Un caso sin resolver deja siempre una sensación desagradable porque rompe la idea básica de que un crimen acaba con un culpable identificado y castigado. Esa inquietud se repite en historias muy conocidas, desde el asesino de Whitechapel al que se atribuyen los crímenes de Jack el Destripador hasta el misterioso autor de las cartas del Zodiaco o el secuestrador que saltó de un avión y desapareció como D. B. Cooper.
En todos ellos hay pruebas, sospechosos e hipótesis, pero ningún cierre definitivo, lo que mantiene vivo el debate durante décadas. Ese vacío convierte cada detalle en objeto de análisis y alimenta una fascinación que no desaparece con el tiempo. A veces, incluso cuando hay una persona señalada, el desenlace judicial no consigue disipar del todo la duda.
Las sospechas recayeron sobre Lizzie Borden desde el primer momento
El 4 de agosto de 1892, en la casa familiar de los Borden en Fall River, en el estado de Massachusetts, dos cuerpos aparecieron brutalmente atacados en habitaciones distintas, lo que llevó a una investigación centrada en el entorno más cercano. Según el Fall River Herald, la noticia se extendió con rapidez y atrajo a decenas de vecinos a la calle, conmocionados por la violencia del crimen. El padre, Andrew Borden, fue hallado con heridas devastadoras en el rostro, mientras que su esposa Abby había sido asesinada antes, un detalle que marcó desde el principio la reconstrucción de los hechos.










