Donald Trump es un promotor inmobiliario en jefe. Es incapaz de hacer una comparecencia pública sin hablar de sus obras, ya sea el salón de gala del Ala Este de la Casa Blanca, las fuentes del parque Lafayette, que están enfrente del lado norte de la residencia presidencial, o el arco triunfal de 250 pies que quiere construir —76 metros— entre el monumento a Lincoln y la entrada al cementerio de Arlington.
Pocas cosas le apasionan más que la construcción, como cuando propuso que Gaza fuera la Riviera del Oriente Medio, en pleno genocidio israelí en la Franja, o como cuando hizo que la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, viajara a su campo de golf en Escocia a firmar la paz arancelaria.
Trump es capaz de hablar cada día de mármoles y de las calidades de sus reformas, cuando en realidad todo tiene un patrón: el manierismo neoclásico nostálgico de los viejos imperios y de sus profundas envidias. El presidente de EEUU quiere un arco del triunfo de 250 pies para hacerlo más alto que el Arco del Triunfo de París, que tiene 160 pies, y redondear la cifra con el aniversario de la independencia de EEUU de este año, si bien aún ni han empezado las obras.
Por ese mismo motivo, la envidia, Trump montó un desfile el 14 de junio de 2025, coincidiendo con su cumpleaños, para emular los que se celebran en París con motivo del 14 de julio.














