Todo está perdido hasta que está ganado. Desde luego, la frase también funciona en sentido contrario; pero, en tiempos como estos –tirando a depresivos–, conviene recordar que el futuro no está escrito, que la secuencia de acontecimientos depende de muchas variables y que hasta las situaciones políticamente más seguras pueden tener un fondo como el que llevó a Valle-Inclán a exclamar en una entrevista, pensando en la cuestión religiosa: “¡Si todo era una farsa!” (El Sol, 20 de noviembre de 1931). De hecho, la farsa suele estar más presente de lo que se cree. Y en cualquier caso, los procesos sólo siguen el rumbo previsto si no pasa nada que los trastoque.
En la entrevista mencionada, nuestro autor tuvo que responder a esta pregunta de Francisco Lucientes: “¿Cómo cree usted que anda de hombres la República, don Ramón?”. Habían pasado muy pocos meses desde las elecciones generales del 28 de junio (las Constituyentes, donde triunfó de largo la Conjunción Republicano-Socialista) y, como Valle-Inclán no se andaba con tonterías cuando el asunto le importaba, paró los pies al entrevistador. “La revolución no tuvo nunca hombres –afirmó–. Es absurdo decir que en España no hay hombres para la revolución; la revolución es vida, y por tanto, crea lo que hace falta”. Desde su punto de vista, sería la propia evolución del país surgido el 14 de abril la que crearía las personas que se necesitaban para llevar a cabo los cambios, del mismo modo en que la reacción anterior a la monarquía y su dictadura habían creado a Manuel Azaña, a quien “sólo conocían los amigos” hasta seis meses antes. “Lo que no se puede hacer –añadió a continuación– es seguir pensando a lo Lerroux”, intentando reincorporar “muertos putrefactos” a la política. Lo nuevo tenía y tiene que ser distinto.









