“Si despiertas a una hora diferente, en un lugar diferente, ¿podrías despertar como una persona diferente?”. La pregunta de Edward Norton en El club de la lucha resonaba en mi cabeza cuando este sábado abrí los ojos muy temprano a 150 kilómetros de casa y en horario GMT+1. Estaba claro que aquella era una persona diferente, un extraño que, a tientas y tratando de no tirar nada en esa habitación desconocida, atrapó el móvil para consultar, antes que ninguna otra cosa, el resultado de la selección. “No eres tú, es el Mundial”, me dije para tranquilizarme.
Esta semana, uno de mis momentos favoritos fuera del estadio sucedió, en realidad, dentro. Edward Norton y Brad Pitt coincidieron en la grada del USA-Turquía –por nacionalidad, torcían por los gringos; por pelaso, por los otomanos– y las redes enloquecieron. “Edward Norton hablando solo”. El vídeo en el que una joven se acerca a ellos con una única bebida y se la da a Ed sólo reforzó la tesis. Considerando que ha pasado más de un cuarto de siglo desde su estreno y que un compañero Gen Z se refirió hace poco a la película como “un clásico” –“WTF?”, responderían las hijas de Zapatero–, me permitiréis el spoiler: Tyler Durden, el icónico personaje de Pitt, no existe: es una creación de la mente del narrador. Sí, por chistes como estos es por lo que pagamos twitter, Teófila.










