Una fan del Indio Solari, visiblemente emocionada, dice de él –y de ella– a un movilero de la televisión que la entrevista en la calle durante el sepelio del cantante: “Es el dios de los rotos. Y todos los que estamos acá tenemos algo en común: estamos un poco rotos y sentimos que el Indio nos escribió y nos habló a cada uno de nosotros, por lo que sea –chorros, drogadictos, suicidas, apaleados, no importa–. Siempre fue una banda, una música que tuve de fondo, y me caló, me entró, cuando me rompí y tuve una grieta. Lo único que tenía más abajo del fondo donde estaba era la muerte. Y la muerte me dio dos veces un beso en la frente. Ahí, cuando me tiré y reposé, las letras del Indio que sonaban de fondo empezaron a tener sentido para mí. Y la lealtad de estar acá es un momento muy justo para todos, porque esto nos obliga a organizarnos, a estar juntos. Cuando sentimos que perdemos y perdemos, ocurre esto que nadie quiere, pero se hace eterno”. La masa se torna comunidad porque comparte un sufrimiento común, unificador. Es la multitud de los rotos, que comulgan en el sentimiento mudo de la fractura interior. Conforman un pueblo oprimido, clamando sentido y salvación. Un pueblo de parias, de marginados, de explotados, de delincuentes, de perdedores, de castigado aferrándose a un dios redentor: el dios de los rotos. El que predica en los márgenes y desnuda a los déspotas; severo con ellos, tierno con nosotros. Él nos salva de la muerte en vida, nos cala y nos besa; sus canciones acunan nuestra pena, devolviéndonos el sentido de la vida, la organización, la unidad. Nosotros le respondemos con lealtad cuando muere. Nos deja la eternidad de sus letras, su cultura de ricota, su dulzura de pastel. El Indio estará en nuestros corazones para siempre, sosteniéndonos. Le rendiremos culto, le alzaremos altares y le encenderemos velas. Sentiremos que nos acompaña en nuestro sufrimiento hasta reencontrarnos con él en el tiempo sin tiempo de su música celestial. He aquí convocados los elementos históricos y universales que reúne la sociología de la religión para construir su narración: el sufrimiento popular, el dios redentor, el evangelio, la restitución del sentido de la vida, la salvación. Y en el centro de la escena el individuo carismático, aquel que porta el “don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”, según lo define el diccionario. Por cierto, fenómenos como los del Indio Solari no se agotan en esta dimensión. El músico abarcó un amplio espectro de público, atravesando los estratos sociales. La combinación de surrealismo, caos y desparpajo en sus letras atrajo a rotos y sanos: “¿son por acaso ustedes, hoy, un público respetable? / ¿pueden acaso beber el vino por ustedes envasado? / ¿puede alguien decirme: “me voy a comer tu dolor” / y repetirme: «te voy a salvar esta noche»? / Que el infierno está encantador”. Pero a la hora de la muerte, lo despidió el conurbano profundo, los quebrados antes que los íntegros, los sectores populares más que la clase media. El kirchnerismo, ávido de acaparar memorias, se lo quiso apropiar sin suerte.