Vivimos una paradoja inquietante. Mientras se promueve la inclusión, reaparecen expresiones machistas, xenófobas y discriminatorias hacia las diversidades sexuales. El antisemitismo, por su parte, plantea hoy un desafío intelectual, moral y democrático que no admite indiferencia. Lejos de ser un fenómeno estático, el antisemitismo ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación. En su ADN habita la lógica conspirativa, lo que le ha permitido mutar a lo largo de los siglos y adecuarse a los distintos contextos políticos, sociales y tecnológicos. Los viejos prejuicios alimentan nuevas formas de agresión. Y en la actualidad, esa capacidad de transformación ha encontrado en el entorno digital un espacio particularmente fértil para expandirse. En muchas ocasiones, determinadas expresiones antisionistas funcionan hoy como vehículos contemporáneos de prejuicios históricamente antisemitas. Esto no implica desconocer la legitimidad del debate político sobre Medio Oriente, sino advertir cómo, con frecuencia, viejos estereotipos vinculados al supuesto poder económico, político o mediático de los judíos, la doble lealtad o incluso la negación del Holocausto, reaparecen bajo nuevas formulaciones. El conflicto en Medio Oriente aceleró este proceso y el 7 de octubre de 2023 marcó un punto de inflexión.