Entre muchos poemas infinitos, el inmenso poeta Eliseo Diego dejó en tinta “Nostalgia de por la tarde” para preguntarse en silencio “quién vio jamás las cosas que yo amo” y entre ellas bellas cosas: “…el roce y la tristeza de la lluvia/como un ajeno llanto por mi cara”.Lloro por Caracas que no conozco y La Guaira que soñé; por los sepultados bajo los escombros de edificios caídos en dominó y la lágrima rueda sobre mejillas ajenas que ya son mías. Lloro por la desgracia de los niños que no alcanzaron a ser izados por el borde empolvado de su pañal y por el anciano que perdiendo 20 familiares en un doble sismo se ha quedado solo en el mundo. Lloro por los edificios tambaleantes que se clonan con los de otros sismos como erisipela en la piel de nuestra memoria y lloro por los vacíos de silencio donde florecen los héroes insomnes e incansables, los que intentan levantar escombros con el puño en alto y dar respiración de boca a boca a través de estrechas rendijas de hormigón y las tantas grietas de pilares y burocracias que fallaron y faltaron.Lloro de rabia al confirmar una vez más la verdadera calaña del Mal: ése que dijo haber golpeado de manera durísima a Venezuela y presumir que su imperio ha extraído millones de barriles de petróleo desde que la invadió cercenando el territorio que se decía imbatiblemente bolivariano, al grado de afirmar sin mínimo sentido de humanidad que “aparte del terremoto, esa gente está feliz y bailando en las calles”.Lloro entonces por todas las sombras que bailamos en las calles bajo la lluvia, lejos de los estadios inaccesibles, pero cerca de las canchas íntimas donde nuestros muertos de todos los Mundiales pasados mojan la misma ilusión. Lloro de alegría por el millón de mexicanos que oscilan sobre el Paseo de la Reforma y abren de par en par el Zócalo y el Palacio bardeado y lloro de rabia orgullosa por el saldo blanco que no lograron ni París ni los Knicks y el coraje de las toneladas de basura que poco a poco despierta el inédito afán en algunos por ayudar en su limpieza y lloro por las historias íntimas en medio del circo: la madre del portero Cabo Verde (por fin ubicado en el mapa) y el padre de un mexicano que no pudo él mismo jugar su Mundial para que décadas después su niño nos haga llorar en coro. Lluvia sobre mejillas. Efímero siglo de segundos al vuelo. Llanto de temblores diversos como si la piel del planeta se restregara las sienes, ahogada por el insólito calor global negado aún por quién confunde la viñeta del tiempo con el cambio climático. Llanto ajeno del planeta dolido por guerras que se intensifican en sus supuestas treguas y en sus absurdos motivos y llanto esperanzado por los miles de migrantes que han de coronar el escenario del balón mundial deshielando a los fascistas del ICE y sus campos de concentración.Que llueva. Que llueva mucho y que el diluvio disfrace o distraiga la vergüenza de quienes gritan su silencio en medio del estadio y bajo ladrillos y cemento de edificios acostados en filas y polvaredas. Que el diluvio inunde cada vez que se pueda el mar de mexicanos que navegan bajo las alas de la Angela y arrope como paño el minuto de silencio que le debemos a los deudos. Que le llueva al tirano inefable, monarca mundial de las mentiras, todo el ajeno llanto de las niñas, que le llueva el fango que él mismo transpira en las fuentes públicas y en la baba de su estulticia.Que llueva sobre el polvo de los supervivientes enterrados, sobre los esfuerzos de las cuadrillas y sobre las esperanzas de los insólitos. Que llueva en el Estadio Azteca la energía aplastante que alienta y anima a los locales e intimida a los visitantes como una sola voz… y que luego llueva México en cualesquier escenario gringo donde nos toque demostrar al mundo que hay una agua del azar, agua de Jamaica, pausa de hidratación y mariachi al canto, delirio tremendo y topos entre escombros, jugadores juveniles… toda lágrima posible -en sus variados salados bajo los párpados- que bañan por ahora el enrevesado rostro y todas las caras del Mundo.