Nuestro trabajo se ubica en un punto de convergencia en el que la historia del arte, la antropología y la arqueología asumen el estudio de las imágenes/objetos plásticos entendidos como realidades en sí que cumplen un rol específico en la configuración de órdenes ontológicos que sustentan el orden social. Las imágenes y las cosas aúnan múltiples temporalidades en tanto perviven mucho más allá de su época de origen y por ende asumen diversos sentidos, funciones y roles en cada momento histórico en que son interpelados y a su vez interpelan a quienes interactúan con ellas. Es por esta razón que podemos plantear la existencia de una “vida de las imágenes-cosas”. En el caso de los objetos rituales, a través de su pervivencia subsisten cosmologías que a su vez son trasformadas por las apropiaciones propias de cada época; objetos y sujetos hacen el mundo a la vez que el mundo los hace a ellos. Al analizar la participación y acción ritual de distintos tipos de materialidades en el NO argentino del presente y del pasado proponemos al lector atisbar el complejo juego de continuidades y trasformaciones que caracterizan los procesos culturales amerindios, donde coexisten modos ontológicos antiguos con formas propias de la modernidad occidental y cristiana, donde se conjugan quiebres y cambios de sentido con persistencias ligadas a memorias ancestrales. Abordamos el estudio de las prácticas rituales y los sentidos de la sacralidad en el mundo andino a través del análisis de casos específicos que permiten adentrarnos en esta complejidad. En el noroeste argentino, durante el primer milenio de nuestra era, expertos escultores tallaron morteros de piedra con formas humanas, animales e híbridas, donde se molían semillas de cebil destinadas al trance chamánico, el análisis de los modos en los que se configuran las formas puso en evidencia relaciones significativas entre recursos compositivos, como el anatropismo, la simetría especular y por rotación, y retóricos, como la metáfora, la metonimia y la sinécdoque, y los principios de la ontología andina, en la que se integran el animismo y el analogismo. Estos objetos, entidades activas en el ritual de transformación chamánica, materializan un principio general andino que definimos como continuum ontológico donde todo lo viviente está animado y es susceptible de asumir múltiples identidades en su devenir. Los morteros de aspecto antropo-felínico enfatizarían la condición del chamán, que auxiliado por la planta psicoactiva puede mutar, de lo humano a lo no humanas y viceversa, en el trance que le permite establecer contacto con lo suprahumano, ancestros sagrados y deidades (las wak’as); los de apariencia antropomorfa (humana) expresarían el poder del chamán en cuyo cuerpo acontece la mutación que vehiculiza el contacto de la comunidad con sus wak’as; finalmente, los que presentan felinos (que pueden aludir simultáneamente a pumas y jaguares) tallados alrededor, estarían manifestando el poder de animación (camay), asociado a estos animales, que “pone en movimiento” el recipiente donde se prepara la sustancia psicoactiva. Las placas de bronce, elaboradas con la exquisita técnica de la cera perdida, son objetos muy especiales por su excepcionalidad iconográfica, su acotado número de ejemplares, y su excelencia plástica y tecnológica. Aún no está clara la época en que fueron creadas (se ha planteado como fechas tentativas entre el 600 y el 1000 d.C.) pero sí se sabe que los materiales provienen de distintos yacimientos de la actual provincia de Catamarca. En estos objetos, que rondan los 10-15 cm de alto, aparece un personaje antropomorfo acompañado de saurios y felinos, que configuran una complejísima iconografía que gira en torno a un núcleo de sentidos acotados y profundos que refieren a identificaciones entre ciertos humanos (los pocos poseedores de las placas) y ciertos animales (los cazadores crepusculares con capacidades miméticas y/o de transformación y regeneración) cuyas capacidades son de carácter suprahumano y en este sentido encarnan el poder sagrado. El personaje antropomorfo estaría aludiendo al rol de los curacas chamanes como representantes de dicho poder. La posesión de esos objetos, de los conocimientos tecnológicos para fabricarlos y del conocimiento oculto plasmado en sus imágenes, representarían los mecanismos a través de los cuales las placas (entidades sagradas) activaban y constituían el poder de los jefes-chamanes responsables de garantizar el orden cósmico.
La vida de las imágenes-cosas
“Formas en su devenir. Existentes sagrados del Noroeste argentino” (Biblos), de María Alba Bovisio y Lucila Bugallo, propone una nueva manera de pensar las imágenes y los objetos rituales del mundo andino: no como vestigios del pasado, sino como entidades activas que atraviesan el tiempo, modelan relaciones sociales y participan en la construcción de distintos órdenes de existencia. A partir de casos provenientes del noroeste argentino, las autoras muestran cómo morteros, placas de bronce, santos, vírgenes y maíces sagrados condensan memorias, transformaciones y persistencias que permiten comprender la continuidad de antiguas cosmologías amerindias en diálogo, y también en tensión, con la modernidad occidental y cristiana.








