La fachada negra y un lector de huella dactilar para abrir la puerta ya dan una idea de que ese edificio es diferente a otros del madrileño distrito de Tetuán. Es la sede de Centro de Valores, y en su interior alberga una gran cámara acorazada. Franqueada la primera barrera, una voz pide la documentación al visitante nuevo. Proviene del otro lado de un espejo unidireccional, como los que hay en las salas de interrogatorios de las películas. Ese paso se lo pueden saltar los clientes, a quienes en una primera visita se les toman sus datos biométricos, como rostro y huella, para que puedan traspasar las diferentes puertas del recinto. Una no se abre hasta que la anterior se haya cerrado. La estancia más cercana a la recepción es la dedicada a guardar vino, con una temperatura constante en torno a los 15 grados y una humedad de 70%. Un rápido vistazo a algunos de los compartimentos ya alquilados, con un precio desde 24 euros al mes, deja una lista que haría las delicias de cualquier aficionado a esta bebida. Desde botellas de Dom Pérignon hasta alguna de Romanée Conti. El espacio también tiene un área para albergar colecciones más extensas, como la de un usuario que ha dejado la suya, compuesta así a ojo por casi un centenar de botellas, mientras pasa las vacaciones fuera de Madrid. Cuenta Brian Lavio, presidente de Centro de Valores y cicerone durante el recorrido, que en esta estancia a los clientes no les importa que se vea qué vinos tienen, aunque siempre sin revelar su nombre. Incluso en la aplicación que la compañía ofrece a todos sus clientes, hay una zona donde los usuarios pueden pujar por botellas que se almacenan allí. En la planta baja de este recinto, que supera los 1.000 metros cuadrados destinados a diferentes espacios de custodia, se encuentra la cámara acorazada, separada por un pasillo de medio metro de las paredes del inmueble, para que no se pueda acceder a ella mediante un butrón hecho desde el edificio colindante. Ningún cliente penetra solo en ella. Siempre va acompañado de un vigilante, que a su vez tiene que coordinar la entrada con otro guardia que está en una sala separada. Y esas dos personas trabajan para empresas de seguridad diferentes. Una medida, explica Lavio, para evitar la tentación de que se pongan de acuerdo y decidan robar algo. Aunque lo tendrían complicado, porque para abrir las cajas que se custodian en la cámara hacen falta dos llaves: la maestra que tiene el personal de Centro de Valores y la del cliente. La tipología de las cajas va desde las más clásicas, pensadas para guardar documentos, hasta las realizadas “con las mismas medidas que la caja de un reloj”. El precio varía entre los 21 euros al mes de las más pequeñas, hasta los 240 euros de las más grandes. Estas últimas, “son muy demandadas para guardar bolsos de marcas de lujo mientras los clientes se van de vacaciones”. Quien necesite más espacio puede alquilar medio armario o un armario, con una altura de dos metros, que cuestan 415 euros y 675 euros, respectivamente. En los que están en uso ahora hay desde plata, comprada como inversión, hasta prendas de ropa. Y todos los compartimientos, sin importar su tamaño, tienen un seguro de hasta 25.000 euros. Lo que hay en el interior de cada caja es secreto para los empleados de la compañía, salvo que se lo cuenten los clientes, quienes tienen a su disposición dos mesas pequeñas en las esquinas, en sendas zonas sin cámaras, y otras dos pequeñas salitas para ver con total confidencialidad sus pertenencias. Asegura Lavio que los sábados por la mañana hay clientes que acuden a la cámara para coger relojes y joyas, quizá para eventos del fin de semana, y que algunos incluso llegan acompañados de sus niños, a los que les divierte ese momento, un poco de película, de abrir la caja en compañía de un guardia de seguridad. Las joyas que nunca podrían haberse encontrado en Centro de Valores son las que guardaba el expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. La compañía tiene la norma de no aceptar como cliente a políticos. Y hace una búsqueda, añade Lavia, en bases de datos de defraudadores fiscales y sospechosos de terrorismo antes de aceptar un nuevo usuario. Sistema de dos llaves para abrir las cajas de seguridad.