estatua con un gran micrófono detrás. Está en el barrio de Angyalföld, donde un chico de cuello alto soñaba con ser Puskas antes de Puskas.III. Brasil, meu Brasil brasileiro, meu mulato inzoneiro, vou cantar-te nos meus versos. Todos en Brasil se sabían la canción Aquarela do Brasil. La compuso Ary Barroso. Su sonrisa enladrillada de blanco y techada de negro por un bigotito fino parecían las teclas del piano que sus manos tocaban desde los 14 años, cuando ese chico huérfano de padre y madre empezó a ganarse la vida en clubes nocturnos. Pero además de pianista y compositor era también un gran aficionado al fútbol, hincha del Flamengo y narrador de partidos en la radio. Aquel 16 de julio del 50, con 173.850 espectadores en Maracaná dispuestos a ver a Brasil ganar la final de la Copa del Mundo, Ary Barroso estaba en la cabina de Radio Tupi de Río de Janeiro, la segunda emisora más escuchada del país. Ya había cantado los 22 goles de la Seleção en aquel Mundial. Faltaban los más importantes. Pero cuando el delantero uruguayo Alcides Ghiggia hizo enmudecer a Maracaná con el silencio más tétrico de la historia de los Mundiales, Ary Barroso parece que solo acertó a decir: “Lo sabía. Yo lo sabía. Yo ya lo sabía”. Entonces apartó el micrófono, se levantó, dijo: “Voy a tomar café”, y ya nunca más volvió a la cabina ni a narrar un partido de fútbol en su vida.IV. Busco libros de fútbol en una librería de la avenida Corrientes, Buenos Aires. Encuentro una rareza fascinante: El arte del relato. Los mejores goles por Víctor Hugo Morales. Me lo llevo. Esa noche, mientras paso sus páginas y meto cucharada al dulce de leche en el comedor del hotel, el camarero —hincha de River— me cuenta que sí, que claro, que todo el mundo en Argentina conoce a Víctor Hugo, el relator que narró hace 40 años la victoria de Argentina frente a Inglaterra en el Mundial del 86, el narrador que en plena resaca de las Malvinas gritó: “Gooool, goooooool, quiero llorar, dios santo, viva el fútbol, golaaazooo, diegoooool, Maradona, es para llorar, perdónenme. Maradona, en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina? Argentina 2, Inglaterra 0. Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona. Gracias Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2, Inglaterra 0″. Junto a la transcripción, el periodista Gastón Quagliarello traza el paralelismo de ese gol y su inmortal relato. Lo que sucedió —apunta— trascendió al gol y al relato. Estamos en presencia de obras de arte. Lo sucedido se convirtió en locura. Sintetizó el dolor de un pueblo frente a la muerte ocasionada por el opresor. Desafió la destreza del cuerpo frente a la persecución. Sublimó las palabras a la invención literaria. El relato, en múltiples experiencias humanas. Y si la vida es sostenida por el deseo humano, escribe Quagliarello, aquella doble genialidad condensa lo soñado por la especie humana. Qué bien titulado está ese libro: El arte del relato. No otra cosa es el deporte. Mucho mejor si es leído o escuchado que directamente visto. Siempre el sueño —borroso, incompleto, tan personal— será más perfecto que el espejismo cojo de sentido que ofrece la realidad. Qué decepción ver a Sísifo cargar la piedra montaña arriba o a Ulises atado a un mástil con repeticiones del VAR para oír a las malditas sirenas. Es en el mito donde abreva lo inmortal. Barrilete cósmico. ¡Señooooor, gol de Señor! ¡El número 12, señores! Y en algún cielo con micrófonos estará José Angel de la Casa narrando este Mundial.
El arte de cantar un gol
El arte del relato, no otra cosa es el deporte, mucho mejor si es leído o escuchado que directamente visto











