Por Rafael Mondragón Velázquez | El Colegio Nacional*

Dentro de la literatura mexicana, José Vasconcelos es uno de los escritores que más duelen. (…) Demasiadas promesas, pero también fracasos. Sueños hermosos y traiciones insoportables heredadas en los gestos de traidores del futuro. La promesa de una ética basada en la alegría de vivir, pero también la pregunta de qué hacemos con el resentimiento en los momentos en que la vida nos lastima. Qué hacemos cuando los grandes proyectos de transformación social son detenidos por la violencia organizada de las élites y por la inercia de algunos grupos populares acostumbrados a vivir en servidumbre voluntaria.

La pregunta de qué hacemos con nosotros mismos y nuestra implicación en el fracaso: cómo cambiamos de posición. Cómo reconstruimos la felicidad en medio de la desgracia colectiva de un país. Qué hacemos con esas narrativas redentoras, con sus mártires, sus mesías y sus judas, que comenzamos a contar para hallarle un sentido a la desgracia y que terminan convirtiéndose en cárceles donde se incuba el fascismo social. Ése es el tema de los últimos años de la vida de Vasconcelos, pero también del tiempo en que escribí el presente libro.

Hoy casi nadie se atrevería a llamarse a sí mismo vasconcelista, pero la figura y las actitudes de Vasconcelos están más vivas que nunca: retornan silenciosamente como la herencia reprimida de un pueblo que aún no ha sabido qué hacer con sus grandes problemas: la desigualdad, el racismo, la violencia, el autoritarismo, la corrupción. Retorna en lo peor de nosotros, pero también en lo mejor. Quizá este libro pueda ayudar a hablar del tema para que podamos honrar lo mejor y también abjurar de lo peor.