ÁLVARO GARCÍACajas de diferentes tamaños en la cámara acorazada de Centro de valores. ÁLVARO GARCÍAVarios de los sistemas de seguridad para acceder a la cámara acorazada. ÁLVARO GARCÍASala destinada a la custodia de obras de arte. ÁLVARO GARCÍADetalle de una de las botellas de Dom Pérignon que se guardan en Centro de valores. ÁLVARO GARCÍAEn la misma planta, a la que se puede acceder también a través del aparcamiento para los clientes que llegan en coche, se encuentra la estancia destinada a la custodia de obras de arte. Ahora apenas hay una decena de cuadros colgados, unos embalados y otros no, “menos de los habituales”, porque “entran y salen dependiendo de que se presten para exposiciones”. De esta sala, que guarda también una colección de guitarras, destaca Lavio que está dotada con un sistema de seguridad capaz de acabar con todo el oxígeno que hay en ella en pocos segundos, en caso de que haya un conato de incendio. Entre la cámara acorazada y la específica para obras de arte hay una pequeña sala destinada a aquellos clientes que quieran realizar transacciones de forma segura y discreta. Como, por ejemplo, la venta de alguna botella de vino, de una joya o la firma de documentos. Cuenta con un botón del pánico en caso de que algo no vaya bien en el intercambio y sea necesario que acuda el personal de seguridad. Más desapercibida pasa para el viandante la sede de Vaults Madrid. Por lo que se ve desde fuera de la cristalera, puede parecer la sala de espera de un dentista o de una clínica estética. Pero nada más entrar, tras tocar un timbre, llama la atención el cristal blindado que se interpone entre los clientes y los empleados. Recuerda a cómo eran antes las oficinas bancarias. Aquí la huella dactilar es la llave para franquear las puertas que, una vez más, no se abren hasta que la anterior está cerrada. La que permanece sin cerrar durante el día es la que da acceso a la cámara acorazada, porque se tardan como unos 15 minutos en abrirla. Así que, en horario de oficina, las funciones de barrera las hace otra de barrotes, que tiene que abrir el personal de seguridad, que siempre acompaña al cliente, cuenta Tommy O´Ceileachair, responsable de The Vaults Group España. Y una vez dentro, son necesarias dos llaves para abrir las cajas de seguridad, que ofrecen de varios tamaños y con precios desde 450 euros a 3.000 euros al año, aunque también se pueden alquilar por periodos más cortos. A pesar de llevar abiertos apenas dos meses en Madrid, O´Ceileachair asegura que tienen un buen ritmo de alquiler de cajas, ya que tenían lista de espera antes de comenzar a funcionar. Prevé acabar el año con 1.000 ocupadas en una instalación que, a plena capacidad, contará con 3.000. Ahora tienen en proyecto una ampliación dedicada específicamente a la custodia de oro, que ellos también van a vender, como pasa en la sucursal de Barcelona de esta compañía irlandesa. Resalta O´Ceileachair que el perfil del comprador de este metal precioso es especialmente joven, según su experiencia trabajando en la sede de la Ciudad Condal. Coinciden Brian Lavio y Tommy O´Ceileachair al afirmar que la apertura en la capital con apenas unos meses de diferencia viene dada, en gran parte, porque los bancos han dejado de prestar este servicio de cajas de seguridad y aquellos que aún las tienen ofrecen menos flexibilidad que ellos para acceder a las mismas. Los clientes quieren poder coger sus joyas o sus vinos, por ejemplo, a comienzos del fin de semana, sin tener que adaptarse a un horario de oficina bancaria tradicional. También se parecen sus palabras cuando hablan del perfil del comprador. Una mezcla entre nacionales y extranjeros con residencia en la capital. Y resaltan que no hay solo ricos entre sus usuarios, también personas corrientes que se quedan más tranquilas si les custodian papeles importantes, tanto de su vida personal como de sus empresas, o joyas, muchas veces con más valor sentimental que económico.