Brasil y Escocia saltaban al Hard Rock Stadium de Miami con esa solemnidad extraña que la gente joven se reserva para los días grandes cuando la realización decidió que lo sagrado podía esperar. Allí mismo, a la salida del túnel, Carlo Ancelotti se fundía en un abrazo inesperado con Ronaldinho Gaucho, instalado a pie de campo como una especie de embajador plenipotenciario de la pentacampeona o santo patrón de las Américas con camiseta de tirantes, gorra invertida y gafas de sol.La escena oscilaba entre el sueño febril y el capitalismo salvaje que rodea al torneo, tan capaz de fagocitar cualquier liturgia en nombre del espectáculo televisivo y una mejor cuenta de resultados. Los futbolistas brasileños desfilaban uno por uno para saludar a Dinho como quien toca una reliquia antes de entrar en combate, mientras los escoceses observaban la ceremonia con esa cara que se le pone a cualquiera al descubrir —demasiado tarde— que ha sido invitado a una reunión familiar que no es la suya. Nunca se había visto nada semejante en la historia de los mundiales, lo cual empieza a ser una frase recurrente —y quizás también peligrosa— en este Mundial 2026 donde cada jornada parece destinada a añadir una nueva anomalía al catálogo de veleidades.No fue un episodio aislado. A medida que avanzan los días, uno tiene la impresión de que la FIFA parece decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para resultar entretenido. Las cámaras ya no buscan únicamente al delantero que acaba de rematar con la tibia un perfecto pase de gol o al entrenador que gesticula desde la banda con la sensación, a veces cierta, de que se le ha extraviado una oveja. Ahora también rastrean a niños llorando, gente que se besa, actores, músicos, empresarios, influencers y cualquier celebridad con capacidad de generar 20 segundos más de conversación entre los espectadores remotos. El partido en sí mismo, por tanto, ha dejado de ser el único acontecimiento digno de ser televisado.Hay algo profundamente revelador en esa necesidad imperante de adornarlo todo. Sucede en las bodas, en las cenas de empresa, en los exámenes de fin de curso, incluso en algunos entierros. Y ahora también en el fútbol, como si alguien dentro de la FIFA sospechara que 90 minutos de un Mundial ya no bastaran para captar nuestra atención o, peor aún, para mantenerla. Así que, por si acaso, ahí están Brad Pitt y Edward Norton en el palco charlando animadamente, como en El club de la lucha. O Serena Williams saludando a la cámara, Tom Brady explicando el fuera de juego a sus hijos y Ronaldinho convertido en maestro de ceremonias. Todo suma. Todo genera contenido. Todo alimenta una retransmisión que ya no distingue demasiado entre un partido de octavos de final y la gala de los premios Nickelodeon, los Grammy o los Oscar.La paradoja reside en que el fútbol nunca necesitó de semejante aparato escénico y el Mundial ya era perfectamente capaz de detener el planeta con solo una pelota y 22 futbolistas. Hoy insiste en recordarnos continuamente quién está mirando el partido desde la grada y Ronaldinho representa mejor que nadie esa mutación. Ya no le basta con haber sido uno de los mejores futbolistas de este siglo. Ahora debe ejercer también como embajador, reclamo publicitario y anfitrión en casa ajena. Y lo peor ya no es que Ronaldinho pueda estar robándole el protagonismo a las verdaderas estrellas del Mundial, sino que el fútbol actual necesite pedirle prestado un poco del suyo.
Un Mundial por si acaso
A medida que avanzan los días, uno tiene la impresión de que la FIFA parece decidida a convencernos de que el fútbol necesita compañía para resultar entretenido
La FIFA circonda el Mundial 2026 con celebridades (Brad Pitt, Williams, Ronaldinho) como anfitriones, privilegiando entretenimiento sobre fútbol. Revela que el deporte requiere andamiaje mediático para sostener atención.














