No sé si en estos días alguien lee a Marguerite Duras, pero estoy seguro de que nadie ve sus películas. Duras es como un monumento oxidado, un nombre que a todos les suena —especialmente en Francia, porque Duras es más francesa que Jean Gabin aunque nació y se crió en Indochina. Por eso la traducción al castellano de Outside, un libro póstumo autorizado por la autora, es una buena oportunidad para refrescar el personaje y su escritura, aunque en este caso corresponda a su faceta de cronista y columnista en diarios y revistas, una tarea que realizaba, según cuenta en la introducción, para escapar de la claustrofóbicas rutinas en las que la sumergían sus libros más “literarios”. Y por supuesto, también por dinero. Se trata de cincuenta y ocho artículos que se podrían clasificar en aguafuertes, entrevistas, panfletos de denuncia y algunas otras variantes del texto breve destinado a la difusión masiva. También se incluyen críticas de cine y de pintura o el relato de la muy penosa cura de su ex marido a la vuelta de un campo de concentración nazi. Las primeras notas del libro son de corte más periodístico y están centradas en la actualidad (es memorable, por ejemplo, la entrevista con una obrera analfabeta que cuenta cómo su vida está estructurada alrededor de sus esfuerzos por ocultar que no sabe leer) en las que Duras se comporta como una cronista muy dotada para el oficio. En las de la segunda parte, en cambio, Duras escribe desde su condición de famosa que charla, dialoga o interroga a otras famosas (Jeanne Moreau, Margot Fonteyn, Brigitte Bardot, María Callas…). En realidad, de cualquier tema que se ocupe en ese período, lo hace desde su condición de ser Marguerite Duras. Por ejemplo, cuando da la receta de la verdadera sopa de puerros y papas, en la que dictamina que los puerros deben cocinarse solo veinte minutos y no dos horas como hacen los restaurantes y las amas de casa. En todos los casos (en casi todos, digamos), la voz de Duras está bendecida por la elocuencia. Aunque algunas de sus ideas políticas sean deudoras de la época, en su pluma cobran una frescura nueva la defensa de los obreros, de los delincuentes, de los maltratados por la policía, la prensa y la justicia. Para Duras, eludir los consensos burgueses no es solo una obligación moral, sino la manera en que la literatura se abra paso en la lengua codificada de la prensa.