Periodista por la UNMSM. Se inició en 1979 como reportera, luego editora de revistas, entrevistadora y columnista. En tv, conductora...

Culpar a los peruanos que viven en el extranjero de la derrota de Roberto Sánchez no solo es absurdo, sino inconstitucional: el voto de cada ciudadano peruano vale exactamente lo mismo, esté donde esté. Si los votos de afuera hubieran llegado antes, como ha ocurrido en otras elecciones, a nadie se le hubiera ocurrido tamaño desatino.

Y no sabemos quién gana con estas discusiones fratricidas en las que se pone en evidencia un profundo menosprecio a la voluntad de grandes grupos de compatriotas. El fraudismo de izquierda, que acaba de inaugurar Roberto Sánchez, trata de negar legitimidad a los peruanos expatriados, algo que solo se atrevió a hacer Nicolás Maduro con la diáspora venezolana. El fraudismo tradicional —el de López Aliaga y Keiko Fujimori en todas sus derrotas— mira con desprecio a los peruanos del Ande. Dos caras de la misma moneda.

Dicho eso, Fujimori ha ganado (ya es un hecho) con el voto reticente de apenas un tercio del país. Las cifras no mienten: de un total de 27.325.432 electores hábiles, votaron por ella 9.190.889. Eso, sin mencionar que, en primera vuelta, obtuvo apenas 2.877.678 votos (de los que se puede decir que son sus votantes duros), lo que significa poco más de un 9% del electorado total. Dicho de otro modo, 91 de cada 100 peruanos no se sienten realmente representados por ella.